Chapeo Bs.F. 8

Rubén Díaz

Opi-policiaCol-RubÇnµngelD°azHay expresiones que uno quizás oye una sola vez en la vida y más nunca se le olvidan, puede que se le olvide quien la dijo, puede que uno olvide cuando la escuchó por primera vez  o cuando fue la última que la oyó, pero cuando un refrán tiene un mensaje contundente y te impresiona de  manera tal que deja en  ti una huella indeleble, es imposible que lo dejes de recordar cuando sucede un hecho al cual le es aplicable. Eso me sucedió recientemente cuando  estando sentado en una panadería, en los alrededores de mi casa, disfrutando un café con leche y la prensa del día,  de repente se me acercó un hombre uniformado de funcionario policial del estado Carabobo de aspecto adiposo y achaparrado, de expresión hilarante, a quien si acaso había visto en alguna otra ocasión en el mismo lugar, y sin mediar mayor explicación y sin que hubiera razón alguna para ello comenzó a decirme una retahíla de cosas que me dejaron en estado de estupefacción, me dijo, en su léxico, más o menos lo siguiente: las calamidades que estamos sufriendo los funcionarios policiales desde que ganó El Pollo son innumerables, en la comandancia lo que se escucha es una sola cantaleta todo el día: No hay real. Para nada hay disponibilidad financiera, que es como ellos llaman la plata. Ciertamente hay males estructurales y uno se da cuenta, no son fáciles de resolver todos los problemas, lo triste es que pasan los distintos gobiernos y es la misma lavativa, vamos de malas en peor. Imagínese  que ahora uno para poder trabajar tiene que comprarse su uniforme, sus botas, su correaje y hasta los cartuchos, es que no le dan a uno ningún implemento de trabajo, hay que comprarlos; ahora nos quieren imponer el uso de una gorra, pero hay que pagarla; mientras seguía con su rosario de quejas, se fijó, que yo estaba tratando de leer su nombre, buscando su identificación, allí paró en seco y me dijo, nunca se le ocurra revelar mi identidad y repetir lo que le estoy diciendo, me pajearía para siempre, bueno es que rapidito me mandan para San Pablo de Urama, por bocón, yo le digo lo que le digo, no porque sea un sapo, sino porque necesito desahogarme, no es justo que  uno tenga que comprar sus implementos de trabajo para poder laborar, y es que hasta la chapa de policía, ésta que usted ve aquí, la tuve que comprar con mi humilde sueldo, me costó ocho bolívares fuertes.

Hubo un breve silencio. Se llevó su mano derecha a la frente y en un estilo militar, me dijo, hasta luego, confío en usted, confío en su palabra. Todo esto sin yo haber abierto la boca para nada. Dio media vuelta y desapareció, se esfumó.

Esa última expresión fue la que me llevó a recordar aquella frase que escuché por primera vez en mi adolescencia, pero más nunca se me olvidó: nunca confíes en la palabra ni de policías ni de malandros, ni creas en amores de puta.

 
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