El modelo perrito

Tulio Hernández
hernandezmontenegro@cantv.net

¿ En qué lugar del mundo democrático un jefe de Estado o de Gobierno le daría órdenes públicamente a un alcalde electo por el voto directo y secreto de los habitantes de un municipio? O, para decirlo con mayor propiedad, ¿qué clase de alcalde, gobernador o, en general, de gobernante local legítimamente electo, aceptaría sin chistar una orden del Presidente de la República? Me temo que en muy pocos.

¿Alguien puede imaginarse, por ejemplo, a Rodríguez Zapatero, el presidente de España, de visita en Barcelona ordenándole al alcalde de la ciudad algo así como: “Jordi, quiero que me expropies el edificio de El Corte Inglés porque siento que afea el entorno de la plaza Cataluña”. O, con todo y su leyenda autoritaria, a Álvaro Uribe, el presidente de Colombia, ordenándole al alcalde de Bogotá que le entregue al Gobierno central la red de bibliotecas construidas por Mockus y Peñaloza para albergar en ellos unos centros cívicos de resistencia a la violencia guerrillera? Por supuesto que no es imaginable.

Y, menos aún, que a la mañana siguiente, Jordi Hereu o Samuel Moreno, se dediquen a pegar saltitos sudorosos para salir a cumplir como perrito-obediente aquello que el presidente-amo ha ordenado el día anterior.

En nuestro país en cambio no es necesario imaginarlo.

En la Venezuela roja bolivariana del presente el método es un asunto de cotidianidad.

El Presidente en su show dominical se presenta en la plaza Bolívar de Caracas. Trae, como siempre, en la manga una decisión escandalosa de esas que hacen salivar a sus seguidores. “A ver alcalde ­dice con su voz engolada­, qué cosa queda allá en aquel edifico”. Y el alcalde del municipio Libertador, apocado, con la aflautada voz de un Robin temeroso ante un Batman enojado, replica, como quien nunca le ha levantado la voz a nadie: “Creo que unos negocios de joyas, Presidente”.

“Entonces alcalde ­responde el jefe militar­ me lo expropia, inmediatamente, que ese edificio tiene un gran valor histórico ¡me lo expropia!”. Y el alcalde, pasitico, más Robin que nunca, responde: “Sí, mi Presidente, de inmediato”. “¡Me lo expropian!” ha dicho, como el caporal de hacienda frente al toro: “¡Me lo capan!”.

La escena es dura. Decimonónica. De comisario rural.

Profundamente lesiva tanto para la dignidad de los funcionarios como para la continuidad de la democracia.

Porque el “robinato” del alcalde de Libertador no es una excepción. Es casi la regla. Un modelo que a fuerza de carajear a sus segundos de abordo Hugo Chávez ha logrado implantar. Lo llamaremos pedagógicamente “El modelo perrito”. El Presidente amo dice: “¡Sit!”, y el alcalde (pero también puede ser el gobernador) se sienta. “¡Échese!”, y se echa.

“¡Arriba!”, y el burgomaestre se levanta. “¡Una galletica!”, y el animalito mueve la colita y se imagina una de esas chinas con un papelito adentro que puede ser “el vale por” una futura embajada o la reelección en el cargo. Entonces, regresa a su escritorio, feliz porque el amo hoy no le ha pateado frente a todos.

Todo esto está bien para una mascota, pero no para un funcionario público que debería representar y defender la voluntad, las expectativas y las opiniones de la comunidad de electores que le seleccionó para ejercer el cargo y no los caprichos del jefe central. Estamos ante un asunto constitucional. Las democracias avanzadas, y Venezuela, al menos en el papel, ha intentado serlo, han optado por los procesos de elección directa de alcaldes y gobernadores, entre otras razones, para impedir que los gobiernos centrales interfieran autoritariamente en las decisiones autónomas de las ciudades y las regiones.

A Hugo Chávez, lo sabemos, le repugna la palabra autonomía. Es algo que no está dentro de su genética cuartelaria.

Le hubiese encantado gobernar cuando, bajo los gobiernos de AD y Copei, aún no se había aprobado la Ley de Descentralización y Transferencia de Competencias (1989) y los gobernadores y alcaldes eran decididos a dedo, desde Caracas. Por suerte, todo cambió y desde 1989 es el pueblo libre el que elige a sus gobiernos locales. Pero a Hugo Chávez ese avance le sabe mal. Le resta poder. Lo hace un presidente no un mandón. Por eso el método perrito. Por eso los domingos de focas. ¿Habrá alguna vez, como en la de Orwell, una rebelión en la granja?

Fuente: www.el-nacional.com

 
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