LA MAGIA DE LA UNIDAD

editorial158JESÚS HERAS –

La unidad es una palabra mágica y si se quiere sagrada. No se conoce hasta ahora a nadie que se haya declarado confesamente anti unitario. Sin embargo, como ocurre con el “amor” la” verdad” o el “cariño”, la palabra suele usarse algunas veces para negar su verdadero propósito o significado.En política su uso tramposo es proverbial. A nombre de la unidad se han emprendido empresas divisionistas y la consigna de la unidad, agitada demagógicamente, ha servido en casos para ocultar y propiciar rupturas y desencuentros.
También para descalificar a quienes defienden principios o se oponen a componendas. E incluso de manera cínica para ayudar a aquel contra
quien se concibe y forja la unidad. En la historia venezolana se conocen los dos usos de la palabra. Concebida con sinceridad y claridad
de objetivos ha sellado victorias, como ocurrió el 23 de enero de 1958, pero utilizada como trampolín de ambiciones particulares, o como refugio de náufragos, ególatras o incapaces, ha conducido a derrota tras derrota en tiempos más recientes.
La fuente de la unidad ¿Unidad entre quienes? ¿Unidad para alcanzar cuáles objetivos? Las dos preguntas son pertinentes cuando se plantea nuevamente el tema ante el horizonte electoral del próximo año. La necesidad de actuar unitariamente no supone que ésta se pueda decretar artificialmente.
Se trata de un matrimonio, pero de un matrimonio en dos sentidos, de forma que la unidad procede y conduce a resultados concretos sólo cuando es presionada por necesidades y fines comunes, comunes a los factores que la propician, pero sobre todo comunes a las aspiraciones del elector.
En las actuales circunstancias existe una clara mayoría de venezolanos que coincide en cuestiones en torno a las cuales puede cuajar el esfuerzo unitario. La primera es reconocer y asumir que hoy no existen, como lo hubo en el pasado, partidos mayoritarios y hegemónicos, lo cual exige
una mayor amplitud para legitimar espacios o articular alianzas. En segundo término, que la unidad decretada por las cúpulas partidistas ya no tiene una respuesta positiva en el comportamiento colectivo. Ni siquiera en el comportamiento de su propia militancia. Además, en la sociedad moderna no es posible ni siquiera fijar una clara visión ideológica.
Como se viene demostrando en las elecciones europeas, posiciones trasversales, capaces de conjugar espacios otrora de izquierda u otrora de derecha, tienden a prevalecer sobre el cartabón ideológico convencional.
Hoy se reconoce que la unidad es un proceso dinámico de interacción y que la legitimidad de las dirigencias requiere de su compenetración
con las causas que realmente preocupan a un electorado que puede moverse de un lado al otro del espectro ideológico tradicional, atraído
por determinados temas, liderazgos y posiciones. Y ello nos lleva a consideraciones de orden práctico.
Por ejemplo, ¿cual es la propuesta en torno a la cual se lograra la unificación? Como veremos, derrotar a Chávez o lo que su régimen representa
no parece ser suficientemente atractivo para los electores que en definitiva definirán la contienda.
En Miranda, Zulia y Táchira, el antichavismo (o sea Chávez al revés) constituye un fenómeno unificador y debe concitar un voto opositor mayoritario. Además allí existen, fruto de esa misma realidad, líderes opositores que han sido electos y ejercen posiciones de gobierno, desde
cuyas trincheras pueden aglutinar al elector que aspira a algo más. Pero en estados donde el radicalismo es parejo o el radicalismo opositor es minoría. ¿Cómo se construye allí una formula a la vez unitaria y ganadora?
El cuadro nacional
En su conferencia esta semana en la Asamblea de CONINDUSTRIA, Alfredo Keller mostraba cifras que ilustran el fenómeno que queremos subrayar. Según su encuesta, punto más, punto menos, un 20% de de la población venezolana pertenece al chavismo radical, mientras otro 20% es la cara contraria de la moneda. Ello significa, que el juego entre radicales está empatado y que la decisión estará en manos de ese 60% que no está de acuerdo con mucho de lo que está ocurriendo, pero no se siente suficientemente motivado por una opción distinta o, porque agobiado por sus problemas vivenciales, simplemente la desconoce.
Tanto es así que, al preguntárseles -nuevamente la encuesta de Keller que tendría que estar haciendo la Mesa de la Oposición, un 59% se
pronuncia por preparar propuestas para resolver los problemas del país y solo un 16% estima que debe ocuparse de escoger candidatos.
¿Sorprendente? Para muchos lo es, estoy seguro, sobre todo por la intensidad del debate que ha venido recogiendo la prensa en torno a como
