El Rey Leo DiCaprio

PATRICIA GONSÁLVEZ

Lo haga como lo haga en su nueva película, alrededor del mundo la crítica escribirá que Leonardo DiCaprio ha madurado. “Llevan diez años haciéndolo, ya ni me ofende ni me halaga; parecer más joven es una ventaja para mi trabajo… ¿que tengo que escuchar una y otra vez: ‘¡Finalmente hace de hombre!’? Pues vale, tío, genial, lo que tú digas… Como todo en la vida, hay que ver el lado positivo”. El actor zanja la cuestión con media sonrisa.

Lo único infantil en Leonardo DiCaprio es que tiene un caramelo en la boca. Es un hombre grande, con más envergadura de la que parece tener en pantalla, la cara algo abotargada. Hace años que abandonó el flequillo adolescente. Lleva barba (aunque lampiña, es cierto). Vaqueros, zapatillas blancas y un polo azul sin marca. Todo muy limpio, sin rastro del desaliño planificado de las estrellas del rock. “No me podría importar menos la moda”, dijo una vez, vestido de Prada, sobre la alfombra roja de los Oscar, “es divertida y todo eso, pero no va conmigo”. Sentado en un sofá, las piernas abiertas, los codos sobre las rodillas, aparenta los 35 años que tiene.

Ante el estreno de Shutter Island DiCaprio atiende a la prensa europea en un hotel londinense. Es su película número 23 y la cuarta que hace con Martin Scorsese (“un thriller hitchcockiano dirigido por Scorsese, ¿cómo podía negarme?”). Junto con los canapés se sirven copias de bolsillo del best seller en el que se basa, escrito por Dennis Lehane, autor de Mystic River. La primera pregunta la hace el actor: “¿Lo has leído?”.

Shutter Island trata sobre un agente federal que investiga la fuga de una reclusa del psiquiátrico penitenciario sito en la isla del título. “Empieza como un misterio”, explica DiCaprio, “pero termina tratando sobre un hombre enfrentado a sus fantasmas, obligado a cuestionar su cordura”.

-¿Quién le parece el mejor loco de la historia del cine?

-Sólo hay una respuesta posible: De Niro en Taxi Driver. Es una película perfecta, en la primera mitad consigue que el tipo te caiga bien, inviertes en el personaje, y de pronto empieza a hacer cosas que hacen que te sientas traicionado. Como espectador te obliga a pensar: “Espera un momento, este típo está loco y hasta hace nada yo estaba con él, le apoyaba, me daba pena”.

-¿Con quién ha aprendido más de cine?

-La primera película que hice fue lo que más me enseñó sobre la profesión.

-¿Critters III?

-Vale, ésa fue mi primera película después de hacer mucha tele…, pero me refiero a Vida de este chico. Rodar con 16 años frente a De Niro es una gran lección. Ver a aquella gente tomándoselo tan en serio me hizo tomar conciencia. “Ahora necesitas educarte”, pensé, “tienes que ver todas las obras maestras”.

-¿Y qué vio?

-A Montgomery Clift, James Dean, Brando, Hoffman… ese trabajo tan brutal… ¡Y yo ni sabía que existía! Pensé: “Alguna vez quiero hacer algo que se aproxime a esto”. Una vez te entra esa hambre, ya nunca cesa, tienes que seguir intentándolo.

“Leo es un actor sano”, corrobora el preparador de actores Larry Moss, “es una persona feliz, no sufre innecesariamente, pero tampoco le asusta bucear en su propia oscuridad”. Moss ha trabajado con DiCaprio en Shutter Island (“un guión que todavía me atormenta”), Infiltrados, El aviador, Atrápame si puedes, Diamantes de sangre y Revolutionary Road, es decir, en todos sus papelones recientes. (También es el coach al que Helen Hunt y Hillary Swank agradecieron sus sendos Oscar). “Lo alucinante de Leonardo es que, a pesar de su aspecto y su estatus de estrella, es un actor de personajes: no interpreta ofreciendo una versión de su propia personalidad, sino que crea desde cero; no se conforma con investigar el pasado de su personaje, va más allá e inventa su forma de andar, cómo habla, su respiración… le fascina el proceso de crear a otro ser humano”. Por teléfono desde su estudio neoyorquino, Moss se deshace en halagos: “Leo es emocionalmente abierto, físicamente libre, muy valiente, y encima, trabajar con él divertidísimo, tiene un sentido del humor muy negro”. No le cabe duda, “DiCaprio es uno de los actores más importantes de su generación”. Scorsese no se cansa de decirlo, también Steven Spielberg.

