Seguir a Chávez o seguir al Pueblo

Seguir a Chávez o seguir al PuebloJESÚS HERAS –

Por muchos años seguir a Chávez fue seguir al Pueblo. Su mensaje de cambio, su discurso agresivo frente a los enemigos -reales o supuestos- del bienestar general: los partidos tradicionales, en primer lugar, luego todos los demás; su forma llana de conversar y de predicar justicia a través de sus cadenas de televisión; las esperanzas que sembró de  avance e inclusión social; las misiones que llevaron un auxilio modesto, pero auxilio al fin, a los más pobres; su arrojo ante cualquier desafío, aunados a su habilidad para convertir lo inverosímil en algo en que soñar, todo ello, aunado a su omnipresencia le fueron ganando un lugar sacrosanto en el corazón del pueblo venezolano.

A ello contribuyó el colapso de los partidos tradicionales, que ya eran poco más que un cascarón vacío como se había demostrado en algunas lecciones regionales y fue luego confirmado con el triunfo de Caldera al frente del “chiripero”.

Sólo que esta vez, en 1998, sus candidatos ni siquiera pudieron llegar al final. Aunado a ello, coadyuvó a la consolidación del nuevo líder, el inmenso vacío institucional que se produjo con la desaparición progresiva de todas las referencias institucionales.

Vox Populi, Vox Dei

Fue la época de la Constituyente de 1999 que le cambió el nombre a los poderes, y hasta al país, para hacerlos ver como algo novedoso, totalmente distinto.

Y en verdad, para bien o para mal, en verdad lo fueron. Así, el Congreso Nacional, conformado por el Senado y la Cámara de Diputados, pasó a ser un solo cuerpo, cuyo nombre mismo sonaba a participación popular: la Asamblea Nacional. Así también la Corte, pasó a llamarse Tribunal Supremo de Justicia, un nombre también más comprensible para el ciudadano común. No es lo mismo ir a un tribunal que a una Corte, término con una inevitable connotación monárquica.

De su parte, a la Fiscalía General de la República y la Contraloría se le agregó la Defensoría del Pueblo, que no es otra cosa que esa figura que tanto se había promovido antes de la llegada de la “revolución”, el Ombudsman, sólo que descritas sus facultades de una manera más llana y comprensible.

Y a esos tres poderes, los unió la Constituyente en un amasijo evocador de las mejores intenciones: el Poder Moral. También se cambió la autoridad
máxima que preside las elecciones, otorgándole el rango de Poder, con lo cual vivamente se sugería: Vox Populi, Vox Dei. La voz del Pueblo Soberano, era y sería en adelante, la voz de Dios.

Una oposición fabricada

Fue esa la época dorada del Plan Bolívar 2000; de la reelección ese mismo año; del anuncio de la Revolución Económica, de acontecimientos que, concatenados entre sí, fueron alargándole a Chávez su Luna de Miel… Hasta que la economía abruptamente se vino abajo en el año 2001 y -sin existir oposición contabilizable- su popularidad comenzó a flaquear….

Fue el momento cuando Chávez genialmente fabricó, con su paquete de leyes promulgadas por decreto en el mes de noviembre, la oposición que requería para unificar a los suyos y tener a alguien a quien culpar.

Fedecámaras y la CTV, fácilmente asociables con la “oligarquía”, constituían -a falta de partidos- el liderazgo opositor ideal y éstos, aunados a la acción multiplicadora de la televisión, que se sentía amenazada por el creciente poder de Chávez y su vocación por el micrófono, sirvieron para magnificar su presencia frente al régimen, sirviéndole al régimen -sin querer- de puntal para sostener su debilitada estructura de poder.

Fue allí donde Chávez confirmó que lo suyo era y tendría que ser siempre la confrontación. Algo que seguramente le había aconsejado Fidel, quien de la confrontación permanente se ha nutrido, pero que él, obnubilado al ser recibido por presidentes, jeques, príncipes y reyes, había echado en el cajón del olvido.

Devuelto a la realidad por los acontecimientos, nos imaginamos que Chávez para sus adentros habrá pensado “¿Acaso no fue la confrontación la que me dio la victoria en el 98, al ofrendarle a un pueblo descontento “la cabeza de los adecos”?

Sangre y fuego, con dólares para aliñar Fijada esa meta, y también la otra, la de acumular más y más poder, se inició una nueva etapa que siendo muy cruenta y habiéndolo colocado al borde del precipicio, le sirvió para consolidar su poder.

