4-F DEL 92: LA TRAGICA APARICION DEL CHAVISMO

Hugo Chávez dijo su famoso “por ahora” en cadena de radio y TV.

MANUEL FELIPE SIERRA

La asonada encabezada por un desconocido teniente coronel llamado Hugo Chávez Frías, fracasó militarmente pero dio paso a un turbulento proceso político que habría de materializarse 6 años después cuando fue electo Presidente de la República. Allí se abrió paso a un proyecto cuya inviabilidad histórica ha resultado particularmente costoso para el país.

A las 11 de la noche del 3 de febrero, cuando el coronel Marcelino Rincón Noriega reportó telefónicamente al ministro de la Defensa, general Fernando Ochoa Antich, que la primera división del Ejército en Maracaibo se había rebelado, el alto oficial casi suelta el teléfono. Minutos antes había dejado el presidente Pérez en La Casona a su regreso de Davos y durante ese día había visitado en labores de rutina la capital zuliana sin observar signo alguno de anormalidad. Cuando Ochoa llamó al Presidente para informarle de la situación, ya éste había abandonado la residencia presidencial y se dirigía a Miraflores.

Comenzaba la rebelión del 4 de febrero. El plan de capturar a Pérez en La Casona se había frustrado, pero el comandante Joel Acosta Chirinos encargado de la operación, tomaba la base aérea Francisco de Miranda de La Carlota con una compañía de paracaidista al mando del capitán Gerardo Márquez. El comandante Francisco Arias Cárdenas tenía cautivo al gobernador del Zulia Oswaldo Álvarez Paz y sus fuerzas ocupaban la mayoría de las instalaciones militares. El comandante Jesús Urdaneta Hernández controlaba la Plaza de Maracay. El comandante Hugo Chávez Frías llegaba a la colina de La Planicie (Museo Histórico Militar) encontrando un ambiente confuso. En Valencia, el capitán Luis Rafael Valderrama tenía ya el control del batallón blindado acantonado en el Fuerte Paramacay. El gobernador Henrique Salas Römer se activaba para encarar la situación.

La población civil sufrió las consecuencias de la asonada golpista.

Un comando inició el ataque a Miraflores con tanquetas. Pérez llegó a un palacio en tinieblas y encontró en su despacho a Luis Alfaro Ucero, que lo recibió con una pregunta ¿Presidente dónde está su ministro de la Defensa? Pérez explicó que estaba al frente de sus responsabilidades profesionales. El caudillo oriental con zamarrearía le dijo, “Ya Betancourt lo hubiera destituido”. Persuadido de que en esas situaciones se requiere de una iniciativa audaz de opinión, el mandatario se dirigió a un canal de televisión. Desde Venevisión le habló al país para anunciar el fracaso de los sediciosos. En su primera comparecencia, habiendo escapado milagrosamente de Miraflores, no pareció muy convincente para los televidentes que a esa hora ya tenían conocimiento de la acción. Freddy Bernal, hoy ex alcalde de Caracas, entonces jefe del grupo Ceta de la Policía Metropolitana y antiperecista a muerte, tuvo a escasos metros al personaje que iba a ser objeto de un intento magnicidio. Sin embargo, Bernal ignoraba la conspiración. Meses después, seria pieza clave en el alzamiento del 27 de noviembre. La segunda presentación del Presidente, ya en compañía del ministro de la Defensa y el ministro de Relaciones Interiores Virgilio Ávila Vivas, llevó mayor confianza a una población que estaba convencida de que los “madrugonazos” pertenecían al pasado.

Eduardo Fernández, Teodoro Petkoff, David Morales Bello y el banquero Orlando Castro, entre otros, condenaban desde la televisora un golpe cuyo alcance se desconocía. La ministra encargada de Relaciones Exteriores, Rosario Orellana llamó al ex presidente Caldera y le planteó la conveniencia de que se hiciera presente en el canal. Caldera le aseguró que iría. A la quinta Tinajero llegaban amigos del ex mandatario. Las versiones eran contradictorias. Se desconocía el nombre del cabecilla de la asonada. Nadie podía imaginarse a esa hora que estaba en marcha la acción conspirativa más completa en la historia del país, la que lograba la mayor acumulación de poder de fuego y ejercía el más férreo control de los espacios militarmente estratégicos.