"Shutter Island", la cuarta película del tándem DiCaprio-Scorsese es un "thriller" psicológico ambientado en un manicomio de los años cincuenta..

Y sin embargo, DiCaprio no tiene un Oscar (“me sale fenomenal la cara de perdedor”, le gusta decir). Ha sido candidato por ¿Quién ama a Gilbert Grape? como actor de reparto, y como protagonista por Diamantes de sangre y El aviador. “Le darán un Oscar pronto, pero eso no importa”, asegura Moss, “los actores de verdad sienten que escalan una montaña cuya cima nunca alcanzarán, Leo es una estrella, el público espera mucho de él, pero él mismo se exige mucho más”.

Camino de esa cima inalcanzable, DiCaprio ha creado un ramillete de personajes complejos y maduros. Papeles antipáticos como Howard Hughes -para interpretar al maniático productor convivió con gente que sufría fobia a los gérmenes-. Comprometidos y en conflicto, como el surafricano de Diamantes de sangre, para quien creó un acento perfecto. Sutiles y profundos, como el pequeño burgués al que se le escapa el amor entre los dedos en Revolutionary Road. Incluso en sus papeles más luminosos, como el pillo falsificador de Atrápame si puedes, DiCaprio aporta hondura -para interpretarlo, y aunque Spielberg le recomendó no hacerlo, el actor contactó con el ex convicto en el que se inspira su personaje y le persiguió durante días con una grabadora-: “La interpretación es un poco como el periodismo de investigación; con Shutter Island vi muchos documentales sobre los manicomios de los cincuenta y sobre cómo trataban entonces a los pacientes: las lobotomías, los electroshocks, la medicación de caballo…”. “Leo no bromea con su trabajo”, confirma Moss, “es intuitivo, pero también exhaustivo”. Incluso en sus primeros filmes, DiCaprio buceó sin miedo en el retraso mental de Gilbert Grape o en la angustia adolescente (Diario de un rebelde).

Entre aquel chico talentoso y este hombre, que a pesar de sus méritos parece seguir luchando por su credibilidad, hay un punto de inflexión con forma de iceberg. De esos que ocultan siete octavos de su impacto bajo la superficie: Titanic.

Es irónico, Shutter Island comienza con DiCaprio a bordo de un barco. Vomitando. El libro narra la primera travesía del personaje y el origen de su mareo: “Teddy fue incapaz de decirle a su padre que no era el movimiento lo que le revolvía el estómago. Era toda aquella agua. Extendiéndose a su alrededor hasta que parecía lo único que quedaba del mundo. Y cómo Teddy pensaba que se podría tragar el cielo. Hasta aquel momento, nunca supo lo solos que estaban”.

DiCaprio admite que no estaba preparado para tanto éxito. Nunca habla mal de Titanic (resultaría pomposo para alguien tan consciente de su imagen), pero aquel año, 1997, pasó de asistir a los Oscar. “Es un niño malcriado”, dijo entonces el director James Cameron, a quien su joven protagonista dejó la noche antes un mensaje en el contestador: “Simplemente, no es mi rollo.”.

Tom Hanks bautizó lo que vino después como “el síndrome de estrés postitanic de Leo”. La fama, las modelos (esa parte de la moda que sí le interesa), los desfases… Su pandilla -el actor Tobey Maguire, el mago David Blaine o el director underground Harmony Korine- fue tildada como el “rat pack de Mickey Mouse”. Jóvenes, ricos y sobradamente sobrados. DiCaprio parodió esa imagen de sí mismo en Celebrity, de Woody Allen, donde hace de estrella descontrolada y abusona con las sustancias y con la gente.

Pero Titanic, sobre todo, le alejó de la idea del actor que quería ser. Daniel Day Lewis nunca habría aceptado un papel así. Con 23 años, DiCaprio, el actor indie, se convirtió en Leo, el guapo de carpeta. Pasó de cobrar dos millones de dólares a cobrar 20. Las niñas occidentales batían récords de visionado de la escena en la que Jack se suelta de la tabla.

‘Shutter Island’, la nueva película de DiCaprio-Scorsese, se estrenó en todo el mundo el 19 de febrero.

 
Top