AVENTURAS DEL PÍCARO “MEL”

Zelaya es recibido en República Dominicana por el presidente Leonel Fernández, poniendo fin a meses de conflicto y confusión.

Alta Política
Manuel Felipe Sierra

El desenlace de la crisis de Honduras cobra dos víctimas políticas: Chávez y la OEA. El hecho de que los gobiernos de Estados Unidos y España estudien la reanudación de relaciones con el gobierno de Porfirio Lobo quiere decir que en poco tiempo, éste gozará de pleno reconocimiento internacional. Ciertamente, no podía ser de otra manera. La tensión generada durante siete meses en la nación centroamericana tuvo todos los elementos de un sabroso sainete bananero.

¿Cómo llega Manuel “Mel” Zelaya al Alba? No parecía congruente su incorporación a un proyecto político-ideológico diseñado por Fidel Castro y ejecutado por la petrochequera de Chávez. No se entendía cómo un agresivo “ranger” que reprimía salvajemente a los campesinos de sus fincas, podía convertirse en soldado del socialismo del siglo XXI. Personaje locuaz, temperamental, ganó la presidencia el 2005 como candidato del Partido Nacional derrotando a Porfirio Lobo aspirante del Partido Nacional, los dos eternos rivales de la política hondureña. Lobo resintió el revés y El País de Madrid refleja en una nota, “Lobo siempre pensó que aquel recuento estuvo trucado, que Zelaya y los suyos –entre los que se contaba un rico empresario llamado Roberto Micheletti- hicieron trampa”.

Momento célebre: Manuel Zelayase come un melón en plena cadena nacional.

Las dificultades económicas (es histórica su fotografía comiendo un melón y pidiendo trato justo para las exportaciones hondureñas a Estados Unidos) y el alto costo de los combustibles, lo llevaron a buscar acomodo en Petrocaribe. Ya Guatemala y El Salvador eran beneficiados con el programa de asistencia y hasta el presidente de Costa Rica Oscar Arias, exaltaba la “generosidad” chavista. La iniciativa es en definitiva la versión sectaria del Acuerdo de San José que durante años mantuvieron Venezuela y México con iguales propósitos. Desde enero de 2009, el gobierno hondureño comenzó a recibir 20.000 barriles diarios con un pago de 60 por ciento de la factura en 90 días y el 40 restante en un plazo de 25 años con dos años de gracia y 1 por ciento de interés. Pero a Zelaya, contaminado con el virus del continuismo esparcido por el continente, no le pareció suficiente: era mejor el ingreso al Alba. Ello ocurrió en agosto de 2008 durante un mitin en la Plaza de la Libertad de Tegucigalpa. Allí junto a Evo Morales, Daniel Ortega y el vicepresidente cubano Carlos Lages, Chávez lo bautizó como “el comandante vaquero”. Con ello compraba la “cajita feliz” del Mc Donald chavista: referéndum, constituyente, nueva Constitución y reelección indefinida.

Para Chávez el nuevo aliado representaba una apuesta oportuna. Más que la nebulosa ideología de “Mel” le interesaba establecer una “cabeza de playa” en Centroamérica con la vecindad de la Nicaragua de Ortega y El Salvador ya en vías de caer en manos de Mauricio Funes quien en teoría debería ser el mejor apoyo para su estrategia. Zelaya se propuso cumplir la misión. Se embarcó en un plebiscito para que los hondureños decidieran si en las elecciones de noviembre se incorporaba una “cuarta urna” y así poner término al límite de los períodos constitucionales. El Tribunal Supremo Electoral, la Fiscalía General, la Corte Suprema de Justicia y el Congreso de la República declararon ilegal la consulta. Su propio partido lo desautorizó. “Mel” insistía en subir la tensión. El 4 de junio del año pasado anunció la destitución del general Romeo Vásquez Velásquez por negarse a repartir material para la votación. El alto mando renunció. La Corte Suprema lo repuso en sus cargos. Los zelayistas tomaron las calles para crear agitación y apoyar la iniciativa.

En esta fase entran a jugar dos nuevos factores: Ortega y Chávez envían activistas para estimular un clima en las calles que inevitablemente desencadena la violencia; y el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, mueve los hilos para allanar el camino a una defensa intransigente de la legitimidad de origen de Zelaya.  Sin apoyo interno alguno “Mel” debía abandonar el poder. Pero era necesaria su permanencia en el país para darle credibilidad y resonancia a las protestas programadas desde el exterior.

La madrugada del 28 de junio (el día del plebiscito) Zelaya fue detenido por los militares y deportado a San José de Costa Rica en pijamas. El Congreso abrió una investigación sobre su estabilidad mental y se leyó una carta con una supuesta renuncia que posteriormente él desmintió desde el exilio. Era el momento de pasar a la ofensiva diplomática. La OEA denunció un golpe de estado. Hasta en Venezuela voceros calificados de la oposición advirtieron sobre el fascismo y el militarismo que habrían renacido con una inusitada fuerza. Por primera vez,  la OEA manipulada por Insulza en busca de su reelección, saltó las etapas de la constatación y la negociación.  Entró a jugar la chequera petrolera entre la mayoría de los países miembros.

Chávez, de una irrenunciable vocación golpista, mutaba en campeón de los valores democráticos. Otros países se rasgaban las vestiduras en defensa de la pureza de origen mientras ellos mismos pulverizan la democracia en su desempeño. La OEA, que en el pasado sirvió de “ministerio de colonias” para imponer dictaduras en el continente, ahora asumía la condición de un implacable guardián del estado de derecho.

Después de 5 meses se baja la cortina del escenario. Porfirio Lobo es presidente por voluntad de los hondureños; Roberto Micheletti deja la presidencia para que el Poder Legislativo traspase el mando al nuevo gobernante; el alto mando militar es absuelto del pecado golpista y Chávez y sus compañeros del Alba  decretan el repliegue. Zelaya sale de la embajada de Brasil de la mano del presidente dominicano Leonel Fernández y el inefable Insulza hace lo indecible para que su compatriota Sebastián Piñera, le mantenga el voto chileno para su reelección. Sin embargo, nadie puede asegurar que es el final de las traviesas aventuras del pícaro “Mel”.

 
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