éstos deben ser escogidos.
Claro, los medios transmiten lo que ocurre entre aquellos con acceso a los mismos, pero no es su función generar sintonía. Esa tarea corresponde, no a los medios, sino a quienes pretendan ser elegidos.
No hay mensaje sin mensajero
De todo lo anterior se desprende que la Unidad, de por sí, no garantiza un desenlace alguno. Hace falta además lograr sintonía con ese elector
intermedio, que representa el 60% del país, una tarea que puede ser algo menos difícil, sea a favor del gobierno o de la Oposición, en
aquellos estados en los que los radicales de un bando u otro son substancialmente mayores que los radicales contrarios y por tanto inclinan
en su favor la masa crítica de votantes que es necesaria para garantizar la victoria.
Con sólo analizar los resultados de la última elección regional, o el estilo de gobernar de aquellos que ganaron, sabremos cuales estados se
inclinan, en razón del radicalismo relativo, a favor de una u otra opción. Lo que no significa que una radicalización contraria no pueda ser superada. Por ejemplo, en un estado tan inclinado al bando oficialista como lo es Aragua, un buen candidato a la Alcaldía de Girardot, su mayor municipio, ganó la elección, aun cuando no le haya sido reconocida, pese a vestir los colores del bando Opositor.
Este hecho nos lleva a la consideración de un elemento fundamental que tiende a ser soslayado por quienes hacen vida pública en la capital,
y por ese hecho, suelen estar atados a intereses de diversa índole que en Caracas, como en toda capital del mundo, siendo ajenos a la política,
buscan imponer sus preferencias. Me refiero ya no al mensaje sino al mensajero. Ya no a la propuesta capaz de concitar la Unidad, sino al liderazgo real o liderazgos reales que, en un determinado estado, en una determinada entidad, sean capaces, por la credibilidad de que gozan, de
llevar esa propuesta a ese elector intermedio, y lograr de éste un pronunciamiento favorable a la hora de consignar su voto.
Si se ha de ganar una solida representación del país opositor en la próxima Asamblea Nacional, es esencial que se concentre el esfuerzo,
no en lograr cuotas de poder, como es la inveterada costumbre entre algunos líderes “nacionales”, sino en estimular a ese segmento políticamente intermedio de la población que no será llevado mayoritariamente a votar por simples posturas antichavistas, ni tampoco podrá ser atraído con facilidad por un liderazgo opositor que, en su conjunto, apenas logra reunir el 20% de las voluntades. Y es aquí donde surge el gran escoyo… porque lleva a un enfrentamiento inevitable entre el “querer” ser y el “poder” ser.
Veamos.
La Unidad no hace la magia
De los aspirantes a una curul en la nueva Asamblea Nacional, ninguno, salvo excepciones, son suficientemente conocidos o gozan de esa credibilidad de amplio espectro que hace a una persona elegible. Me refiero tanto a los diputados actuales del gobierno como a los eventuales
candidatos de la Oposición. Coloque usted en una encuesta, amigo lector, amiga lectora, a cualquier líder partidista, que son obviamente los
más conocidos de entre los aspirantes, o yendo un poco mas allá, tome cualquier figura de peso de la sociedad civil y descubrirá que ninguno
de ellos obtiene más de un 2% de votación y la mayoría no llega siquiera al 1%, aun cuando haya aparecido una y mil veces en la prensa o
la televisión.
Entonces, ¿cómo se construye una unidad opositora que sea a la vez alternativa de poder, cuando el bando contrario tiene un liderazgo menguado
pero nacionalmente consolidado en la figura de Hugo Chávez, su gran elector? La unidad es en verdad una palabra mágica. Pero cuanto ha sido
abusada para mentir, para mover intereses particulares o descalificar a aquellos que “conviene” apartar.
Quizás vista como matrimonio, pero en un doble sentido, ayude a comprender sus demandas. Matrimonio con quienes se ha de convenir, pero matrimonio también con el sufrido pueblo que se aspira a representar.
Un respetado líder de quien la prensa se ocupado mucho últimamente, lo ha repetido a sus allegados hasta la saciedad: “Nadie quiere
a quien no conoce, nadie lucha por quien no quiere.” ¿Se habrán ocupado los aspirantes de cultivar esa amistad que en una democracia sólo el contacto con los más pobres es capaz de generar?
Vuelve entonces la pregunta: ¿Cuál es el mensaje? ¿Quién será el mensajero? La Unidad es una palabra cuasi sagrada… ciertamente mágica. Pero
ella, con toda su preeminencia y su primor, no es capaz por sí sola de hacer magia o de ganar una elección.

