La guerra del bronce

Carlos Ochoa

Carlos Ochoa

Mercuriales
Carlos Ochoa

La semana pasada las estatuas que recuerdan a nuestros próceres y a personajes ilustres fueron intervenidas creativamente. En Valencia se le  colocaron a los héroes patrios, y a las estatuas de Monseñor Gregorio Adam y del Presidente Salvador Allende, fotografías con la cara de algunos de los venezolanos que han sido detenidos recientemente, por ejercer su derecho constitucional a la protesta. La acción anónima denuncia la detención del estudiante Julio César Rivas y del prefecto de la Alcaldía Mayor de Caracas Richard Blanco, así como la persecución y acoso de la cual es víctima Dixon Moreno, que lo obligó como a muchos otros venezolanos en tiempos de intolerancia política a exilarse del país.

Lo primero que se me ocurre preguntarme con respecto a tan creativa protesta es: ¿qué papel cumple actualmente la estatuaria cívica en las mutantes ciudades de Venezuela? Desde hace varias décadas las estatuas de los héroes y personajes históricos ocupan un espacio público, pero son invisibles porque han perdido su significación. La culpa no es de los héroes. El investigador Félix Suazo establece tres tiempos, para entender el desarrollo de la estatuaria cívica en Venezuela. El primer tiempo que considera  fundacional, arranca en el siglo XIX con Guzmán Blanco, lo considera de culto al héroe y de carácter devocional. Esta primera etapa es la más extensa, pues abarca buena parte de nuestra historia republicana. Un segundo tiempo que se caracteriza por el desdén a la cultura del monumento y abandono en general de la estatuaria civil, coincide con la democracia en el año de 1958, y la construcción urbana vertical y cinética de las ciudades. Y finalmente el tiempo del asedio que ubica en la década de 1990 hasta el presente.

En el tiempo fundacional devocional, la estatuaria conectó la memoria colectiva del venezolano, resaltando la ejemplaridad de los héroes y de los hechos trascendentes de la épica emancipadora, incrementando el peso del mito en el imaginario. José Ignacio Cabrujas escribió en “La viveza criolla”, que a los venezolanos nos había ocurrido lo mismo que a los griegos, que por no comprender nuestra historia, habíamos  generado muchos mitos alrededor de nosotros mismos.

En la última década se está desarrollando una relectura ideológica de los personajes representados en la estatuaria civil, con un marcado asedio y agresión. El desmontaje y desaparición del monumento ecuestre del General José Antonio Páez,  realizado por Pérez Mujica, ubicado en la redoma del sector Guacamaya, que da inicio a la autopista a Campo de Carabobo. La agresión vandálica al monumento de Cristóbal Colón el 12 de octubre de 2004,  ejecutado por grupos radicales que lo derribaron y arrastraron hasta el Teatro Teresa Carreño, para celebrar “El día de la resistencia indígena”, son parte de la guerra del bronce, que hasta la acción de colocarle las caras de los presos y perseguidos políticos del régimen a los monumentos sin dañarlos, no había tenido una respuesta política apropiada. Para responder al asedio revolucionario a la estatuaria civil, que pretende apropiarse del pasado, para intentar sobrevivir  al malestar de la sociedad, por la crisis de los servicios, la inseguridad y el alto costo de la vida, la respuesta tiene que contener un replanteamiento de la significación ideológica, desde una perspectiva histórica, que necesariamente implica desmitificar el culto a los héroes. Sólo así tendrá sentido, camino y comprensión nuestra historia pasada y  presente.

 
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