La Componenda en Honduras
La gran potencia brasileña y un caso ejemplar (*)

Elizabeth Burgos

Elizabeth Burgos

Alta Política
Elizabeth Burgos

Manuel Zelaya no incurrió en un hecho fortuito al aparecer de “huésped” de la embajada de Brasil en Tegucigalpa. Difícilmente puede pretender hacernos creer el presidente Lula da Silva que Zelaya no contó con la complicidad de su gobierno para introducirse en Honduras.

La fecha escogida para el retorno de Zelaya, en vísperas de la celebración de la Asamblea General de la ONU, tampoco es un hecho casual.  El presidente brasileño sabía que podía contar con el mayor escenario político del mundo para dar una versión de los hechos que cuadrara con su estrategia  y  confirmar ante la opinión pública mundial que la voz que cuenta en América Latina es la suya. La posición del Gobierno fue subrayada por Lula, quien exigió ante la Asamblea General el “inmediato” regreso de Zelaya al poder y pidió a la comunidad internacional estar “alerta” para garantizar la “inviolabilidad” de la embajada brasileña, en la que se dio “refugio” al jefe de Estado depuesto. El inefable asesor para Asuntos Internacionales de la Presidencia, Marco Aurelio García, reiteró por su parte que Brasil solo “cumplió con una obligación humanitaria y diplomática”. Haciendo gala de su formación comunista según la cual, quien no está de acuerdo con el Partido es agente del enemigo, declaró que “quien sostiene que Brasil interfiere debe sentir simpatía por los golpistas” y “estar animado por un afán opositor injustificable”.

Por su  parte el canciller del Brasil, Celso Amorim, desde Nueva York advirtió en tono de velada amenaza que Zelaya estaba bajo la protección de su país y esperaba que “las autoridades de facto (dieran) prueba de buen sentido para favorecer una solución rápida y pacífica”.

EE.UU. se deja ver la mano

Tampoco es posible creer que Lula haya actuado en el caso Zelaya sin contar con el visto bueno de Washington. Tras la aparición de Zelaya en Honduras, la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, declaró que “ahora que el presidente Zelaya está de regreso, será oportuno de restablecerlo en sus funciones en circunstancias adecuadas, celebrar las elecciones programadas en noviembre, garantizar una transición pacífica de la autoridad presidencial y restablecer el orden constitucional y democrático en Honduras”. Más claro no canta un gallo. El método es conocido; cuando un gobierno desobedece o desagrada a una gran potencia,  se le quita del medio. Los viejos métodos persisten, sólo los actores han variado. Antes Estados Unidos decidía por su cuenta ejercer su injerencia en América Latina, hoy comparte ese derecho con el Brasil.

Para algunos políticos brasileños, la posición de Lula es una injerencia en asuntos internos de otro país, un disparate diplomático.

Para algunos políticos brasileños, la posición de Lula es una injerencia en asuntos internos de otro país, un disparate diplomático.

Brasil se descalifica como interlocutor

Pero lo sorprendente del papel del Brasil en el caso de Zelaya, es que hace aparecer una de las diplomacias más sutiles del planeta, en un papel  digno de “república bananera”, algo que seguramente tendrá secuelas en la política doméstica brasileña.

Ya comienzan a escucharse en el Brasil voces discordantes ante la  “injerencia en asuntos internos” de otro país, hecho que adquiere mayor dimensión, si se tiene en cuenta la actividad desplegada por Zelaya desde la sede de la embajada; en lugar de actuar con discreción como se le exige a todo refugiado político, ha convertido la embajada en un centro desde el cual arenga a las masas, incitándolas a la acción, contrarían las normas de asilo y diplomacia. El hecho de que las autoridades brasileñas se lo permitan, demuestra que mas allá de la complicidad que existe, toman parte también como protagonistas activos.

El senador José Agripino Maia, del opositor partido Demócratas, dijo que Brasil se ha inmiscuido, creando “una confusión innecesaria” y se pregunta si Lula “aceptó entrar en el juego” para “quedar bien con Hugo Chávez“, el líder venezolano que, al parecer, facilitó el avión en que regresó a su país el presidente depuesto.

Aunque se habla de la calidad de refugiado del ex-presidente depuesto y el propio presidente Lula declaró que su “gobierno actuó atendiendo a la tradición brasileña de brindar “derecho al asilo”, las palabras plantean un dilema a las normas de la diplomacia y del asilo político, pues no está claro si la situación de Zelaya, habiendo reingresado al país, sea esa.

El Partido Popular Socialista (PPS) ha pedido que se aclare cómo Zelaya llegó hasta la embajada y también su permanencia en la sede, pues “como no se trata de un asilo, parece haber una participación de la diplomacia brasileña en una acción clandestina y en una clara injerencia en asuntos internos de otro país”.

Y  el diputado Raul Jungmann, del PPS, sostiene que “la embajada brasileña se ha transformado en tribuna electoral” y el canciller Celso Amorim “debe ser responsabilizado por eso”.

El senador Arthur Virgilio, del opositor Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), afirmó que “si el Gobierno combinó todo esto, se trata de un disparate diplomático imperdonable”.

Virgilio admitió que “es correcto dar abrigo”, pero señaló que “también lo es impedir la actividad política” desde la legación.

En cualquier caso, sostuvo que “Brasil perdió la posibilidad de ser un interlocutor en esta crisis, pues está directamente implicado en la campaña para restablecer el mandato del presidente Zelaya”.

Chávez relegado a figura folklórica

La cuestión es delicadísima, porque abarca la garantía y respeto a la inviolabilidad de la embajada, en momentos en que abriga a un presidente depuesto que regresa para intentar recuperar el poder”, indicó en un editorial el diario O Globo.

El periódico agregó que “se trata de una situación inédita, pues el refugio generalmente es concedido a personas que se ven obligadas a dejar un país, y no a las que vuelven”.

No cabe duda de que la presencia de Zelaya en Honduras introduce una nueva variable en el panorama de la región. Por una parte reactiva la exacerbación  del conflicto cuando ya la situación en Honduras había cobrado cierta calma y Micheletti había prometido elecciones próximamente.

Y si bien es cierto que no se deben admitir regímenes de facto – de allí que la comunidad internacional exija el retorno al gobierno del mandatario depuesto, pero con poderes limitados-  también es cierto que ni la OEA ni los gobiernos que apelan por el retorno de Zelaya al poder, se han preocupado por las razones de fondo que condujeron a su derrocamiento.

Lo que queda claro con el caso de Zelaya es la división de las tareas entre el Brasil y Estados Unidos con respecto a América Latina. La figura de Hugo Chávez va quedando relegada a la de un personaje folklórico que, como declarara el Ministro de la Defensa del Brasil, se dedica a comprar armas como si fuera al supermercado, en cambio el Brasil se dedica a desarrollar una industria militar nacional.

Cabe preguntarse si los perseguidos cubanos por delitos de conciencia buscaran refugio en la embajada del Brasil en La Habana, el gobierno de Lula les prodigara la misma atención que a Manuel Zelaya e invocara la “tradición brasileña del derecho al asilo”.

En todo caso, es una posibilidad que deberían contemplar los cubanos perseguidos por el régimen por  delitos de opinión.

(*) Titulo original: La gran potencia brasileña y el caso ejemplar de Honduras

 
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