COLOMBIA, LA GUERRA QUE YA EMPEZÓ

Oswaldo Alvarez Paz

Alta Política
Oswaldo Álvarez Paz
oalvarezpaz@gmail.com

Hemos sido, hasta ahora, una sociedad desprevenida y cómoda. Lenta para reconocer los peligros que la acechan y más lenta aún para reaccionar de manera oportuna y contundente. Siempre me ha impresionado la superficialidad del ciudadano común de Venezuela para analizar los problemas que más pueden afectarlo. Las causas son múltiples, pero escapan al contenido de estos comentarios.

A pesar de las lecciones de los últimos once años, la destrucción de la República democrática, federal y descentralizada sigue avanzando. El proceso continúa, con las fallas, ineficiencia y escandalosas corruptelas de los conductores. La República es sustituida por un estado comunista a la cubana que el pueblo rechaza, pero se impone por la fuerza de una represión creciente, de una violencia física e institucional abierta y solapada contra todo cuanto se oponga o pueda oponerse a la revolución comunista. Llegamos al llegadero. A estas alturas no es legítimo “equivocarse”. Tiene razón el Presidente cuando afirma que la gente tiene que optar y… luchar por la opción que elija.

Punto de no retorno

Hugo Chávez traspasó los límites de lo tolerable. Al desconocer la propia Constitución de su autoría violentando el ordenamiento jurídico en nombre de la revolución comunista que pregona, se coloca más allá del punto de no retorno. Para él no puede haber retroceso. Aunque quisiera ya no puede dar marcha atrás. Se trata de un temperamento subversivo, enfermo incurable de tiranía que tratará siempre de “fugarse hacia delante”. Además, no puede darse el lujo de entregar el poder, ni siquiera de compartirlo restituyendo una de las reglas de oro de la vida civilizada como es la separación, autonomía y equilibrio de las distintas ramas del poder publico. Cuentas muy serias e imprescriptibles en lo penal y administrativo, tiene que rendir ante la justicia nacional e internacional. En estas circunstancias, tiene que aferrarse al poder, convocar a todos sus socios políticos y económicos, a que concurran en defensa de la revolución amenazada, más desde afuera que desde adentro, pretendiendo desviar la atención del desastre interno hacia un enemigo externo.

La guerra con Colombia

A la revolución de Chávez le falta heroicidad, una gran causa por la cual luchar que sea capaz de unificar a la nación alrededor de su liderazgo “libertador”. Por otra parte, necesita una excusa poderosa para hacer pública y operativa la alianza política y militar con Cuba, con las FARC y los elenos colombianos, las organizaciones mercenarias que dirige casi personalmente, los narcos y los demás factores subversivos del continente y del mundo con quienes mantiene estrechas relaciones. Entre otras cosas, aunque los tiempos y las circunstancias han cambiado, se trata de hacer realidad el sueño castro-comunista de los años sesenta. Venezuela y Bolivia serían los centro centros operacionales de la vanguardia revolucionaria. Pero en aquel entonces, los gobiernos de Venezuela, Colombia y Bolivia enfrentaron y derrotaron aquellas pretensiones. Ahora presenciamos la revancha.

Más allá de la situación interna de Venezuela, explosiva en todos los sentidos, existe una amenaza real de conflicto con Colombia. Hugo Chávez implementa una escalada de provocaciones e intervenciones ilegales con relación a Colombia que yo diría que esa guerra ya empezó. Algunos ingenuos hablan de “trapo rojo”, sin tomar en serio el extremoso lenguaje guerrerista de Chávez. Radicaliza su posición para que la gente se preocupe más por lo que puede pasar que por lo que ya está pasando. Basta con ir a cualquiera de nuestras poblaciones fronterizas, escuchar los relatos de la gente y respirar un poco para percibir la enorme tensión existente.

Los medios de comunicación colombianos informan a diario y semanalmente sobre la multiplicidad de incidentes fronterizos. Ello incluye graves situaciones de hostilidad que solo desde el pasado noviembre hasta finales de enero, han provocado la muerte de unas 25 personas. Las agresiones verbales y materiales por parte de las autoridades venezolanas han estado a la vista. Colombia no ha caído en las trampas que se montan para provocar respuestas de la misma naturaleza. Se ha manejado con una prudencia que no es debilidad y con una firmeza admirable, sin que se conozcan atropellos de su parte. Pero lo grandes afectados son los pobladores de la frontera que nos une como pueblos y nos divide como realidades geográficas. Táchira, Zulia, Apure y los correspondientes vecinos colombianos son las víctimas de una situación cuya gravedad no se aprecia adecuadamente desde Caracas o Bogotá. Inseguridad, desempleo, parálisis de las actividades productivas, incertidumbre con relación al presente y al futuro se mezclan con un militarismo en aumento, un neoparamilitarismo mercenario, en un clima de impunidad frente al terrorismo guerrillero que encuentra en Venezuela asiento territorial para operar y facilidades políticas y financieras.

Conflicto de cuarta generación

Para Venezuela es imposible derrotar a Colombia en una guerra convencional. Tiene mayor población, cuadruplica el número de efectivos en armas, mejor preparados y con larga experiencia en combates regulares e irregulares. No están ideologizados, tampoco polarizados nacional o internacionalmente. Los militares colombianos representan a la nación, al pueblo sin distinciones sociales, políticas o ideológicas. Su causa es Colombia, no el comunismo, ni el socialismo, ni el capitalismo. Tienen la ventaja de poseer una notable mística nacional y, en consecuencia, el respeto de un pueblo agradecido.

Lamentablemente en Venezuela los militares están desacreditados, divididos, desnaturalizados en función de la política, de esta monstruosidad castro-chavista que llaman “socialismo del siglo XXI”. Once años distraídos en labores propias del mundo civil, enrutinados, calificados como ineficientes por los entendidos y envueltos en corruptelas increíbles que les mantienen la moral muy baja. Hay excepciones, toda generalización es injusta, pero es la percepción que propios y extraños tienen de nuestros uniformados.

Por otra parte está el tema de la alianza cada vez más estrecha de Colombia y Estados Unidos, primera potencia militar del mundo, con acceso a las bases de aquel país además de las existentes en Centroamérica y el Caribe. Venezuela sería humillada en menos de 24 horas si se sigue el discurso de Chávez.

Todo esto lo saben quienes manejan la inteligencia y la estrategia, especialmente los cubanos. En el fondo impulsan una guerra no convencional. Se hace con milicias, guerrillas, mercenarios, fuerzas especiales (nacionales y extranjeras). Creen contar con las FARC, el ELN, la criolla FBL, las bandas armadas del PSUV, los brigadistas especializados de y en Cuba, Irán, el Medio Oriente, entrenados para sembrar el terror, paralizar a los venezolanos y colombianos enemigos de la guerra y dominar en el campo psicológico y propagandístico. Ya están actuando. Se infiltran, generan conflictos para desestabilizar. Piensan que Colombia no está en capacidad de responder en este terreno y que lo hará de manera masiva y brutal obligando a los organismos multilaterales a detener el conflicto. Grave error. Allá están mejor preparados, con más experiencia y la experticia tecnológica de Estados Unidos. Pobre Chávez, prisionero de su delirio construye la tumba del castro-chavismo comunista.

 
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