UN EQUIPO, UN PAÍS

Clint Eastwood, Morgan Freeman, y Matt Damon.

ALFONSO MOLINA

Cuando se habla de Invictus se torna imperativo recordar la inmensa figura histórica y política de Nelson Mandela, figura clave del convulso y sangriento siglo XX. Pero al mismo tiempo el film reclama la atención sobre otro hombre, Clint Eastwood, uno de los directores fundamentales del cine norteamericano de las últimas cuatro décadas, dueño de una trayectoria admirable que no deja de sorprendernos cada año. Revisen el último decenio y encontrarán piezas fundamentales como Gran Torino, Cartas de Iwo Jima, Banderas de nuestros padres, Golpes del destino y Río místico. Heredero del realismo de John Ford y la crítica social de John Houston, este hombre de 80 años filma sin cesar sobre los más diversos temas. En su más reciente película rinde homenaje a Mandela, sin ambages ni excusas. Es su opción de vida. La victoria del equipo sudafricano Springboks en la Copa Mundial de Rugby de 1995 —un año después de haber asumido la presidencia el líder de la gran mayoría negra— constituye la médula dramática de una historia real que le pertenece a todos los seres humanos que lucharon contra el apartheid en Sudáfrica y el mundo. Esa es la épica que Eastwood quiso contar. Lo logró en un raro equilibrio entre deporte y política que revela inteligencia pero también mucha emoción. Especialmente expresa la inspiración que estimula Invictus, el poema de William Ernest Henley que marcó la vida del líder durante sus años de cárcel: «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi vida».

El punto de partida de Invictus se encuentra en el ensayo del escritor y periodista británico John Carlin titulado originalmente Playing the enemy: Nelson Mandela and the game that made a nation, que Seix Barral editó hace dos años en español como El factor humano. Entre 1989 y 1995 Carlin fue corresponsal del diario británico The Independent en Sudáfrica, donde presenció la liberación de Mandela en 1990, tras 27 años en prisión, y su posterior elección como presidente en 1994. Fueron varios los trabajos periodísticos que Carlin realizó sobre ese hombre imbatible, con quien estableció una amistad que perdura.

El guionista Anthony Peckham —el mismo de Sherlock Holmes— estructuró su historia a lo largo de un año, desde la llegada de Madiva —como lo llamaba la población negra— al poder en 1994, un año después de haber ganado el Nobel de la Paz , hasta la victoria de los Springboks —capitaneados por el blanco François Pienaar— sobre los implacables All Black de Nueva Zelanda el 24 de junio de 1995, en el estadio Ellis Park de Johannesburgo ante 62 mil espectadores. Eso es historia y está registrado en los anales del «deporte de rufianes jugado por caballeros». En ese lapso Peckham establece dos momentos políticos de distinto signo, dos personajes definitorios y el proceso de transformación de un país huérfano de unidad.

El comienzo de la película define tanto la esperanza que alberga la gran mayoría negra como el sentimiento de temor que circula en las arterias de la minoría blanca que ha gobernado a Sudáfrica por varias décadas. Un país en crisis económica, con alta delincuencia, necesitado de inversión extranjera y sumergido en el pantano del caos político. En ese contexto, Mandela define su pasta de líder y contradice la opinión de sus electores. La reivindicación de los Springboks constituye la formulación de una clara política de reconciliación que impulsa un proceso de cambios —sociales, culturales, deportivos, étnicos— que no sólo conduce al triunfo de Sudáfrica en la Copa Mundial de Rugby sino —lo más importante— a la reunificación entre blancos y negros. Su consigna fue «Un equipo, un país».

A partir de esa premisa dramática, Eastwood edifica su relato a través de grandes pinceladas pero también con un minucioso trabajo de detalles. Como todo buen film basado en hechos históricos conocidos, Invictus opta por los matices narrativos. No pretende sorprender con su trama sino con la manera subjetiva y personal de contar la anécdota. No se trata de una película biográfica sino de la crónica de un momento en la vida de un dirigente de talla mundial. Los porqués de los 27 años de prisión, de la creación del apartheid o de las luchas del Congreso Nacional Africano no están presentes en el film ni tienen cabida. Tampoco la crisis familiar entre Madiva, su esposa y sus hijas. Eastwood parte de una situación preestablecida, específica, y echa su cuento con admiración y emotividad. Se desplaza desde la magnífica reconstrucción de los partidos que pusieron a los Springboks en la ruta de la victoria hasta las manifestaciones más íntimas y personales del líder. A este esquema expositivo suma planos que se expresan en sí mismos: la miseria de los barrios pobres, la ansiedad de los niños negros, el uso del afrikaner como lengua de los blancos para discriminar a los negros, etcétera. Tampoco se detiene en consideraciones sobre la Sudáfrica que Madiva dejó en 1999, al abandonar la presidencia de un país que cambió. Eso es harina de otro costal.

Un personaje como Mandela exigía un actor como Morgan Freeman. Creo que no hay mucho que añadir a todo lo que ya se ha dicho sobre su trabajo y su postulación al Oscar. Habla apropiadamente con acento, se mueve con la dificultad de un anciano que ha pasado casi tres décadas en prisión, transmite confianza con sus palabras y sus gestos, mira con bondad y marca un rumbo. Matt Damon, por su parte, asume su personaje secundario con sobriedad, sin sobresaltos. Un atleta con una misión.

INVICTUS (“Invictus”), EEUU, 2009. Dirección: Clint Eastwood. Guión: Anthony Peckham, sobre el ensayo “Playing the enemy: Nelson Mandela and the game that made a nation”, de John Carlin. Poducción: Clint Eastwood, Robert Lorenz, Lori McCreary, Mace Neufeld. Fotografía: Tom Stern. Montaje: Joel Cox y Gary Roach. Música: Kyle Eastwood y Michael Stevens. Elenco: Morgan Freeman, Matt Damon, Tony Kgoroge, Patrick Mofokeng, Matt Stern y Julian Lewis Jones. Distribución: Warner Bros y Cinematográfica Blancica.

 
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