Periodismo deportivo

Jhonny Castillo

Letras de fútbol
Jhonny Castillo

Recordamos hoy que en una de estas columnas cometimos un error que generó malestar  en  algunos lectores quienes con derecho se quejaron vía correo electrónico, y quizás  también en otros que prefirieron no darle mayor importancia al asunto. Lo cierto fue que en un lapsus mentí,  confundimos a  Xabi Alonso (Real Madrid) con  Xabi Hernández  (FC Barcelona) cuando intentábamos describir aquella  jugada en la que  Messi marcó el segundo tanto que le dio la  victoria a su equipo, 2  por 1, ante Estudiantes de la Plata en la final de la Copa Mundial de Clubes.

En esa ocasión los lectores de una forma  muy amable y cordial nos llamaron la atención al respecto, e incluso hicieron comentarios halagadores sobre esta columna que con tanto aprecio para  ustedes. Gestos que desde aquí agradecemos profundamente.

El error cometido en la mencionada columna nos permite ahora  realizar algunas reflexiones en torno al ejercicio de uno de los géneros más importante del periodismo como lo es el de opinión, y más aún en una fuente tan especializada como la del periodismo deportivo en la que no solamente hay que dominar con criterio y precisión los datos y las estadísticas, sino también  el léxico de cada disciplina, la lengua y los recursos literarios, aspectos estos últimos sin los cuales el conocimiento y los datos muertos no servirían absolutamente para nada.

Precisamente uno de los factores que ha tornado cursi  y aburrido al periodismo deportivo, es que como dijera alguna vez el escritor colombiano Ernesto Samper, muchos periodistas le han caído a patadas a la lengua, con honrosas excepciones, por supuesto. El uso desmedido de clichés, lugares comunes, frases hechas, neologismos y términos mal empleados, aunado a la poca creatividad en la narración y descripción, son síntomas que atentan contra la estética de la escritura y le faltan  el respeto al buen lector.

El problema va más allá de que inconscientemente o por una mala jugada de la memoria nos equivoquemos con el nombre de un futbolista, cometamos un anacronismo o se nos pase un dato importante. Al fin y al cabo, no siendo esto una justificación, eso ocurre todos los días en todos los periódicos del mundo. No podemos ser tan puristas e intransigentes a la hora de evaluar un trabajo periodístico, es necesario analizar las formas, la semántica, los estilos y los contenidos. Un periodista no es peor  porque alguna vez se haya equivocado con la cantidad de goles que marcó Garrincha en el Maracaná, o porque se haya confundido con futbolista homónimos.

Señala jocosamente ese gran periodista y escritor, Gabriel García Márquez, en su biografía Vivir para contarla, que en una ocasión la revista literaria Crónica le encargó hacer  una entrevista a la estrella brasileña del Junior de Barranquilla Sebastián Berascochea en un intento de combinar al fútbol con la literatura.

Señala Gabo: “…me sentí aliviado por una larga conversación con Berascochea, un hombre inteligente y amable, y con buen sentido de la imagen que deseaba dar a su público. Lo malo fue que lo identifiqué y lo describí como un vasco ejemplar, sólo por su apellido, sin parar mientras en el detalle de que era un negro retinto de la mejor estirpe africana. Fue la peor pifia de mi vida y en el peor momento para la revista. Tanto, que me identifiqué con la carta de un lector que me definió como un periodista deportivo incapaz de distinguir la diferencia entre un balón y un tranvía…”

 
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