Una nueva esperanza

Francisco A. Bello Conde

Francisco A. Bello Conde

Francisco Bello

Los días navideños son de particulares y profundos sentimientos. El nacimiento del Niño Dios nos abre el corazón a las cosas nobles y el fin de año nos invita a la reflexión, a hacer un balance de cuánto hemos hecho para lograr nuestros sueños y de cuánto nos falta por hacer.

Si por un momento nos pusiéramos en los zapatos de los que menos tienen y, desde su óptica, tratásemos hacer el mismo ejercicio de autoevaluación, estoy seguro que concluiríamos que, cuando no hay para hacer mercado, cuando las hallacas son una utopía y hasta el niño Jesús se olvida de nuestra dirección, sólo existe una forma de darle alegría a las fechas decembrinas: ¡La esperanza!

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El Presidente de la República ha sido durante más de una década ese motivo que lleva a creer a los más humildes en que las cosas cambiarán a su favor, en que la justicia social aparecerá de pronto y hará el próximo diciembre diferente.

A pesar de que mientras pasa  el tiempo, crecen las razones para pensar que Chávez no es quien traerá esos cambios y que, por el contrario, es un obstáculo para conseguirlos, la ausencia de una nueva razón para creer, les obliga a aferrársele, en contra de toda lógica, como a esos santos que no hacen milagros pero siguen siendo santos.

Esos compatriotas de las barriadas populares, los que viven perdidos en los remotos rincones de nuestros llanos, aquellos que sobreviven al frío poco oxigenado de nuestros Andes, nuestros indios, nuestros pescadores, en fin los millones de compatriotas que no han sido bendecidos ni con riquezas ni con la educación necesaria para conseguirla, esperan quizás sin saberlo, un regalo de quienes tenemos la posibilidad de escribir, de hacer política, de influir aunque sea un poco en qué hacer y en cómo y cuándo deben hacerse las cosas.

Ese regalo de que les hablo no es otro que una razón para soñar, para ver el futuro con un optimismo que dé razones para soportar las penurias del presente. Para ello debemos construir el mensaje, organizarnos y empezar a comunicarlo con todas nuestras fuerzas en cada uno de los rincones de nuestra geografía.

Estamos obligados a entender que, para lograr una mayoría, no es suficiente con ser “oposición” a algo a lo que una minoría aún se aferra. Que impera la necesidad de ser mucho más que eso para recuperar un país. Que el reto que nos exige Venezuela es representar y ser motivo para que nazca una nueva esperanza.

 
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