Humanismo Societario IV (La nueva comunicación y los partidos)

Julio Castillo

Alta Politica
Julio Castillo

En entregas anteriores reseñábamos que la revolución industrial produjo socialmente el fenómeno de la urbanización citadina y el de los conglomerados masivos. El término de “partido de masas” fue acuñado en los albores del nacimiento de los partidos socialistas. Marx y Engels no sólo fueron los fundadores del socialismo científico, también lo fueron de la Asociación Internacional de Trabajadores que con el tiempo fue conocida como la Primera Internacional e igualmente de la Liga de los Comunistas (creada contemporáneamente a la redacción del Manifiesto Comunista en 1848).

De acuerdo con su doctrina, los trabajadores debían construir una vanguardia en forma de partido de masas con una dirección centralizada.

El partido de masas, en este contexto, se hacía necesario para difundir las ideas socialistas entre grandes concentraciones de obreros, la mayoría de ellos campesinos recién llegados a la ciudad y con escaso nivel de formación.

Novelas de la sordidez como las de Dickens y Víctor Hugo retratan con realismo singular las condiciones de vida dramáticas de estas enormes concentraciones del naciente proletariado.

En este marco, el partido de masas -reiteramos- era el único vínculo para informar y uniformar las luchas reivindicativas y políticas. La prensa obrera, de limitada circulación, apenas servía para transmitir entre los dirigentes cultivados las ideas que debían luego comunicarse a amplísimas capas de trabajadores.

Era entonces el partido, en sí mismo, el principal medio de comunicación de los militantes.

A esta Primera Internacional siguió la Segunda Internacional, la de los grandes partidos socialistas europeos, hasta que ésta se divide con motivo del voto de los créditos de guerra de la mayoría de los partidos miembros, para dar inicio a la Tercera Internacional o Internacional Comunista que nace deformada por el influjo del prestigio logrado por la URSS en el curso de la Segunda Guerra Mundial y bajo la férrea bota estalinista que gobernó esa enorme nación por más de 50 años.

Entre estas organizaciones, que fueron inspiradoras de casi todos los partidos modernos del mundo, hay un hilo conductor común: El partido Centralizado o como dice el eufemismo: El que se rige por el centralismo democrático.

Por más de 100 años, con matices y leves diferencias, todos los partidos del mundo, incluyendo los de inspiración demócrata cristiana, adoptan las normas del partido centralista y repiten la vocación de ser partidos de masas.

Todos, repetimos, usaron el mismo modelo de partido para comunicarse con sus militantes y con la sociedad entera.

A la salida de la segunda guerra mundial, en el mundo repartido por las potencias ganadoras en las conferencias de Yalta y Postdam,  se relanza el crecimiento de las fuerzas productivas gracias a la reconstrucción de Europa por el Plan Marshall y a la innovación de la industria mundial ya vigorizada por la economía de guerra en los Estados Unidos.

El mundo globalizado que comienza perfilarse, demanda mecanismos de comunicación cada vez más rápidos y confiables. Las telecomunicaciones, los viajes espaciales, que nos permiten vernos por primera vez, como la nave espacial que somos, así como el descubrimiento del ciberespacio, marcan una verdadera revolución en los mecanismos de comunicación de los seres humanos.

Casi todas las esferas de la vida son impactadas por este fenómeno. Sin embargo, en el mundo de los partidos políticos se mantiene la zaga de esta realidad y mira desde lejos cómo se desarrollan, a niveles inimaginables, los medios de comunicación en el mundo entero.

Sin temor a cometer un desatino podemos afirmar que, en prácticamente todos los partidos modernos, este fenómeno tiene un impacto relativo y casi nulo en lo concerniente a la necesidad de adoptar nuevas formas de organización frente a la nueva realidad que se abría ante los ojos de todos.

Los partidos “modernos” continúan manteniendo sus organizaciones casi calcadas del viejo partido estalinista centralizado a pesar de que sus propios militantes en sus familias y sus trabajos comienzan a relacionarse y comunicarse de otra manera.

La naturaleza particular de los nuevos instrumentos de comunicación ha traído un cambio civilizatorio en el mundo de nuestros días. La comunicación persona a persona, sin intermediarios como el partido, ha creado un nuevo tipo de ciudadano.

Buena parte del desafío que esta revolución comunicacional implica está en la manera como los dirigentes sociales asuman la nueva situación y qué respuestas le den.

Los partidos son necesarios y deben seguir existiendo. Siguen siendo la organización donde se funden la teoría y la práctica; las escuelas de pensamiento (como las definió Enmanuel Mounier); el grupo de hombres y mujeres libres que asumen una interpretación común de los acontecimientos y las tareas.

Lo que no puede ocurrir es que sus formas de organización copiadas del Centralismo “democrático” del siglo XIX convivan con Internet, Facebook, Twiter, el celular y la TV digital sin que a nadie se le ocurra pensar que se debe cambiar.

En nuestra próxima entrega, relataremos algunos ejemplos del impacto de estas nuevas formas de comunicación en la política actual y que, a nuestro juicio, demandan un cambio urgente en las organizaciones políticas so pena de éstas sean lanzadas sin misericordia al basurero de la historia

 
Julio Castillo SagarzazuJulio Castillo Sagarzazu
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