Al Pie del Ávila

Manuel Felipe Sierra

Fábula Cotidiana
Manuel Felipe Sierra

Días de calor intenso que alteran el clima benévolo de la ciudad. Haití tardará mucho todavía para reponerse de la devastación sísmica de enero. Chile de nuevo sufre un brutal estremecimiento de la tierra. Muertes, miseria, destrucción, penurias son las noticias que llenan la agenda periodística en los albores del 2010. El caraqueño preocupado, receloso, mira el Ávila, es su escudo protector, su eterno guardián pero también es “un enorme talismán vegetal”, como dice Armando Durán en un texto literario. El Ávila guarda secretos, es un misterioso refugio de sorpresas, de leyendas, de mitos decantados por los siglos. En la sospechosa y deliberada excavación histórica que lleva a cabo el chavismo se le ha repuesto el nombre de “Waraira Repano” (“Sierra Grande” o “La Mar Hecha Tierra”). Otras voces le llamaban “Wariarepano” (“Lugar de las Dantas”). En 1575 la Corona Española cedió parte de la Silla de Caracas a Gabriel de Ávila, quien desde su minarete de la montaña seguía los pasos de la comarca que se edificaba a sus pies.

El Avila, visto desde desde el aeropuerto La Carlota.

Varias crónicas por estos días recuerdan que hace 210 años, en enero de 1800 los exploradores y botánicos Alejandro de Humboldt y Aimé Bonpland fueron los primeros científicos europeos en subir la montaña. Lo hicieron acompañados de un joven caraqueño de 19 años llamado Andrés Bello, en una caminata que duró tres días.  Salieron el 1º, con la ventura del año nuevo y regresaron tres días después. El sabio Humboldt en su diario de viajes cuenta: “Desde el pie de la cascada de Chacaíto hasta mil toesas de elevación no encontramos más que sabanas. De vez en cuando nos arropaba la bruma y teníamos dificultad de hallar la dirección de nuestros pasos. A tal altura ya no hay caminos abiertos y se vale uno de las manos cuando se deslizan los pies en una cuesta tan empinada y resbaladiza. A las cuatro horas de camino entramos en un boscaje formado de arbustos y de árboles poco crecidos. Este boscaje se llama “El Pejual”. La cuesta de la montaña se hace más suave, experimentando nosotros un placer indecible al examinar los vegetales de esta región. Quizá en ninguna otra parte se encuentran reunidas en un reducido espacio de terreno, producciones tan bellas y notables con respecto a la geografía de las plantas”

Humboldt tiende la mirada sobre el valle: “el pico redondeado o cúpula occidental de la Silla nos quitó la vista de la ciudad de Caracas, pero distinguimos las casas más próximas, las villas de Chacao y Petare, las plantaciones de cafeto y la corriente del río Guaire, hilo de agua que reflejaba una luz argentada”.

La Silla de Caracas y el Pico Oriental.

Por estos días y no por obra de la casualidad la Editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar rescató un hermoso ensayo novelado de Denzil Romero sobre Humboldt. “Recurrencia Equinoccial” es el título de la obra ya publicada por la Universidad Católica de Eichstatt en su Centro de Estudios Latinoamericanos. La producción novelística de Romero (quien murió hace diez años) se creyó agotada con su extraordinaria saga sobre Francisco de Miranda, una obra fundamental sobre los largos pasos de un personaje que no cesa de estimular la fantasía de biógrafos y novelistas. Romero escribió “La Tragedia del Generalísimo”, “Premio Casa de Las Américas” (1983), “Gran Tour” (1987) “Y Para Seguir El Vagavagar” (1998).

Pedro León Zapata a la muerte de Romero con su trazo humorístico describió el esfuerzo creador del novelista: “Denzil se dejó de carujadas y se fue a vagavagar al cielo con Miranda”. En la obra, Romero recrea las andazas de Humboldt y Bonpland  en las alturas del Ávila: “el monte de Naiguatá y la Silla de Caracas son las cumbres más elevadas de esta serranía costera. La segunda se ve tan engrosada desde el mar que Humboldt no vaciló en compararla con una altura de Los Pirineos o de Los Alpes despojada de sus nieves. Cerca de Caraballeda se ensancha el terreno cultivado: se ven allí colinas de cuestas suaves y grandes sembradíos de caña de azúcar”.

Abajo Caracas. En primer plano el Hotel Humboldt.

La majestuosidad del Ávila no deja de cautivar a los poetas, los pintores y también a los gobernantes. El dictador Marcos Pérez Jiménez  se propuso la construcción de un hotel en la cumbre de la montaña como una suerte de faro para la navegación de Caracas, la ciudad que comenzaba una vertiginosa mudanza hacia la urbe cosmopolita. Encargó el proyecto al arquitecto Tomás Sanabria. Éste diseñó originalmente una instalación para un casino. Pérez Jiménez le advirtió “en mi gobierno no habrá casinos”. Estaba prevista la construcción de setenta habitaciones pero el gobernante quería 350. Al final se impuso el criterio del arquitecto. En las últimas décadas es el Ávila (el Waraira Repano no cabe en el tono coloquial) un inmenso gimnasio para los caraqueños.  En las mañanas y en las tardes miles de hombres y mujeres de todas las edades suben y bajan por las veredas de la imponente pared verde. Para estos días de malas noticias, el cerro es también un enorme oráculo para la esperanza y la serenidad de ánimo de sus vecinos.

 
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