La unidad es una palabra mágica y si se quiere sagrada. No se conoce hasta ahora a nadie que se haya declarado confesamente anti unitario. Sin embargo, como ocurre con el “amor” la” verdad” o el “cariño”, la palabra suele usarse algunas veces para negar su verdadero propósito o significado. En política su uso tramposo es proverbial. A nombre de la unidad se han emprendido empresas divisionistas y la consigna de la unidad, agitada demagógicamente, ha servido en casos para ocultar y propiciar rupturas y desencuentros.
También para descalificar a quienes defienden principios o se oponen a componendas. E incluso de manera cínica para ayudar a aquel contra quien se concibe y forja la unidad. En la historia venezolana se conocen los dos usos de la palabra. Concebida con sinceridad y claridad de objetivos ha sellado victorias, como ocurrió el 23 de enero de 1958, pero utilizada como trampolín de ambiciones particulares, o como refugio de náufragos, ególatras o incapaces, ha conducido a derrota tras derrota en tiempos más recientes.

La fuente de la unidad ¿Unidad entre quienes? ¿Unidad para alcanzar cuáles objetivos? Las dos preguntas son pertinentes cuando se plantea nuevamente el tema ante el horizonte electoral del próximo año. La necesidad de actuar unitariamente no supone que ésta se pueda decretar artificialmente.

Se trata de un matrimonio, pero de un matrimonio en dos sentidos, de forma que la unidad procede y conduce a resultados concretos sólo cuando es presionada por necesidades y fines comunes, comunes a los factores que la propician, pero sobre todo comunes a las aspiraciones del elector.

En las actuales circunstancias existe una clara mayoría de venezolanos que coincide en cuestiones en torno a las cuales puede cuajar el esfuerzo unitario. La primera es reconocer y asumir que hoy no existen, como lo hubo en el pasado, partidos mayoritarios y hegemónicos, lo cual exige

una mayor amplitud para legitimar espacios o articular alianzas. En segundo término, que la unidad decretada por las cúpulas partidistas ya no tiene una respuesta positiva en el comportamiento colectivo. Ni siquiera en el comportamiento de su propia militancia. Además, en la sociedad moderna no es posible ni siquiera fijar una clara visión ideológica.

Como se viene demostrando en las elecciones europeas, posiciones trasversales, capaces de conjugar espacios otrora de izquierda u otrora de derecha, tienden a prevalecer sobre el cartabón ideológico convencional.

Hoy se reconoce que la unidad es un proceso dinámico de interacción y que la legitimidad de las dirigencias requiere de su compenetración con las causas que realmente preocupan a un electorado que puede moverse de un lado al otro del espectro ideológico tradicional, atraído por determinados temas, liderazgos y posiciones. Y ello nos lleva a consideraciones de orden práctico.

Por ejemplo, ¿cual es la propuesta en torno a la cual se lograra la unificación? Como veremos, derrotar a Chávez o lo que su régimen representa no parece ser suficientemente atractivo para los electores que en definitiva definirán la contienda.

En Miranda, Zulia y Táchira, el antichavismo (o sea Chávez al revés) constituye un fenómeno unificador y debe concitar un voto opositor mayoritario. Además allí existen, fruto de esa misma realidad, líderes opositores que han sido electos y ejercen posiciones de gobierno, desde cuyas trincheras pueden aglutinar al elector que aspira a algo más. Pero en estados donde el radicalismo es parejo o el radicalismo opositor es minoría. ¿Cómo se construye allí una formula a la vez unitaria y ganadora?

El cuadro nacional

En su conferencia esta semana en la Asamblea de CONINDUSTRIA, Alfredo Keller mostraba cifras que ilustran el fenómeno que queremos subrayar. Según su encuesta, punto más, punto menos, un 20% de de la población venezolana pertenece al chavismo radical, mientras otro 20% es la cara contraria de la moneda. Ello significa, que el juego entre radicales está empatado y que la decisión estará en manos de ese 60% que no está de acuerdo con mucho de lo que está ocurriendo, pero no se siente suficientemente motivado por una opción distinta o, porque agobiado por sus problemas vivenciales, simplemente la desconoce.

Tanto es así que, al preguntárseles -nuevamente la encuesta de Keller que tendría que estar haciendo la Mesa de la Oposición, un 59% se pronuncia por preparar propuestas para resolver los problemas del país y solo un 16% estima que debe ocuparse de escoger candidatos. ¿Sorprendente? Para muchos lo es, estoy seguro, sobre todo por la intensidad del debate que ha venido recogiendo la prensa en torno a como éstos deben ser escogidos.

