Oreja en Tierra, Camaradas

Da Vinci y la Casada Infiel

ESPANTAPÁJAROS • avizor.uno@gmail.com

monalisaEntre tantos descubrimientos de Da Vinci hay uno muy poco conocido. Se trata de la presencia en nuestro derredor de tres niveles de sonido.

El primero es el inmediato, el que casi nos toca, el que jamás podríamos obviar; el segundo, es aquel que percibimos un poco más allá, cuando ponemos atención. Pero hay un tercero que sólo se logra captar cuando nos mantenemos callados, como meditando, y aguzamos nuestras percepciones. Es lo que ocurre más allá del más allá. Los invito que lo prueben, porque así mismo es que escucha este Espantapájaros.

El ruido de los pájaros lo siente todo aquel que pajarea y yo también aunque no pajareo, sólo vigilo mis cosechas. Pero los veo, cómo evitarlo, y los escucho por las mañanas. El siguiente, lo sienten quienes tienen paciencia y suficiente tranquilidad de ánimo e intentan escuchar lo que suena un poquito más lejos. Por ejemplo, el murmullo del agua de una fuente o de un riachuelo o si estás en alguna frontera marina, el oleaje del mar. Pero ese tercer nivel al que me refiero, sólo lo advierten aquellos que juntan todos sus sentidos.

Un horizonte de perros

Cuánto hubiera disfrutado Leonardo leyendo La Casada Infiel de García Lorca. Yo, que siendo un Espantapájaros jamás podría darme esos placeres mundanos, siento al leer el poema, el roce de los cuerpos al deslizarse y hasta el éxtasis que describe. Pero de sonidos se trata.

Pues bien cuanto disfrutaría Leonardo, no de lujuria, sino al encontrar allí una forma de explicar eso que descubrió, la existencia de tres niveles de sonido. Sigamos el recorrido del autor al lado de la mujer que desea. Se apagaron los faroles y se encendieron los grillos, dice Lorca. Al dejar el poblado e internarse hacia el río, su atención se centra en lo único que puede palpar, el cantar de los grillos. Pero luego agrega los otros dos niveles de sonido. Imaginémonos a Lorca ya debajo de los árboles, acercándose al río, ya no ve el relumbrar de la luna:

Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.

Ese horizonte de perros, ese que está más allá del murmullo de las aguas, no lo escuchan los pájaros que saltan de rama en rama, tampoco los grillos, ni siquiera el río. A ellos, a todos los pájaros que conozco, o a casi todos, porque la lechuza si escucha, es sólo lo inmediato lo que les llama la atención.

Pónganse ahora usted en mi lugar. Yo, que debo permanecer quieto noche y día, por las mañanas vigilante pero por las tardes y las noches como en vigilia, sí que escucho el hoy, el mañana y el después. Y es hacia allí donde viaja mi búsqueda y mi imaginación.

No es lo mismo, créamelo, estar siempre en un mismo sitio, que volar de rama en rama, sin detenerse a pensar. Pero deténganse esta vez, no se descuiden. Hay que escuchar mucho, poner la oreja en tierra y escuchar el tremor de las masas, y ese horizonte de perros que ladra, calladamente, aun muy lejos del río. ¿Escucharon, Camaradas?

 
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