Origen de dos culturas
¿Libertad o Igualdad?

thanksgivingLa celebración del productor

En 1620, un grupo de personas llegó a las costas de Plymouth, hoy estado de Massachusetts de EE.UU., huyendo de las persecuciones religiosas en Europa que los había sacado de Inglaterra y Holanda, para construirse una nueva vida en el nuevo mundo. Ellos se constituyeron en un “cuerpo civil-político” que viviría bajo leyes, actas y ordenanzas pensadas para lograr el bien de la colonia.

Con el natural idealismo que posee mucha gente, diseñaron un “revolucionario sistema” que desafiaría lo conocido y pondría en práctica el método alabado por tantos hombres de bien de todos los tiempos: la propiedad comunal. Ellos no tendrían nada propio, sino solo bienes en común. Las tierras de cultivo, la comida y el resto de los bienes serían producidos y distribuidos en común. El trabajo, hecho en común, beneficiaría a todos en común. De este modo, su nueva sociedad no tendría más injusticias y, confiando fervientemente en Dios, su proyecto saldría adelante.

Los resultados, sin embargo, no fueron los que se esperaban. A pesar de tener un tratado de alianza con los indios (1621) y la ayuda de nativos, quienes les enseñaron los mejores métodos para sembrar maíz, pescar, navegar y buscar nuevas tierras de cultivo; apenas lograron obtener alimentos para su subsistencia. La mitad de la colonia no sobrevivió el primer invierno.

Según se desprende de los testimonios de la época [1], para 1623 la colonia “languidecía en la miseria”. Muchos muertos tan solo en el primer año mientras los sobrevivientes permanecían en desnutrición. Los colonos tenían que cambiar sus herramientas por un plato de comida de los indios, otros se vendieron como sus esclavos, mientras algunos se decantaron por el robo y el pillaje[2]. ¿Cómo una colonia supuestamente virtuosa pudo descomponerse de este modo?

Tras tres largos años de muertes por hambre y frío, empezaron a cuestionar las mismas premisas sobre las que su sociedad se había fundado. Así en 1623, el gobernador y los líderes de la colonia establecieron que “cada hombre cultive para sí mismo” y procedieron a dividir la tierra entre familias, en proporción a su número. El resultado fue impresionante. El nuevo sistema “hizo diligentes a todas las manos”, pues mucho más maíz fue sembrado y mucha más cantidad recolectada. Las mujeres “ahora fueron deseosas a los campos y llevaron a sus pequeños consigo, cuando antes declaraban ser débiles o inhábiles”[1]. Un tipo de actitud que se hubiera logrado antes “solo con una gran tiranía”.

El día de Acción de Gracias de 1623 celebró una producción espectacular.

Estatua de La LibertadLa lección de todo esto es el fracaso del principio del bien común. Eso, y también que el gobernador no le echó la culpa a los imperialistas británicos. Cuando las personas saben que el fruto del propio trabajo permanece con el que trabajó, y que tu producto no será repartido en nombre de ninguna utopía a los que no sudaron tu sudor; entonces la actitud hacia la producción cambia. Y ya no es necesaria la opresión ni la pobreza.

Pero esto, insisto, debido a que en lugar de buscar un chivo expiatorio, simplemente cuestionaron lo que estaban haciendo. Alguien decía que la estupidez es hacer siempre lo mismo pero esperar resultados diferentes. No, la culpa no fue de los neoliberales salvajes ni de los británicos ni de la partidocracia. La culpa era de todo aquello en que habían creído sin cuestionar. Su mérito fue el saber que tenía que haber una relación de causa y efecto que ellos debían encontrar, si querían vivir.

Acción de Gracias celebra la producción como un logro humano y celebra el descubrimiento de los colonos del mejor método para lograrlo. En 1623 particularmente celebraron el fin de tres años de socialismo, enfermedades, pobreza y muertes (valga la redundancia) y el triunfo de la Justicia del sistema de propiedad privada. Este, como muchos otros testimonios históricos, prueba que la colectivización no solo destruye la economía sino también las relaciones humanas, pues cada uno es tratado como un potencial parásito y, lejos de ser visto con simpatía, es visto con odio; lejos de ser visto como un conciudadano, es visto como un delator.

[1] History of the Plymouth Plantation, por W. Bradford.

[2] The Thanksgiving’s lesson, por J.C. Rodríguez.

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arco del triunfo franciaLa Pesadilla Francesa

Ya que hice un post para los americanos, los franceses no van a quedarse sin su parte. Es común oír loas a la Revolución Francesa como un hito en el desarrollo de la libertad del hombre y sus derechos, pero los efectos que siguieron, el derramamiento de sangre y el Reino del Terror Jacobino, no parecen ir de acuerdo con esos “ideales”. Como suele ocurrir con las teorías místicas, se alega que la ideología subyacente era “buena”, pero que la gente no fue lo suficientemente santa para entenderla, estar a su altura y aplicarla correctamente.