Claro, los medios transmiten lo que ocurre entre aquellos con acceso a los mismos, pero no es su función generar sintonía. Esa tarea corresponde, no a los medios, sino a quienes pretendan ser elegidos.

No hay mensaje sin mensajero

De todo lo anterior se desprende que la Unidad, de por sí, no garantiza un desenlace alguno. Hace falta además lograr sintonía con ese elector intermedio, que representa el 60% del país, una tarea que puede ser algo menos difícil, sea a favor del gobierno o de la Oposición, en aquellos estados en los que los radicales de un bando u otro son substancialmente mayores que los radicales contrarios y por tanto inclinan en su favor la masa crítica de votantes que es necesaria para garantizar la victoria.

Con sólo analizar los resultados de la última elección regional, o el estilo de gobernar de aquellos que ganaron, sabremos cuales estados se inclinan, en razón del radicalismo relativo, a favor de una u otra opción. Lo que no significa que una radicalización contraria no pueda ser superada. Por ejemplo, en un estado tan inclinado al bando oficialista como lo es Aragua, un buen candidato a la Alcaldía de Girardot, su mayor municipio, ganó la elección, aun cuando no le haya sido reconocida, pese a vestir los colores del bando Opositor.

Este hecho nos lleva a la consideración de un elemento fundamental que tiende a ser soslayado por quienes hacen vida pública en la capital, y por ese hecho, suelen estar atados a intereses de diversa índole que en Caracas, como en toda capital del mundo, siendo ajenos a la política, buscan imponer sus preferencias. Me refiero ya no al mensaje sino al mensajero. Ya no a la propuesta capaz de concitar la Unidad, sino al liderazgo real o liderazgos reales que, en un determinado estado, en una determinada entidad, sean capaces, por la credibilidad de que gozan, de llevar esa propuesta a ese elector intermedio, y lograr de éste un pronunciamiento favorable a la hora de consignar su voto.
Si se ha de ganar una solida representación del país opositor en la próxima Asamblea Nacional, es esencial que se concentre el esfuerzo, no en lograr cuotas de poder, como es la inveterada costumbre entre algunos líderes “nacionales”, sino en estimular a ese segmento políticamente intermedio de la población que no será llevado mayoritariamente a votar por simples posturas antichavistas, ni tampoco podrá ser atraído con facilidad por un liderazgo opositor que, en su conjunto, apenas logra reunir el 20% de las voluntades. Y es aquí donde surge el gran escoyo… porque lleva a un enfrentamiento inevitable entre el “querer” ser y el “poder” ser. Veamos.

La Unidad no hace la magia

De los aspirantes a una curul en la nueva Asamblea Nacional, ninguno, salvo excepciones, son suficientemente conocidos o gozan de esa credibilidad de amplio espectro que hace a una persona elegible. Me refiero tanto a los diputados actuales del gobierno como a los eventuales candidatos de la Oposición. Coloque usted en una encuesta, amigo lector, amiga lectora, a cualquier líder partidista, que son obviamente los más conocidos de entre los aspirantes, o yendo un poco mas allá, tome cualquier figura de peso de la sociedad civil y descubrirá que ninguno de ellos obtiene más de un 2% de votación y la mayoría no llega siquiera al 1%, aun cuando haya aparecido una y mil veces en la prensa o la televisión.

Entonces, ¿cómo se construye una unidad opositora que sea a la vez alternativa de poder, cuando el bando contrario tiene un liderazgo menguado pero nacionalmente consolidado en la figura de Hugo Chávez, su gran elector? La unidad es en verdad una palabra mágica. Pero cuanto ha sido abusada para mentir, para mover intereses particulares o descalificar a aquellos que “conviene” apartar.

Quizás vista como matrimonio, pero en un doble sentido, ayude a comprender sus demandas. Matrimonio con quienes se ha de convenir, pero matrimonio también con el sufrido pueblo que se aspira a representar.

Un respetado líder de quien la prensa se ocupado mucho últimamente, lo ha repetido a sus allegados hasta la saciedad: “Nadie quiere a quien no conoce, nadie lucha por quien no quiere.” ¿Se habrán ocupado los aspirantes de cultivar esa amistad que en una democracia sólo el contacto con los más pobres es capaz de generar?

Vuelve entonces la pregunta: ¿Cuál es el mensaje? ¿Quién será el mensajero? La Unidad es una palabra cuasi sagrada… ciertamente mágica. Pero ella, con toda su preeminencia y su primor, no es capaz por sí sola de hacer magia o de ganar una elección.

 
Jesús HerasNo photo
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