El Olor de la Gente

carlos-lozanoCaminando con Carlos Lozano

Cada semana, para producir mi programa de televisión “Caminando con Carlos”, para NCTV, me mezclo con la gente, fundamentalmente los del sur de Valencia. Si algo han tenido los venezolanos, tradicionalmente, es el esmero en su cuidado personal, una buena costumbre común a todos los sectores socioeconómicos. Si un trabajador tiene olor a sudor, es el olor del esfuerzo de ese día, un olor que no ofende, que reconcilia. El olor de los pobres es otro, es variado, es diferente.

Es olor de carencias, de tantas cosas que se quisieran tener y no se pueden alcanzar. Pero es también un olor a fe, a esperanza, a voluntad de salir adelante. A pesar del abandono, por encima de los olvidos de políticos que fueron a buscar votos y nunca volvieron a cumplir compromisos o, al menos, si no alcanzaron el gobierno, a seguirse interesando por esos a los cuales quisieron captar para sus propuestas, aparte de las duras condiciones de vida, en esos pobres nuestros hay un aroma vigorizante a horizontes amplios, sin egoísmos, un olor a gente buena que sabe ser honrada, esforzada, voluntariosa, por encima de sus duras y constantes necesidades.

Esto puede sonarles a ustedes, lectores de ABC, a populismo, a poesía barata en busca de simpatías. Pero no es popularidad la que busco en este semanario y en estos artículos. Lo que pretendo es tratar de comunicarles que hay una Venezuela diferente, muy viva y muy real, cargada de potencial. Una Venezuela con calles rotas o simplemente inexistentes, sin servicio de agua ni de electricidad, sin una atención confiable y constante de salud, sin dinero, pero que no se deja vencer; que no está satisfecha, que debe dominar día tras día y noche tras noche a una vida tremendamente difícil, con muy escasas satisfacciones materiales, una vida que deben jugarse cada 24 horas rodeados del malandraje y muy lejos de la adecuada protección policial.

carlos-lozano2Pero esos venezolanos no odian. Esos venezolanos a los cuales les ha tocado la parte más dura de los problemas y de las fallas de todos los gobiernos, todavía sonríen, todavía son gentiles, solidarios, colaboradores. Hay allí, entre ellos, una gran patria que sigue respirando bajito, que quiere ampliarse, que lucha, que mantiene esperanza y voluntad por encima de los abandonos de políticos y de gobiernos.

A eso huelen nuestros pobres. A lucha, a coraje, a bondad. A la voluntad de no rendirse. Tal vez pequen de ingenuos cuando escuchan a algunos políticos y levantan esperanzas en ellos, en que esta vez sí se les cumplirán los ofrecimientos. Ingenuos, sí, pero no tontos.

Tal vez lean poco, tal vez presten atención a las telenovelas y otras frivolidades de la televisión y dediquen más tiempo a la música que a los programas de opinión en la radio, pero saben apreciar a quien los ayuda y detectar a quien los abandona. Aprenden, analizan, sacan conclusiones.

Es una realidad que muchos dirigentes políticos y gobernantes suelen olvidar distraídos por sus propios enredos, pero que está allí palpitando, viva, lista para tomar acciones. No violentas, pero sí cívicas, decisiones sociales y políticas. No son simplemente una masa. Son un conjunto de personas con criterio y convicción democrática, que valoran el voto como instrumento de expresión política, que  conocen sus derechos y sus deberes. Son hombres y mujeres de todas las edades que se han forjado venciendo cada día a una vida llena de dificultades y de riesgos.

Ese es el verdadero olor del pueblo, olor de gente; de hombres y mujeres que trabajan, que, aunque a algunos les parezca, no se sientan simplemente a esperar. Que están activos y animosos en todas las ciudades del país. No son los grupos violentos, esos son excepciones pagadas y dirigidas.

Son nuestra gente, la de verdad.

carlos@carloslozano.com

 
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