Pérez regresó a Miraflores y convocó al Consejo de Ministros para suspender las garantías constitucionales. La situación en el Museo Militar había sido sofocada –según los rebeldes por fallas en los sistemas de comunicación- pero se escuchaban disparos en la base Francisco de Miranda. Entre tanto, Maracay, Maracaibo y Valencia seguían bajo dominio de los insurrectos. Pérez insistía ante Ochoa Antich en que debían usarse todos los recursos para reducir la sublevación.

En el Alto Mando no existía una postura común de lo que debía hacerse. El Congreso Nacional convocó a Sesión Extraordinaria para debatir el decreto de suspensión de los derechos constitucionales. Caldera, sin decir muchas palabras salió de su residencia “Tinajero”. Cuando su automóvil pasó frente a las instalaciones de la Pepsi Cola en la avenida Rómulo Gallegos, observó un grupo de vecinos que salía a la calle gritando “abajo los políticos”. Durante el trayecto guardó silencio, pero aquel gesto espontáneo debió influir en su discurso de horas después.

En la puerta del Palacio Legislativo fue recibido por el ministro de Relaciones Parlamentarias, Jesús Carmona, quien le informó que el jefe de la rebelión era el teniente coronel Hugo Chávez Frías y que minutos antes se había rendido. Caldera preguntó quién era el militar. Carmona le dijo que lo conocía ampliamente y que tuvo una estrecha relación cuando éste presidía el comité organizador de las fiestas patronales de Elorza siendo él ministro de la Secretaría. Muy cerca en su curul, el senador Ramón J. Velásquez leía la prensa.  Chávez apareció con su histórico “por ahora” y Caldera aprovechó la tribuna parlamentaria para marcar distancia de quienes hacían una condena total de los hechos, al destacar como causa de éstos las deficiencias de la democracia y un explosivo cuadro social. Casi a la misma hora, al vincularse al reclamo popular ya adelantado por algunos gobernadores y alcaldes (recordemos los triunfos sorpresivos de Andrés Velázquez en Bolívar y Salas Römer en Carabobo contra las expresiones más poderosas de la maquinaria de AD y también el discurso de Aristóbulo Iztúriz ese mismo día que lo catapultaría a la Alcaldía de Caracas) Chávez y Caldera se asociaban sin saberlo para gobernar al país en los años subsiguientes.

Síntoma de un colapso.

Bien decían los antiguos de Grecia que los dioses ciegan a quienes quieren perder. Los partidos tradicionales y los factores de poder interpretaron el hecho como una típica asonada golpista. Era en consecuencia imposible que percibieran la intentona bolivariana más allá de sus implicaciones militares, lo que no fue así para buena parte del país. En las encuestas que  expertos norteamericanos  hicieron días siguientes al  4-F, Chávez se colocaba en popularidad por encima de muchos políticos destacados. También a partir de aquel día el país entró en un estado de inestabilidad y conmoción.

Un día del marzo siguiente, el ministro de la Defensa, general Ochoa Antich, alegando la existencia de una delicada situación militar (seguramente autorizado por CAP), convenció a la dirección copeyana que era necesario fortalecer al gobierno con la presencia de ministros demócratas-cristianos. Un craso error del gobierno en proponerlo y de los copeyanos de aceptarlo, porque el vacío político no se había generado por falta de gobierno, teniendo al frente un líder de arraigo y firmeza como Presidente, sino por la ausencia de una oposición efectiva que se hiciera eco de las angustias populares que se habían ido acumulando. Bueno es recordar que la relación AD-COPEI, había pasado de la alianza circunstancial de los primeros años de la democracia, a una concertación a la chilena con alternancia de poder, en la cual también participaban Fedecámaras y la CTV.

Apenas tres meses duró el infructuoso ensayo y, como era de esperar, en ese lapso no se produjo rectificación alguna o siquiera una reflexión sobre cambios inaplazables que se debían producir. Antes por el contrario, el apoyo copeyano fortaleció, a los ojos del país, la imagen más cruda y elemental del bipartidismo y del menage a quatre que hemos señalado.

El año 92 culminó con el alzamiento del 27 de noviembre. La conspiración, que incorporó a oficiales de alto rango de la Armada y la Fuerza Aérea sirvió para evidenciar un malestar ya generalizado en los mandos castrenses y potenció aun más el clima de inestabilidad e incertidumbre que tendría su expresión meses después con el juicio y la posterior renuncia del presidente  Pérez, operación dirigida a la sombra por Luis Alfaro Ucero, caudillo de AD, y celebrada por los soportes del sistema como una manera de conjurar la creciente crispación política (y de cobrar venganza aquellos que con las reformas de Pérez habían perdido cuotas de poder) sin advertir que con su acción estaban legitimando la causas que indujeron el alzamiento del 4-F. Es decir defenestrando a Pérez, apenas quince meses después del 4-F, solo que valiéndose a un expediente distinto. Y lo hacían, faltando apenas nueve meses para que completara su gestión.

