Chávez y las FARC

Raúl Reyes con su laptop

Alta Política
Rafael Arráiz Lucca

Acaba de salir el libro del periodista venezolano que mejor conoce el tema: Pasión guerrilla (Libros Marcados, Caracas, 2009) de Roberto Giusti.

Recoge investigaciones sobre las FARC y el ELN, así como sus prácticas delictivas en la frontera colombo-venezolana.

Además, todo el libro está atravesado por una indagación: la relación entre Chávez y la guerrilla colombiana, orígenes e intensidad.

En este sentido, es una novela de intrigas, de medias verdades y de embustes descarados.

La más lejana respuesta que halla Giusti, en pleno teatro de operaciones, se la da el comandante Alexis del ELN, en 1997, y luego en plena campaña electoral de 1998, reitera el comandante: “Queremos que el pueblo venezolano elija democráticamente a un patriota digno del pueblo”.

Ya en 1999, Giusti acompaña a una delegación venezolana del PPT, integrada por Pablo Medina (quien lo convida), que va a entrevistarse con Marulanda, con autorización del Gobierno colombiano. A último minuto, el Gobierno desautorizó la visita y Giusti optó por irse solo a San Vicente del Caguán, la zona de distensión con la que Pastrana había complacido a las FARC para iniciar las conversaciones de paz.

Buscaba entrevistar a Tirofijo, pero éste no lo recibió y delegó en Raúl Reyes atenderlo.

El diálogo con Reyes no tiene desperdicio: “­¿Tuvieron contacto con Chávez antes de ser electo? ­Sí. Tuvimos distintos niveles de comunicación antes de que fuera presidente. ­¿En qué consistían esos contactos? ­Eso es de carácter reservado”.

Y, más adelante, el periodista vuelve a inquirir: “­Se les enseña también marxismo-leninismo? ­Las FARC son marxistas leninistas y bolivarianas.

­¿Cómo el presidente Chávez? ­Igualitos. Nosotros somos hermanos de Venezuela”. Les recuerdo el año, 1999.

El año 2000 se recoge el testimonio de Urdaneta Hernández, jefe de la DISIP, quien le reclamó a Chávez que le hubiese ordenado a Ignacio Arcaya Smith, ministro de Relaciones Interiores de entonces, la entrega de 300.000 dólares a las FARC. Al ser precisado por Urdaneta, Chávez  dijo que él no había dado esa orden. ¿A quién le creemos?

Marulanda

En 2003, ocurre un encuentro Uribe-Chávez en Ciudad Guayana. El colombiano le entrega al venezolano un dossier de 18 páginas en donde consta el lugar de los 16 campamentos guerrilleros ubicados en territorio venezolano, en los estados Zulia y Táchira. El dossier se titula Presencia Subversiva en el Norte de Santander. Según el informe, sólo en Táchira los campamentos podían albergar hasta 600 hombres armados. Qué respondió Chávez a Uribe al entregarle estas evidencias, sólo ellos lo saben, señala Giusti.

En uno de sus ires y venires en la relación con Colombia, Chávez afirmó: “Yo soy un hombre de honor, si yo apoyara a la guerrilla colombiana tengan la seguridad de que lo diría, no lo escondería, no apoyo ni apoyaré jamás a la guerrilla colombiana, ni a movimiento subversivo alguno contra gobierno democrático alguno, de ninguna manera”.

Pues la correspondencia hallada en las computadoras de Reyes, en 2008, son prueba de lo contrario. Allí están para la historia.

Cuando el Gobierno sueco confirmó, en 2009, que los lanzacohetes hallados en manos de la guerrilla le fueron vendidos al Ejército venezolano, Chávez dijo que se los habían llevado las FARC en el ataque a Cararabo. Menudo detalle, el ataque fue del ELN, no de las FARC. Imposible un cambio de manos cuando estaban enfrentadas desde hace años.

Por supuesto, hay mucho más en este formidable libro para entender la relación Chávez-guerrilla, así como para comprender por qué la asistencia norteamericana en las siete bases es un asunto vital para tirios y troyanos.

 
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