Ernesto Vogeler Mendoza

Francisco Bello

Francisco Bello

Francisco Bello

Ernesto fue un personaje singular. Más allá de sus éxitos académicos y empresariales, fue un tipo particular, de esos que llaman la atención cuando toma la palabra, sin importar el escenario, ni el auditorio ni el tema a que se refiera. Con un enfoque propio e inteligente podía hablar de deporte, de negocios, de política, de economía y también de arte, de música, de familia, de afecto, de amistad y sobre todo, de la palabra que mejor define su vida: de solidaridad.

Después de conocernos por años, de tener afectos en común y compartir escenarios triviales, fue una tarde en su oficina cuando comencé a descubrir lo que fue su verdadera “obra”. Por encima de su incuestionable honorabilidad, de su ordenadísimo sistema de gerencia, de su capacidad para generar políticas en función del crecimiento de Protinal, lo más admirable de Ernesto fue su discreto pero inmenso trabajo a favor de los que menos tienen.

Es difícil cuantificar el nivel de compromiso, el esfuerzo y las horas que puede haber dedicado a lo largo de su vida para mejorar la calidad de vida de sus empleados, pero más aún, para convertirse en uno de los más dedicados promotores de la responsabilidad social empresarial.

Fue un apasionado de la política, pero no para ejercerla, sino como herramienta para lograr el avance del país y el mejoramiento de los venezolanos. Veía las cosas sin la ceguera que producen las pasiones. Persiguiendo objetivos, trazaba planes, buscaba soluciones, articulaba ideas para contribuir con el trabajo de quienes de una u otra forma protagonizan la lucha en favor de la democracia y la libertad.

Era imposible, siquiera, presentirlo atascado en una situación. Era incapaz de rendirse, como si fuese un obcecado incansable buscador de soluciones. Era inhalagable, no se dejaba seducir por la adulancia, y siempre supo exactamente cuál era su rol, dónde estaba ubicado en el tablero, aun en cuenta de sus potencialidades.

No puedo pasar por alto otra de sus grandes virtudes y fue la de escoger a “Maíta” como compañera y formar con ella una familia espectacular, donde como papá y como esposo coronó otra faceta de lo que fue una vida ejemplar.

Ojalá su recuerdo nos llene de sabiduría, sus enseñanzas nos ayuden a poner nuestros sueños por encima de nuestra intolerancia, que su presencia imborrable alimente nuestro espíritu y su ejemplo irrigue nuestra conducta.

 
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