La mezquindad como problema


Alta Política
Tulio Hernández

hernandezmontenegro@cantv.net

Mientras la urna con los restos mortales del ex presidente Rafael Caldera descendía lentamente a su morada final en el Cementerio del Este de Caracas, despedido por el Himno Nacional conmovedoramente interpretado por un coro de voluntarios del Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles, el autor de estas líneas terminó de entender el significado exacto de la palabra mezquindad.

Salvo a los sectarios y fanáticos, cuya comprensión de los hechos históricos se ve siempre atrofiada por el moralismo y la intolerancia, a nadie le puede quedar duda de que Rafael Caldera fue un actor clave en la construcción y preservación del sistema democrático venezolano que, a pesar de la asfixia, aún sigue con vida.

Puede cualquiera disentir de sus credos y acciones políticas, o cuestionar, como muchas veces lo hicimos en esta misma página, su gestión de gobierno, pero lo que resulta mezquino es negar o intentar ignorar que fue un jefe de Estado que ejerció en dos ocasiones la Presidencia de la República, su papel de constructor de uno de los tres partidos forjadores de la democracia, su presencia internacional como líder socialcristiano, su destacada actuación en diversos períodos como representante popular en el Congreso Nacional, su destacado trabajo como profesor universitario y, en definitiva, su condición de servidor público que dedicó su vida entera a la política y el destino colectivo de la nación venezolana.

En cualquier democracia normal y decente esta trayectoria sería una condición suficiente para que el Ejecutivo Nacional declarara tres días de duelo, oficiara el velorio en el Palacio Federal, la Asamblea Nacional emitiera un acuerdo y realizara una sesión especial de homenaje póstumo recordando su aporte, y la agencia oficial de noticias y los medios oficiales dedicaran tiempo y espacio a explicar o recordar su figura y su labor.

Pero no fue así. De nuevo los miembros de la cúpula militar que gobierna a Venezuela minimizaron al máximo la memoria de una figura histórica nacional de modo que, independientemente de que la familia solicitara que no se hicieran honores militares, en el momento del entierro no había ninguna presencia oficial que testimoniara la razón y la continuidad de Estado pertinente en estos casos; el comunicado firmado por Hugo Chávez tenía una retórica propia de una prédica religiosa barata pero no de un Presidente en ejercicio que despide a otro democráticamente electo y reconoce su aporte, y la Agencia Bolivariana de Noticias hacía circular una cable un tanto irónico cargado de lo que en el habla popular se conoce como “mala leche”.

No se trata de un hecho aislado. Estamos ante un método, una estrategia o un guión, que Hugo Chávez y sus seguidores cumplen al pie de la letra cada vez que fallece un venezolano de excepción ­un gran escritor, un científico destacado o un dirigente político­ que en vida no se mostró incondicional con el proyecto autoritario del régimen bolivariano.

Es lo que ocurrió, los ejemplos sobran, al momento de la muerte del ex presidente Luis Herrera Campins, del escritor Arturo Uslar Pietri, del rector Pedro Rincón Gutiérrez, del científico Marcel Roche ­las autoridades rojas-rojitas del IVIC incluso pusieron trabas para que se cumpliera el deseo de que sus cenizas fueran esparcidas en la institución que fundó­, del poeta Eugenio Montejo y de una larga lista que se han dedicado a sistematizar para la memoria del apartheid chavista que ya se ha comenzado a construir.

Es la gramática totalitaria del Jefe Único: el adversario es un enemigo e, independientemente de los aportes que haya hecho al país, hay que tratarlo como tal. Nada de aquello de que honrar, honra.

Porque bajo mi gobierno lo único que honra es estar de mi lado. Creer en mi palabra.

Admirarme. Venerarme. Todo lo demás deshonra. Nada de valorar a los pioneros de la democracia. Porque aquí el único pionero de la patria soy yo y los héroes militares ­Bolívar, Maisanta, Zamora­ cuya tarea inconclusa me encargaré de culminar.

Mezquindad es – lo dice el diccionario- ruindad y falta de nobleza.

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