Los secretos del liderazgo político

Carlos Lozano

Caminando con Carlos

Carlos Lozano

En su ‘Piedra de Tranca’ de hoy, Marciano asegura que la oposición va en “camino a su suicidio”, entre otras razones, por las diferencias dentro de los partidos.

Sucede en toda organización humana porque en todas –es realidad social de lo humano- hay un liderazgo, una dirigencia. Pero líder no es necesariamente el más fuerte físicamente, ni el que más grita. El líder es aquel que todos los demás integrantes de la organización, o la gran mayoría de ellos, siente, cree, que es el líder.

Por eso un líder en un partido político no se hace ni por designación ni por capricho. El dirigente se hace apropiándose de las expectativas, los sueños, las esperanzas, de los militantes y de los simpatizantes, y sintiéndolos sinceramente como propios.

El líder verdadero sabe perfectamente que jamás podrá cumplir con todos los deseos de los miembros y de los cercanos al partido, esté en la oposición o en el gobierno. Y la siembra de confianza empieza por ser sincero al respecto; no sólo para avisarlo al solicitante, sino para luego hacer el esfuerzo verdadero aunque al final no logre satisfacerlo por fuerzas que escapan a su capacidad. Lo importante es que el militante y el simpatizante se convenzan, viendo su actuación, que ese hombre es un líder porque lucha de verdad por ellos.

El líder político, para serlo, debe ser conciliador y saber serlo. Conciliar no es complacer; conciliar es escuchar a todos y buscar, de entrada, lo que es común y satisfactorio para todos. Una vez definidas las coincidencias, el líder empieza a manejar las diferencias, a buscar y a convencer sobre dónde y en qué magnitud debe ceder uno en beneficio del otro y viceversa.

El líder político debe ser autoritario, pero no para mandar a rajatabla y exigir obediencia sin preguntas, sino para imponerse siempre en el cumplimiento de sus compromisos. Si los militantes y simpatizantes están convencidos de que ese compañero realmente va a poner todo de su parte para cumplir con el compromiso contraído, confiarán en él, y es un instinto humano seguir a aquel en quien se confía. A quien manda porque sí y exige obediencia ciega, se le obedece mientras esté a la vista, después ya se verá y se obedecerá si el obediente siente que le conviene cumplir lo mandado; sobran los ejemplos de mandatarios y dirigentes que gobiernan pero no mandan. A aquel en quien se confía se le obedecerá porque no será simplemente una orden, sino un compromiso, el sentimiento profundo de que, a esa persona en la cual se confía, uno no puede fallarle.

El líder político debe tener la habilidad de la adecuada organización, la capacidad de dar a cada uno no sólo lo que merece, sino aquello con lo cual puede. Una de las fallas típicas de muchos dirigentes –en la política y en la empresa privada, en el ejército y en la religión, en toda organización humana- es encomendar responsabilidades y favorecer a quienes se estima más, por encima de aquellos que tienen la verdadera capacidad para cumplir adecuadamente con la responsabilidad que se le ha dado.

El líder que no sabe seleccionar esmeradamente a sus colaboradores y a quienes necesita de acuerdo a sus reales capacidades, termina por ser víctima de los errores y de la incompetencia de aquellos a quienes escogió mal. Por eso, la organización es uno de los trabajos más difíciles y trascendentales de todo partido político. Cuando el líder, por encima de simpatías, amistades, lazos familiares y otras querencias, escoge con paciencia y adecuada selección a quienes cumplirán eficientemente las responsabilidades, perderá posiblemente un par de amigos pero ganará respaldo y confianza, ganará fortaleza de líder entre muchísimos más que esos dos amigos –que no siempre lo son de verdad.

No es fácil ni es sencillo para cualquiera convertirse en líder. Ni depende tampoco de si fue colocado en ese puesto por una orden superior, o si lo ganó a base de esfuerzo personal. Lo que importa es saber pensar y actuar como líder, saber ganarse la confianza, la fe, de los hombres y mujeres a los cuales debe liderizar.

El liderazgo no se hereda ni se compra. Se gana a pulso, con talento, sinceridad y esfuerzo diario. Por eso los líderes de verdad, los que permanecen, los que suman poder en la mano, no son muchos. No todos los políticos que salen en televisión o escriben en la prensa son líderes de verdad, ni todos los que alardean poco y se mantienen trabajando persistentemente adentro son simples burócratas desconocidos.

En Venezuela hemos visto demasiados líderes de programas de televisión y habilidad oratoria que al final se van quedando en el camino, líderes de florituras pero no de fuerza real. Y no hemos visto, pero allí están, a los de verdad, con poder, que son los que, al final, logran las verdaderas decisiones trascendentales.

Esos son los que cuentan.

 
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