El Guerrero del Frio

THEECONOMIST.COM2007-06-12RonaldReagan

“MR GORBACHEV, tear down this wall”. (Sr. Gorvachov, tumbe este Muro). La airado reclamo de Ronald Reagan frente a la Muralla de Berlín el 12 de junio de 1987 no significó la muerte del comunismo, pero si subrayó la renovada confianza de Occidente, al exigir lo que antes se consideraba imposible. Los asesores del Presidente lo estimularon, en cambio los diplomáticos norteamericanos quedaron petrificados ante lo que consideraron una provocación: su trabajo después de todo era administrar las relaciones con el comunismo, no intentar derrotarlo.

Recordar aquellos días de gloria motivó un coloquio de todo un día  en la Biblioteca presidencial de Ronald Reagan en el Valle Simi de California, el pasado 6 de noviembre. Un grupo heterogéneo de  héroes del Este y el Oeste (algunos columnistas y un moderador) se reunieron para analizar el rol que jugó el Gran Comunicador, y lo que su ejemplo podría aportar al mundo de hoy. El evento lo presidió Nancy Reagan, frágil pero inmaculada. Margaret Thatcher y Mikhail Gorvachov enviaron congratulaciones. Luchadores por la libertad como Mart Laar de Estonia, Leszek Balcerowicz de Polonia y Vaclav Klaus de la República Checa recordaron como las palabras de Reagan los inspiró al tiempo que desmoralizaba a sus captores.

Miembros que aun sobreviven del equipo de relaciones exteriores de Reagan también asistieron, incluyendo a John Lehman (Secretario de la Armada), Dick Allen (Jefe del Equipo Asesor), Richard Pipes (Experto en asuntos rusos), y la figura cimera del Secretario de Estado George Shultz.

Es muy fácil olvidar el gigantesco reto que estos hombres enfrentaron al asumir Reagan el poder en 1980. EE.UU. estaba aun traumatizada por la experiencia de Vietnam, intimidada por la invasión de la Unión Soviética. a Afganistán, humillada por los vejámenes a que fue sometida la Embajada de ese país en Irán al iniciarse la revolución islámica, y al borde de la quiebra por la recesión generada por la nueva escalada de los precios petroleros (¿será posible que a Obama le toque enfrentar algo similar?). Presidir la inexorable debacle del Mundo occidental de la manera más pacifica posible, parecía entonces la mejor opción.

Hoy debemos admitir que, independientemente lo que hubiera ocurrido en el Mundo Occidental, el comunismo habría confrontado serias dificultades. Había un gran descontento popular; su élite estaba dividida, y sus propias miserias económicas socavaban la legitimidad y estabilidad del Régimen. Pero la enorme confianza que irradió el reclamo de Reagan hizo que la estrella de Occidente relumbrara, dando ánimo a los prisioneros y encegueciendo a quienes los tenían sometidos. La América de Jimmy Carter o la Gran Bretaña de mediados de los ’70 no habría podido plantear una opción alterna al comunismo.

En retrospectiva, la eficiencia y determinación del gobierno de Reagan fue admirable. Llegaron al gobierno y en pocas semanas estaban listos para arrancar (armar un equipo y alinearlo en un año es considerado algo optimo). Ellos sabían exactamente lo que debían hacer y lo hicieron. John Lehman contó con poco disimulada emoción cuando envió un fuerte contingente naval al norte de la costa de Noruega, a pesar de las críticas de oficiales que consideraban que era una provocación, cuando era todo lo contrario. Ese movimiento táctico detuvo la avanzada soviética para tomar control de la región.

Margaret Thatcher Y Ronald Reagan

Margaret Thatcher Y Ronald Reagan

La propaganda comunista caricaturizaba a Ronald Reagan como un vaquero sin cerebro, cuando en verdad era un hombre que leía y escribía mucho. George Shultz señalo durante su intervención a la hora del almuerzo que Reagan utilizó la fuerza militar en solo tres ocasiones: para impedir un golpe de estado de inspiración marxista en Granada; para bombardear el centro de operaciones terroristas en Trípoli, y en una operación contra un buque iraní que estaba “sembrando” minas. “Realismo, fuerza, diplomacia” era su credo… y “no amenazar en vano”. Shultz también subrayó el deseo de Reagan de eliminar el arsenal nuclear, una labor que el ex-Secretario de Estado aun continua.

Es difícil no sentir nostalgia de una época en la que gobernaron hombres maduros actuaron con firmeza, claridad de propósitos y seriedad.

Traducción ABC de la semana

Reflexiones de Aníbal Romero (*)

Se conmemoran estos días las jornadas que tuvieron lugar hace dos décadas en la Europa comunista, conduciendo al fin del imperio soviético y de la Guerra Fría. Celebrar las luchas por la libertad es positivo pero me temo que esta vez los festejos ocurren en medio de equívocos que conviene aclarar.

No se corresponde con la verdad utilizar términos como “colapso” y caída” cuando nos referimos a esos hechos. Ciertamente, en un sentido literal el Muro de Berlín ya no existe y tampoco la URSS. Sin embargo su destino final no ocurrió principalmente por las severas grietas internas del comunismo real. La acción humana consciente, decidida y deliberada jugó un papel crucial en el cambio de la estrategia de “contención” de EEUU, que predominó durante buena parte de la Guerra Fría y que Ronald Reagan transformó con su inquebrantable voluntad en una estrategia abiertamente dirigida a derrotar, y no a contener, a los soviéticos y su imperio satélite.

Con frecuencia se olvida este factor esencial de la historia, y muchos piensan que cuando se habla de la “caída” o el “colapso” del Muro y de la URSS nos referimos a sucesos que acontecieron por arte de magia y como resultado de un proceso de inercia, producto de las vulnerabilidades internas de un sistema que asfixiaba la libertad.

Juan Pablo II

Juan Pablo II

Si bien el comunismo estaba podrido las cosas hubiesen podido seguir como estaban quizás por mucho tiempo, o un desenlace distinto materializarse, si no hubiese sido por el impacto de la férrea voluntad de Reagan, ayudado por el coraje de Margaret Thatcher y el Papa Juan Pablo II, quienes optaron por actuar de manera asertiva en lugar de proseguir la línea de contención al comunismo.

El programa militar conocido como Guerra de las Galaxias, basado en la defensa antimisilística, fue uno de los instrumentos que utilizó Reagan para quebrar a la economía rusa y doblegar a sus dirigentes. Pero no fue el único. Los lectores interesados pueden hallar en Internet dos documentos fundamentales, en los que Reagan y su Consejo de Seguridad Nacional articularon la estrategia que dio al traste con lo que para la época parecía un superpoder destinado a sostenerse por largo tiempo. Se trata de las Directivas de Seguridad Nacional (National Security Directives) números 66 y 75 de noviembre de 1982 y enero de 1983.

De modo que el Muro y el Imperio no colapsaron sino que fueron derribados por la voluntad humana.

*Extracto de su artículo “El Muro no cayó”

 
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