Una guerra imposible

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PLINIO APULEYO MENDOZA

Alguna vez un periodista venezolano, más en broma que en serio, me preguntó qué pensaba yo de un conflicto bélico entre los dos países. “Yo no podría entrar en guerra contra mi propia hermana y mis sobrinos venezolanos ­le respondí­. Sin contar con una nube de amigos que tengo en Venezuela”.

Y no son, por cierto, amigos de ayer sino de muchos años.

Fue en Caracas donde me inicié en firme como periodista.

Tenía allí toda mi familia, pues mi padre, por andar con otros dirigentes liberales organizando un frustrado levantamiento contra el presidente Ospina Pérez, había tenido que tomar el camino del exilio. Venezuela era como su segunda patria.

Había sido embajador de Colombia ante el gobierno del general Medina Angarita, y contaba entre sus amigos a los más notables intelectuales.

Si bien recuerdo, fui yo el último en sumarme a aquel éxodo familiar. Me encontraba en París estudiando a la vez Ciencias Políticas y Artes Gráficas, cuando las dificultades económicas de mi padre en sus primeros tiempos de exilio me obligaron a regresar a Caracas.

Tenía 21 años de edad y no sabía cuál iba a ser mi destino.

Encontré, por fortuna, a un benefactor providencial. Era entonces un escritor y periodista pobre de algo más de 30 años. Vivía en una modesta casa del barrio El Conde de Caracas y estaba vinculado a la revista Signo que agrupaba a firmes y secretos opositores a la dictadura militar de Pérez Jiménez. Nunca llegué a imaginar que un día, muchos años más tarde, sería Presidente de la República. Me refiero a Ramón J. Velásquez, el venezolano que mejor conoce la historia de su país y la del nuestro.

De la mano de Ramón entré en una agencia de publicidad.

Más tarde, cuando fue nombrado por Miguel Ángel Capriles como director de la revista Élite, me propuso que entrara a formar parte de su equipo.

Al darse cuenta de que además de modificar la presentación de la revista yo me tomaba la libertad de cambiar títulos, sumarios y textos, acabó designándome como su jefe de Redacción. Todo parecía marchar sobre ruedas hasta un día en que, luego de esperar en vano a nuestro director, Miguel Ángel Capriles, el propietario de aquella cadena de publicaciones, me llamó a su despacho. “A Ramón lo puso preso esta madrugada Pedro Estrada ­me dijo­. Allí se quedará mucho tiempo porque es considerado por él como un conspirador peligroso. De modo que ocupa su puesto”.

Lejos de alegrarme, este último anuncio me ensombreció. Pero el hecho inesperado es que a los 23 años de edad empecé a dirigir la más importante revista del país. Apenas tuve ahorrados los recursos necesarios, regresé a París. Pero mi vida en Venezuela no terminó allí. Era el lugar donde permanecía mi familia. De modo que volví a Caracas dos años más tarde, esta vez para hacerme cargo de otra conocida revista semanal, Momento. Convencí a su propietario de traer desde París a García Márquez. Y ocho días después de que Gabo llegara, vivimos como periodistas el inicio de una de las épocas más fulgurantes en la historia del país: la caída de Pérez Jiménez, la explosión de júbilo popular del 23 de Enero de 1958, la libertad de los presos políticos (entre ellos el propio Ramón Velásquez), la llegada de los exilados, la reaparición de los partidos y, finalmente, al cabo de un año tumultuoso, las elecciones que llevaron al poder a Rómulo Betancourt.

Nuestro redactor político en Momento, Luis Herrera Campins, sería más tarde presidente de Venezuela. “¿Recuerdas cómo lo regañabas cuando llegaba tarde con su informe?” ­me recordaría Gabo con risa, años después ­. Éramos amigos de todos los periodistas y dirigentes políticos, incluso del máximo dirigente del Partido Comunista, Gustavo Machado.

Nuestro amigo Ramón J. Velásquez dirigía El Mundo, un nuevo periódico vespertino, y no veía inconveniente alguno en que, pese a ser colombianos, Gabo y yo escribiéramos editoriales y notas políticas. Nos sentíamos en casa. Venezuela era nuestro segundo país.

Y no dejó de serlo ni para Gabo ni para mí. Cuando a él, ya famoso, le fue ofrecido el premio Rómulo Gallegos, le aconsejé que en vez de rechazar el dinero del premio, como fue su idea inicial, se lo diera al MAS.

Y así lo hizo. ¿Se rompió alguna vez nuestro vínculo con Venezuela? Nunca. Desde entonces no he dejado de volver allí todos los años. Mi hermana Soledad echó raíces definitivas. Es venezolana. También sus hijos y nietos. Todos los martes ella reúne en su casa a escritores, artistas y periodistas amigos.

Con estos antecedentes, se comprende porqué tomo en broma cualquier alusión a un conflicto armado entre Venezuela y Colombia. Entre hermanos la sola palabra guerra está excluida para siempre.

 
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