Es decir, la típica excusa de “es bueno en teoría, la práctica de la gente es lo malo”. ¿Está seguro? He aquí el responsable: Jean Jacques Rousseau. Un tipo que idealizaba el estado salvaje del hombre, atribuyéndole bondad por naturaleza, pero que la civilización lo corrompía y contaminaba.
Liberté, égalité, fraternité…

¿Qué hace ahí la fraternidad? Eso no es más que un idealismo (buenos deseos) de políticos que si se dedicaran a observar la naturaleza humana, abandonarían la pretensión de adoptar como ideal cosas imprácticas, por no decir imposibles. Así que me enfocaré en la libertad y la igualdad. Y he de aclarar que aquella pregonada igualdad no era simplemente la de derechos (o igualdad ante la ley) que se traduciría en igualdad de oportunidades. Sino también la igualdad en el sentido económico, la igualdad de resultados; así lo apuntó el mismo Rousseau:

“El primer hombre que tras cercar un terreno, decidió decir que esto es mío, y encontró gente suficientemente simple como para creerlo, fue el verdadero fundador de la sociedad civil”[1].

Este enunciado es certero, la propiedad privada es una marca de civilización. Mas recuérdese lo que Rousseau atribuía a la civilización. Su siguiente paso lógico fue atacar la propiedad privada:

igualdad“Cuántos crímenes, cuántas guerras, cuántos asesinatos, desgracias y horrores se hubiera ahorrado la especie humana si esta, arrancando las cercas de la tierra, hubiera gritado: ¡No escuchen al impostor, están perdidos si olvidan que los frutos de la tierra nos pertenecen a todos por igual y que la tierra en sí es de nadie!”[2]

Así planteada, la famosa Igualdad no es y no puede ser compatible con la Libertad. Supongamos que toda la riqueza existente sea repartida por igual a las personas, de modo que sea inútil hablar de riqueza y pobreza, pero al mismo tiempo se preserva la libertad de cada uno para actuar de acuerdo al juicio propio. ¿Qué sucedería? Que a la siguiente hora tendríamos ricos y pobres de nuevo, porque unos habrán puesto un negocio con su capital, otros lo habrán gastado en cerveza; unos habrán comprado educación y otros, chocolates; unos comprarán herramientas y otros medicinas o revistas de chismes. Así de sencillo.

Y, si no se desea desigualdad de nuevo, no queda otra opción sino forzarlos, obligarlos a manejar sus bienes del modo que ellos no querrían, disponer por completo de su trabajo y de sus frutos, lo que es exactamente la tiranía donde concluye toda filosofía colectivista. ¡Oh, contradicción! O tiene Igualdad o tiene Libertad, no puede tener ambas, porque son principios incompatibles, el uno destruye al otro.

Aún peor, el ideal de igualdad presupone la existencia de un poder superior que disponga de la vida de los hombres. Y aquí el misticismo de Rousseau toma fuerza con la “Voluntad del Pueblo” o el “Bien Común”, que son conceptos místicos, cosas inexistentes, engaños para tratar de disimular el hecho que este poder superior recaería siempre en un grupo de hombres. ¿Quién no se ha tragado ese anzuelo alguna vez? Claro está que la tarea de promover el bien de todos es un imposible, sin importar cuán sabios sean. En su naturaleza, este “ideal” encierra persecución política, represión y ríos de sangre.

“Quien se niegue a obedecer la voluntad general será obligado a ser libre” [3].

Y eso es lo que obtuvieron. Los muertos de La Vendée lo fueron por la instauración de la “República de la Virtud”, el “Culto de la Razón” y… el Reino del Terror requerido para convertir a todos en virtuosos y razonables. Al final, como lo registra la historia, la revolución devoró a sus propios padres y se comió a sus hijos, tal como ha sucedido en todas las acciones basadas en idealismos místicos.

Bajo diferentes formas y nombres, los ideales de la Revolución Francesa continúan en los países de América Latina, en mayor o menor grado, y es el motivo por el cual esa región vive de colapso en colapso, descomposiciones periódicas y dictaduras. Porque sigue vigente la idea que el “buen ciudadano” vive solo para obedecer “la voluntad general”, renunciando a sus intereses personales y egoístas en nombre del colectivo. Ese es el choque frontal con los valores (el ethos) estadounidenses, cuando las personas no son libres para seguir su propio camino y defender sus valores, solo cabe esperar colapsos, caos, pobreza y muerte.

[1] Jean-Jacques Rouseau; Del origen de la desigualdad entre los hombres, 1755; parte segunda.
[2] Ídem, íbidem.
[3] Jean-Jacques Rouseau; El contrato social, 1762; capítulo 7 De la soberanía.Fuente: hofesh.blogspot.com/

 

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