Noticias de la esperanza

Alberto Barrera Tyszka

La única esperanza que podemos tener los venezolanos, de cualquier bando, pasa por la aceptación del otro

Contrapunteo
ALBERTO BARRERA TYSZKA

Abarrera60@gmail.com

En tiempos de bonanza económica, es fácil administrar un país. Cuando hay menos qué derrochar, las cosas cambian.

La mejor encuesta

El Gobierno ha pasado años diciéndonos que el socialismo es como El Dorado. El chavismo, en el fondo, quizás sólo sea nuestro mito más lejano: en algún lugar del horizonte, nos espera un gran tesoro. Pero los sueños también se gastan. Después de tanto tiempo, y de tanto dinero, la ilusión del paraíso comienza a arrugarse.

La mejor encuesta que tenemos es el propio Chávez, su desespero. Ahora resulta que el águila anda vuelto loco, persiguiendo a las moscas, acosándolas, retándolas para que le hagan un referéndum revocatorio. Más que un desafío parece una súplica.

Ese tal vez es el indicador más claro de que algo no anda bien. Prefiere una nueva batalla contra su persona que enfrentar las elecciones parlamentarias en septiembre. Pero de ahí a creer que el Gobierno se tambalea, que su poder es frágil, que el Presidente va a renunciar, el trecho es abismal.

Ya a esta altura deberíamos saber que nuestra historia no tiene soluciones fáciles. La única esperanza que podemos tener los venezolanos, de cualquier bando, pasa necesariamente por la aceptación y la incorporación del otro, del diferente, del contrario.

La idea de que el Presidente está mal, de que va en caída libre, puede ser muy tentadora.

Sobre todo para aquellos que siguen sin entender qué ha pasado en el país, para quienes creen que la historia es un swiche, que con un solo movimiento todo puede volver a ser como antes de 1998. Para aquellos que no saben cómo salir de la quinta pero que ya son especialistas en cómo debe ser la sexta república. Para quienes resucitan cada vez que hay elecciones. Para quienes todavía creen que dar una rueda de prensa y hacer política es más o menos lo mismo…

Puede ser muy tentador pensar que Chávez va en picada.

Pero también puede ser irreal.

Suponer que el Gobierno no ha hecho nada bueno, que no tiene seguidores, gente que genuinamente cree en el proyecto bolivariano, es tan ciego como suponer que durante la cuarta república no se hizo nada bueno, que todo aquel que critica al Gobierno es un burguesito enajenado, manipulado por el imperialismo gringo.

La revolución está destinada irremediablemente al fracaso mientras insista en excluir, en pulverizar, a la disidencia.

A menos que esté dispuesto a asesinar, a encarcelar o a prohibir a la mitad del país, el Gobierno tarde o temprano, saldrá derrotado. Pero desde el otro bando también puede pensarse lo mismo. También la dirigencia de la oposición está condenada al fracaso si insiste en ignorar a esa otra mitad de los venezolanos, si no sortea la trampa de creer que salir de Chávez ya es, de por sí, un proyecto de país.

Los discursos radicales sólo pueden forcejear, vivir del cansancio, hundirse lentamente. La mayoría del país es menos simple. Más diversa. Quien la escuche y quien dialogue con ella, sin excluirla y sin exigirle devociones épicas, quizás logre entonces superar la simpleza de nuestro mapa. Sólo la complejidad puede sacarnos de aquí.

Este año, la esperanza necesita trabajar tiempo extra.

Para celebrar el 4 de febrero. Yo prefiero la imagen de los gorditos. Me resulta más auténtica, más cercana a nosotros. En vez de toda esa faramalla heroica, en vez de la marcha y de los discursos aguerridos, el video de los gorditos me parece más real, más carnal, más verdadero.

Ahí estaban ellos, de lo más risueños, el día 30 de enero, en el Fuerte Tiuna, jugando softbol, con uniformes nuevos, en un estadio especial, filmados y transmitidos en vivo y directo por el canal de todos los venezolanos. Mientras el país se deshace, ellos batean y apuran sus kilos desde tercera a home.

Cuesta creer que, hasta hace poco, ellos mismos todavía bramaban señalando el ejemplo de Blanca Ibáñez, del uso privado de los aviones de Pdvsa, de las fortunas nacidas y multiplicadas a la sombra de Miraflores… La metáfora del jueguito de softbol es bastante parecida. Retrata un descaro trágico. ¿Qué estarían haciendo, a esa misma hora, los presos y los familiares de los presos de La Planta? ¿Dónde ponen esos innings los ciudadanos enfrentados al racionamiento de energía eléctrica? ¿Qué posición juegan los obreros del Estado que están esperando cobrar lo que se les debe? ¿A dónde tendría que ir cualquier herido que, en ese mismo instante, era rechazado en algún hospital público por falta de insumos médicos? A la hora de celebrar el 4 de febrero, la imagen de ese juego de pelota, como una fiesta privada que se transmite por el canal del Estado, me parece más honesta. Esa también es una marca de la revolución.

 
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