CUANDO LA MUERTE APARECE… DE REPENTE


Henrique Salas Romer

Henrique Salas Romer

La Cátedra de ABC

Henrique Salas Römer

Cuando la muerte aparece de repente, su zarpazo rasga y estremece.

Este año se han marchado muchos… así, de repente. Tantos que escribo estas líneas, en parte, para mi propia reconciliación y consuelo.

La muerte es el comienzo de una vida distinta. Quienes se van, no lo hacen del todo. Su espíritu sigue con nosotros. Las evidencias científicas son insuficientes, pero bastan las experiencias personales, las mías y las de tantos otros, para dar fe de que es así.  Además, no tendría sentido alguno que nuestro tránsito por la vida fuese apenas una macabra danza para la preservación de la especie.

Pero aun sabiendo que siguen vivos, cuando la muerte acecha en silencio, su sorpresivo zarpazo produce una onda terrible que algunas veces queda confinada, rebotando como un eco en las paredes de un hogar, en otras, llega a los confines del universo, y su resonancia reverbera y retumba en las campanas del tiempo.

Obviemos por recato la figura humana de Jesucristo. Hay tantos que desaparecieron a destiempo (sin importar la edad, cuando su huella fue honda): Alejandro Magno, Sucre, Gandhi, Kennedy, Martin Luther King. Y en otro plano, Gardel, Presley, Lennon, la Monroe, la Princesa de Gales, y el mismo Michael Jackson. Con el recorrer de su eco, las muertes a destiempo… estremecen.

Los griegos decían creer que los dioses se llevan a sus favoritos primero. Era en verdad, creo, una forma de reconciliarse con la absurda desaparición de un joven en la plenitud de la vida. Pero alguna razón tenían… porque una muerte temprana, extiende la memoria, la hace vivir mucho mas. No así la de aquellos que por tener la suerte de vivir más tiempo, nos vamos marchitando hasta que la  muerte cobra visos de continuidad. Pero ¿de qué sirve el premio para aquel que se ha marchado?

Las cavilaciones que por años han poblado mi mente me llevan a concluir que muere no quien se va, que sigue vivo (aquí y en el mas allá), sino quienes vamos quedando atrás. Habrá quienes encuentren extraña esta afirmación, pero no lo es para mí y seguramente para muchos que como yo, perdieron de repente el ser más querido de todo niño, y han sabido conservar su agigantado recuerdo a lo largo de su vida.

Con cada ser que se va, se marcha también una parte, pequeña o grande, a veces demasiado grande, de lo que nosotros somos o, mejor, de lo que antes fuimos.

La muerte de Francisco Larrazábal, al arrancar el año, se llevó vivencias memorables. Quince días antes habíamos caminado juntos, inspeccionando esa pequeña caballada que me quedó como herencia de la campaña del 98. Había nacido una nueva potranca. Al verla por su pelaje blanco, la bautizamos Aguadulce como la madre de Frijolito.

Luego vino Orel, aquel ser insustituible que al igual que Francisco, la muerte lo sorprendió vestida de sicario. Con Orel conversaba largamente de cuando en cuando. Al verlo descender aquel diciembre por la empedrada escalinata que de mi casa conduce a la calle, en mi quedó grabada – no sé porque- su guayabera blanca, lo ancha que era su espalda y la forma como su pelo caía suavemente sobre el borde de su camisa. ¿Cómo imaginarme que ese sería nuestro último encuentro?

Mi amistad con Orel tuvo etapas. Polémicas en los primeros años, cuando adversó duramente mi primera gestión. Pero el tiempo hizo la magia de que naciera entre ambos una franca amistad. En los últimos años, él mismo se preciaba de ser el mejor salólogo, y al decirlo reía torciéndose el bigote, de esa manera que sólo él sabía hacerlo. Y debo aceptar que Orel encontraba en mis actuaciones elementos que, siendo ciertos, con frecuencia escapaban de mi propia percepción.

Cuando inició su aventura en este Semanario, comencé a analizar sus relatos con aún mayor fruición, tanto, que llegó el momento en que sentimos, y así lo celebramos jocosamente, que ya no sólo era él un salólogo consumado sino que yo – de tanto leerlo – me había convertido en orelólogo, la frase es suya, capaz de adivinar sus más recónditas intenciones. Tanto, que cuando escribió el editorial que marcaría su destino, le pedí que se cuidara de su propia intrepidez y su osadía.

Orel tenía amigos ricos y amigos pobres, gustaba  la más fina degustación, pero igualmente disfrutaba una chicharronada. En verdad tenía afectos en todas partes, congeniaba con los seres más disimiles, y todos confiaban en él, porque sabían que en su sencillez y buen humor, no existía doblez alguno.

La muerte de Luis Carlos, un sobrino muy querido, se vistió de llovizna. En una curva lo sorprendió, manejando una mañana de regreso a casa. Entró consciente a la clínica, pidiendo a una enfermera que avisara a su mamá, pero infructuosos fueron los esfuerzos. Con el impacto, sus pulmones habían colapsado. Tenía 24 años de edad y dejó una esposa joven y un pequeño que jamás podrá decir que conoció a su papá. No me extiendo porque cada familia tiene un caso similar, y Luis Carlos, con sus dos metros de estatura, no tuvo tiempo de desarrollar su potencial o darse a conocer más allá del trabajo y de quienes por tenerlo cerca, lo aprendimos a querer.

Ernesto Vogeler con su esposa, Maíta

Ernesto Vogeler con su esposa, Maíta

Y ahora nos sorprende la muerte de Ernesto. Un muchacho, sí, para mí un muchacho, porque, siendo contemporáneo de mis hijos, con frecuencia venía a casa durante su adolescencia y luego cuando ingresó a la universidad. Ernesto me recordaba mucho a su abuelo Eugenio, Eugenio Mendoza, con quien trabajé un par de años y de quien aprendí cosas que no enseñan en la escuela.

Ernesto Vogeler fue un hombre responsable, pero también sensible y preocupado. En medio de la huelga petrolera, secundó a Henrique Fernando en aquellas inmensas batidas populares de las cuales nació “El Pollo Solidario”, llevándole sustento a bajo costo a esa población tan afectada por las carencias que produjo la generalización de la huelga.

A Ernesto, con el pie en el estribo, la muerte le estalló en el corazón.

Este año se han ido tantos seres queridos, de mi familia van tres, incluyendo a mi hermana. La desaparición de Pedro Gramcko también me afectó, habiendo conocido su talento y bonhomía, desde que con esmero bordó la primera banda que portó gobernador alguno de nuestra región. La de ese gran artista plástico que fue Braulio Salazar fue otra que dolió mucho. Hay tantos que no volverán…

Pero me he querido detener hoy, conmovido por la desaparición de Ernesto, para recordar a quienes fueron sorprendidos a destiempo. Para recordarlo a él, a  Ernesto, casi como se recuerda a un hijo, y con él, a Luis Carlos, quien por su edad y afecto pudo ser mi nieto; a ese gran amigo que fue Francisco, y al insustituible Orel, cuyo espíritu me imagino me está ayudando a impulsar la pluma.

Cada uno de ellos dejó una profunda huella y su muerte se llevó consigo un poco de mí y, de todos, un poquito de lo que antes fuimos.

 
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