Entre Caracas y Bogotá

Opi-AMARTINAlta Política
Américo Martín

Los procesos bélicos pueden manipularse para forzar concesiones sin disparar tiros. Una conseja ilustra cómo se resolvían los conflictos militares en el viejo Brasil: antes de iniciarse las hostilidades los comandantes de ambas aceras contaban los cañones y el que más tuviera era declarado ganador. Quizá haya en eso algo de verdad, pero no como para descartar escaladas incontenibles, caso en el cual todos son arrastrados a las trincheras así no quieran. Las escaladas suelen comenzar con exaltaciones patrióticas y ningún logócrata más fecundo que el presidente Chávez. Es fácil y cómodo ser escéptico. Durante mucho tiempo yo lo he sido, pero para comprender que a lo largo de esta frontera de más de 2,200 kilómetros bien puede encenderse el conflicto, vale la pena fijarse en los factores eslabonados que parecen no tener sino una dirección, por cierto la peor. A la insistente retórica guerrera de la parte venezolana, complementada con epítetos denigrantes y duras acusaciones, la parte colombiana, más profesional, ha respondido con lenguaje amistoso pero incrementando los preparativos militares y de inteligencia, todo con el fin de activar sus fuerzas para el escenario de una confrontación con Venezuela. La guerra está dejando de ser un habitual ejercicio o juego de oficinas.

Visto desde la perspectiva algo fabulada del gobierno venezolano, Colombia se ha coludido con EEUU y los Países Bajos con el fin de atacarlo, bien desde las siete bases que podrán ser utilizadas por EEUU, bien desde las bucólicas Aruba, Curazao y Bonaire, que están bajo dependencia del sistema constitucional parlamentario neerlandés. En la Cumbre de Copenhague el mandatario venezolano acusó frontalmente a Holanda de preparar una invasión militar aliada con EEUU y Colombia. Arrojó semejantes piedras verbales guiado sólo por el pálpito. Chávez debería preguntarse por qué la audiencia, lejos de impresionarse, guardó un incómodo silencio.

Pocos pueden estar complacidos con el reciente convenio colombo-estadounidense porque a nadie le agrada la presencia de militares en territorios ajenos. Pero la mayoría se ha limitado a pedirle a Colombia seguridades sobre la naturaleza interna de la alianza pues nadie parece estar convencido de la inminencia de una agresión contra Venezuela. ¿Conclusión? Alguien tiene que estar pastoreando nubes: el resto de nuestro hemisferio o el presidente Chávez.

Colombia y Venezuela están en plena carrera armamentista y ya no ocultan mucho contra quién lo hacen. El ministro de la Defensa colombiano ha acusado oficialmente al gobierno chavista de utilizar guerrilleros de las FARC para entrenar civiles en Fuerte Tiuna, el más emblemático de los establecimientos militares de Venezuela, y se ha permitido responder con sorna a la denuncia del presidente Chávez acerca de que aviones espías no tripulados, dotados de misiles, fueron despachados desde Colombia a calibrar emplazamientos venezolanos. Los aviones existen –reconoce el ministro– pero no tienen armas; están sólo para vigilar instalaciones ubicadas dentro y no fuera de sus fronteras. Que carezcan de armas es posible, pero es de dudar que se limiten a territorio colombiano dado que en este momento los servicios de inteligencia de ambas partes estarán detectando apasionadamente lo que les resulte útil para vencer.

Lo reciente es el envío de batallones colombianos a la frontera y la activación recíproca de mecanismos de inteligencia para definir blancos. Chávez se ha armado hasta los dientes y, fiel a su estilo, se ufana ruidosamente. Uribe, sin pregonarlo mucho, no ha dejado de prepararse. Digamos pues con el oráculo de Delfos que un país será derrotado y el otro vencerá; cómoda sentencia que no comparto.

Ambos perderán, pero sobre todo aquel cuya economía esté más resentida. No es difícil saber cuál es.

 
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