Como era de esperarse, su salida debilitó aun más el establecimiento y representó un estímulo para las fuerzas que apuntaban hacia un confuso cambio de fondo. Caldera, consecuente con su discurso el 4-F, detonó la unidad de COPEI, convencido de que la estructura partidista, tal como existía, no era expresión legitima de las bases, lo que se  había demostrado días antes con la amplia victoria de Oswaldo Álvarez Paz frente a la estructura aparentemente inexpugnable de Eduardo Fernández. Entre tanto, en AD, Claudio Fermín pulverizó el terrorífico aparato de Alfaro Ucero para la nominación presidencial y la Causa R recogía la expectativa más radical de este proceso y de una organización electoral modesta se convertía en una fuerza determinante en la escena nacional.

La victoria de Caldera en 1993 contribuyó en la línea de estimular los efectos de esa fractura histórica y aceleró el colapso de las maquinarias tradicionales, ya profundamente afectadas, como hemos visto, por el triunfo de líderes y fuerzas emergentes en las primeras elecciones de gobernadores y alcaldes.

En febrero del ´94, cuando Chávez abandonó la cárcel de Yare, el análisis convencional concluía en que se excarcelaba a un golpista fracasado. En ese momento no se reparaba en un hecho demasiado cierto: sin quererlo, Chávez era el beneficiario final de la onda transformadora que, iniciada por la elección de gobernadores y alcaldes luego del estallido del Caracazo, inevitablemente dibujaría los escenarios del futuro.

En los primeros meses de 1998, cuando su candidatura subió en las encuestas, AD y Copei se apresuraron a retirar sus respectivos candidatos, pero ya se había agotado el tiempo para las rectificaciones. Durante esos años, los factores de poder no se habían percatado de que el 4-F había sido, ciertamente, un golpe abortado en el cual si bien había quedado en entredicho la capacidad estratégica del jefe, había tenido el efecto de un sismo que, con la ayuda de los grandes capitales y el apoyo de algunos medios de comunicación, se reproduciría con mucho mayor intensidad en las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998.

Ahora Chávez accedía al poder mediante el voto democrático, pero sus planes no había cambiado. Intentaría imponer aquello que había naufragado en la incertidumbre de aquella madrugada 6 años atrás.

OSWALDO ÁLVAREZ PAZ

4F-92, RETROCESO ESPANTOSO

Oswaldo Álvarez Paz
Gobernador del estado Zulia al producirse la intentona militar.

No soy de quienes condenan toda intervención militar considerándola injustificada en cualquier circunstancia. Incluso de los que rechazan la conjunción cívico-militar, así sea el único recurso para derrotar un régimen tiránico, es decir, a una dictadura. Hay momentos que justifican estas alianzas, a pesar de no ser deseadas. Se legitiman con el ejercicio del poder, por la restitución plena del orden jurídico y de los principios que dan soporte al ejercicio activo de la libertad.

El 4 de febrero no pertenece a esta categoría. Fue un cruento golpe de estado en contra de la democracia de un país que, a pesar de los crecientes vicios del sistema y la ceguera del liderazgo, mantenía condiciones aceptables de normalidad democrática. Los mecanismos de control institucional no estaban al servicio de partidos o persona alguna. Esto quedó registrado para la historia con el proceso estrictamente civil que retiró de la Presidencia a Carlos Andrés Pérez y, en actitud que lo engrandece, con su sometimiento ejemplar a las decisiones de la Corte Suprema de Justicia y del Congreso.

Independientemente de las razones esgrimidas para justificar el golpe, hubo un intento de magnicidio contra el Presidente y su familia. Tanto Pérez en Miraflores, como la señora Blanca en La Casona, resistieron hasta que la intentona fue derrotada y Chávez hecho preso al rendirse sin combatir. Quizás esto explica su obsesión con el tema. Lo  intentó.

El 4F queda para la historia como un día de infamia y traición. Ninguna de las banderas que lo alentaron ha sido cumplida ni mantenida. Venezuela, dieciocho años después, esta infinitamente peor.

 
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