No nos detendremos esta vez a elaborar sobre este periodo que culminara el 15 de agosto de 2004. Es en esa etapa que se produce la politización del directorio de PDVSA; el desacato del alto mando militar frente a su orden de poner en marcha el Plan Ávila, conduciendo los acontecimientos al tragicómico Carmonazo; y de allí a la huelga petrolera y la recolección de firmas para el Referéndum Revocatorio, las negociaciones y el conciliábulo con Jimmy Carter, culminando con su triunfo referendario, seguido por el descabezamiento -electrónico o no- de casi todos los gobernadores y buena parte de los alcaldes. Un Chávez triunfante, emergería de las refriegas de aquel trienio (2001-2004), de nuevo consolidado en el corazón del pueblo.

La bonanza petrolera que entonces sobrevino, compartida en las altas esferas del poder y sumada a la voracidad de factores económicos dominantes (cuando el tiburón se baña, a las sardinas también agua les salpica, decían los cubanos en tiempos del Batista) todo ello aunado a la presencia de partidos pusilánimes que, reunidos en la Coordinadora democrática, se las arreglaron para no dejarse “contar”, neutralizaron a sus  potenciales rivales, permitiendo a Chávez continuar en su avance hacia un poder que quería eterno, y eterno se estaba convirtiendo.

Comienza el desencanto

Huérfano de oposición en el país, Chávez buscó agudizar su presencia internacional convirtiéndose en punta de lanza del sueño que, desde siempre, se fijó Fidel y que -de acuerdo a su propia imaginación- antes el propio Bolívar se habría fijado: Derrocar el establishment, cambiar radicalmente la correlación de fuerzas en el Continente, convertir el traspatio norteamericano en un nido de comején, capaz de penetrar con paciencia las entrañas del Coloso del Norte… y debilitarlo.

Al mismo tiempo, Chávez buscaba controlar más y más espacios de actuación, pretendiendo mantener una fachada democrática. Pero no se pueden “comer” las dos cosas a la vez, y la apariencia se fue desvaneciendo poco a poco, al punto que, según las encuestas que hemos visto en los últimos meses, una mayoría hoy siente que el país se ha deslizado hacia una dictadura.

El cierre de RCTV en 2007 y la derrota posterior de su propuesta referendaria, comenzaron a alejarlo del corazón del pueblo. Lo primero, porque la expropiación de la señal televisiva fue vista como un secuestro de un activo del pueblo; las novelas, la Radio Rochela, etc. Lo segundo, porque acabó con el mito de su invencibilidad. Luego de perder en noviembre de 2008 varias gobernaciones que consideraba estratégicamente importantes y hasta la ciudad de Caracas, cuyo ejemplo, como reza el himno, es fundamental, Chávez decidió acelerar también la confrontación interna, sólo que ahora lo hacía sin tener a nadie a quien culpar. Se apoderó de fincas y de empresas, le quitó presupuesto a gobernadores y alcaldes y, antes, al amparo de un Tribunal Supremo que controla a voluntad, decidió violentar la Constitución que el Pueblo Soberano había suscrito en 1999, convocando al margen de la misma un referéndum que le permitiría reelegirse adinfinitum; quitarle facultades constitucionales a las regiones; introducir leyes que como, la Ley Orgánica de Educación sancionada esta semana, se meten en lo más sagrado de todo ser humano: el hogar, los hijos, la religión.

Entre cañones y mantequilla

Pero lo más grave ha sido el descenso de los precios del petróleo, hecho que aunado al desorden administrativo y la corrupción campante (recordemos los diez mil furgones de alimentos abandonados en los patios del muelle de Puerto Cabello), ha desencadenado, con el desempleo, una inflación que carcome aceleradamente la capacidad adquisitiva del venezolano.

Si en la Guerra, son los cañones y no el pueblo quien define el resultado (leamos a Heinz Dietrich, asesor de Chávez, en la columna que publicamos en esta edición), la comida es, a fin de cuentas, lo que define el sendero del corazón. Lo dice el I Ching, el Libro de los Cambios, en una de sus sabias sentencias señala: “Las formaciones políticas, las naciones, cambian, pero la vida de los hombres con sus exigencias, sigue siendo eternamente la misma. Esto no puede modificarse.”

De allí que mientras el asedio de los cañones a que desde afuera es sometido el régimen luce cada día más evidente, tal como lo revela Ochoa Terán en su columna de esta semana, a lo interior del país, el corazón del pueblo comienza a buscar nuevos caminos.

Ese es el gran dilema frente al cual se encuentran, no aquellos que siempre adversaron al Presidente, sino los mismos que han creído en él y en su revolución: Seguir a Chávez o seguir al Pueblo.

 
Jesús HerasNo photo
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