La mano de Henry, trampa e hipocresía

"Después del partido todo fue demasiado lejos, estaba muy nerviosoy la posibilidad de dejar la selección se me pasó por la cabeza", comentó Henry.

"Después del partido todo fue demasiado lejos, estaba muy nerviosoy la posibilidad de dejar la selección se me pasó por la cabeza", comentó Henry.

Raúl Fain Binda

La “mano de Henry”, el escándalo sobre su “trampa”, que “dio injustamente” a Francia la clasificación para el Mundial, a expensas de sus “víctimas”, los irlandeses, es uno de los casos de hipocresía más gordos de los últimos tiempos.

Los cómplices en esta hipocresía son legión.

Comenzando por el propio Henry, que lamenta lo ocurrido cuando ya no se puede hacer nada para corregirlo. Sus compatriotas, también, que lo censuran pero no le hubieran perdonado si reconocía de inmediato su falta y el gol de Gallas era anulado.

También los irlandeses, que lloran como si ellos fueran un modelo intachable de integridad deportiva. Uno de los jugadores más exaltados había cometido en ese mismo partido la misma falta que Henry, aunque con menos “éxito” en la trampa.

No hace mucho, Irlanda formó un exitoso equipo de “oriundos”, con varios jugadores británicos de ascendencia irlandesa, entre ellos Tony Cascarino, cuyos ancestros resultaron ficticios: su abuela, al parecer, no le había dicho que él era adoptado.

Cascarino, ahora periodista, ha sido uno de los comentaristas más agresivos en la denuncia de Henry, a quien calificó reiteradamente de vulgar tramposo.

Sí, Henry hizo trampa, ¿pero es tramposo? ¿Un tramposo habitual?

Henry cumplió como capitán

Otro punto de vista es que Henry cumplió con su deber: como capitán, o simplemente como integrante de un equipo, su responsabilidad es con sus compañeros, antes que con un principio, la integridad, que sólo se invoca cuando su violación nos perjudica.

Suena feo, pero es la realidad, la ética de los vestuarios.

Imaginen cómo explicaría Henry la situación a sus compañeros si, inmediatamente después del gol que daba el pase a su equipo, hubiera tomado la pelota del fondo de la red y la colocara para un tiro libre irlandés, explicándole al árbitro que él la había tocado con la mano, que no faltaría más, que él no era un tramposo y quería tranquilizar a la gente decente y también a todos los hipócritas del mundo, especialmente a todos los irlandeses y los comentaristas como Tony Cascarino.

Henry sabe perfectamente cuál es su responsabilidad con el vestuario en este deporte/guerra/espectáculo: en un partido del Mundial 2006, entre Francia y España, Henry se llevó las manos a la cara, teatralmente, engañando al árbitro, que indicó una falta de Puyol. De su servicio vino el gol de Francia que decidió el encuentro.

¿Es un tramposo vulgar, Thierry Henry? ¿No será que está en una situación en que muchos hacen trampa y el sistema lo tolera?

¿Por qué debe ser más grave tocar la pelota con la mano que hacerle una zancadilla o pegarle una patada a un adversario, o zambullirse en el área penal?

¿Por qué apenas se escuchan las denuncias de la casi criminal actitud de Amorebieta, del Athletic de Bilbao, el sábado, cuando, para intimidar a Messi, le clavó la suela del botín en la cara? Messi pudo perder un ojo o media dentadura en esa jugada. Si ven la jugada, quedan pocas dudas de que el defensor levanta el pie con toda deliberación.

Es obvio que el fútbol profesional necesita el apoyo de los medios técnicos, de la repetición instantánea de jugadas, supervisada tal vez por el cuarto árbitro.

La Fifa, los dirigentes de casi todo el mundo, ofrecen tres razones para denegar esto: 1) que muchos niveles del fútbol no pueden permitirse el gasto; 2) que daría pábulo a una cultura de la apelación y victimismo; 3) que interrumpiría la fluidez del juego.

Esta explicación ya no es satisfactoria.

En varios deportes profesionales se utilizan diversos instrumentos técnicos para complementar las decisiones de los árbitros: tenis, cricket, rugby, baloncesto…

En el fútbol americano, por ejemplo, un entrenador tiene dos oportunidades de pedir que los árbitros vean una repetición: si “gasta” los dos ocasiones, ya no puede apelar.

Lo mismo podría ocurrir en el fútbol, con un máximo de un minuto, por ejemplo, para que el árbitro principal vea la repetición y tome una decisión.

Lo cierto es que este tipo de recursos, y hasta el experimento de la UEFA, de colaboradores en las líneas de meta (que hubieran detectado la mano de Henry), son resistidos por las autoridades del deporte.

En consecuencia, y con la complicidad de casi todos, se alienta o tolera esta forma de trampa, en la que un deportista queda expuesto como deshonesto por algo que casi todos sus colegas hacen con relativa frecuencia en sus actividades profesionales.

En realidad, “todos somos culpables, pero el poder es el culpable principal”, según dijo el escritor siciliano Leonardo Sciacia, a propósito de asuntos más importantes, como recuerda el periodista y escritor español Juan Cruz, en El País.

Irlandeses y británicos denuncian una conspiración francófila, ya que la UEFA está presidida por Michel Platini y la FIFA por Joseph Blatter (un suizo de cualquier origen étnico tiene afinidad con sus vecinos franceses), pero cabe señalar que la Junta Internacional, que regula las normas del juego, tiene una abrumadora presencia británica, con representantes de las cuatro asociaciones del Reino Unido.

Estos caballeros de la Junta Internacional resisten cualquier novedad técnica, incluso las más probadas. En cambio, discuten con gran interés asuntos insignificantes y otros que huelen a dinero, como la propuesta de extender a 20 minutos los intervalos de los partidos, para “permitir que los jugadores descansen, ya que muchas veces los trayectos entre vestuario y campo de juego son demasiado extensos”.

Por supuesto que a la Junta no se le ha ocurrido que esos cinco minutos adicionales podrían tener un elevado valor para los publicitarios y los canales de televisión.

Como dijo Sciacia, todos somos culpables, pero el poder es más culpable todavía.

 
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