El cartel del miedo

MIGUEL BAHACHILLE

debate159-1El término fue acuñado por el filósofo y politólogo germano-británico Ralf Dahrendorf para referirse a las elites “no identificadas” que ejercían el poder en la Alemania de posguerra. En Venezuela se han creado cientos de instancias anárquicas, como el UPV de Lina Ron y La Piedrita, transformadas en carteles del miedo, que se consideran a sí mismas elites de poder popular. Sus integrantes, autodefinidos como chavistas, aunque dicen gozar de rasgos propios y métodos multiformes, tienen algo en común: uso de la violencia con anuencia estatal. Lejos de lo que predican, carecen de conexión social y tienen mucho de intimidación.

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Simultáneamente se ha instituido una elite económica resguardada en el anonimato conexa a los carteles del miedo que ha acumulado inmensas fortunas en menos de diez años. Ese prototipo de poder no se corresponde con grado alguno de autoridad y sí con el lucro dudoso con complicidad oficial. En esta revolución el orden institucional es irrelevante. La autoridad, concepto noble, cuyo designio es minimizar la violencia y conciliar intereses de la mayoría, está mancillada.

Hoy, la jurisdicción estatal se esgrime sólo para escudar a los fundamentalistas vinculados al proceso.debate159-3

El régimen incita la confusión entre las nociones de poder y autoridad porque cree beneficiarse con ello. Los sistemas de dominios denominados populares, paralelos a la autoridad formal, son inviables sin el apoyo estatal. De allí que los carteles del miedo desplieguen el terror a sus anchas. En consecuencia es el Presidente, como jefe de Estado, quien delimita los distintos enfoques de poder. En esas circunstancias la legalidad pierde todo sentido.

De la macolla gubernamental surgen difusos dispositivos de poder que cada chavista manipula de forma disgregada. Sin embargo todos, en el fondo, obedecen a una dirección única. Estos personajes, subvencionados por el gobierno, se sienten con derecho a prescribir conductas, ordenar, prohibir o autorizar. Y ello induce al miedo.
¿Cuál es el corolario de esta reflexión? El régimen tiene especial interés en que desaparezca cualquier transparencia respecto de las relaciones de poder; y que el Estado, como se conoce, se preserve como ficción. Que la “vieja estructura” quede sólo para efectos estadísticos y propagandísticos. No obstante ese perverso designio las encuestas indican que el gobierno autodenominado socialista se ha separado tanto del pueblo que el poder positivo se esfuma detrás de una maraña burocrática corrupta e inoperante.

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Todo indica que la siniestra maniobra de los carteles para intimidar a la población se está diluyendo. El miedo tiene ahora otros signos. Miedo a la delincuencia desatada que acaba impunemente con nuestros bienes y nuestras vidas; a la tenebrosidad por falta de energía eléctrica; a las plagas por la escasez de agua; a la miseria por el alto costo de la vida; a la integridad privativa por la represión policial; a las enfermedades por la debacle de los hospitales y reaparición de endemias proscritas; a la ignorancia extendida por la ruina de la infraestructura educativa; al deterioro del ambiente por el enorme basural que a diario se acumula frente a nuestras casas; y miedo al discurso de guerra del Presidente que estimula la confrontación entre clases.

No hay, pues, dirección para conducir el país. No es la autoridad sino la mediocridad, corrupción e ineficacia, las que fijan los objetivos de quienes ejercen el poder.

 
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