El desconocido que le aguó la fiesta a Obama

Senador número 41. Estrella en ascenso de una oposición republicana necesitada de nuevos líderes, con un discurso duro, ultraconservador y cargado de críticas al presidente de Estados Unidos, Scott Brown asumió la bancapor Massachusetts que durante medio siglo ocupó el fallecido Ted Kennedy. Con ello puso fin a la mayoríademócrata en el Senado de EE UU

LA NACIÓN ARGENTINA
SILVIA PISANI


Hasta hace un mes a Scott Brown no lo conocía casi nadie.

Pero ahora es uno de los políticos más seguidos de su país. A tal punto que, en una conferencia de prensa en Boston, le hicieron ­y muy en serio­ la siguiente pregunta: “¿Considera la posibilidad de aspirar a la Presidencia de Estados Unidos?” A la espera de respuesta, las cámaras se enfocaron entonces en el rostro de este político republicano de 50 años de edad que acaba de catapultarse como “la figura” del partido de oposición. Una fuerza que necesitaba sangre nueva como agua en el desierto.

Es que, desde la salida de George W. Bush de la Casa Blanca y la derrota electoral de John McCain a manos de Barack Obama, el frente republicano está huérfano de liderazgo. Salvo que se quieran tomar como ensayos de conducción y guía espiritual los exabruptos del ex vicepresidente Dick Cheney en favor de la tortura y de la “conveniencia” de mantener un penal como el de Guantánamo. O el arte del bestseller que ha demostrado dominar la ex candidata (con ganas de regresar) Sarah Palin, cuya revanchista autobiografía Going Rogue (Volviéndome rebelde), en la que habla pestes de McCain y de sus colaboradores, sigue en la estantería de los libros más vendidos en Estados Unidos.

En ese árido paisaje, Scott Brown viene a ocupar un lugar. Con notable confianza en sí mismo y mucho olfato, este abogado graduado en Boston tiene hoy, súbitamente, muchos más blasones para exhibir que cualquiera de sus camaradas de partido.

Para empezar, es el republicano que más duramente ha golpeado al presidente Obama. En una campaña hecha a pulmón ­básicamente a bordo de una pick-up, con la que recorrió miles de kilómetros­ ganó las elecciones para senador en el estado de Massachusetts, el corazón del pensamiento progresista norteamericano.

Y, en su salto de senador estadal a senador nacional, se ha quedado ­nada menos­ con la banca que, durante medio siglo, ocupó el último de los Kennedy: Edward ­el “león del Senado”, fallecido en agosto­.

“¿Pretende usted, un republicano conservador, ocupar la banca de Ted Kennedy?”, le preguntaron en la campaña.

“Con todo respeto, la banca no es de Kennedy. Es de los ciudadanos de Massachussets”, contestó. Y con esa frase ­de ésas que en política hacen historia­ empezó a seducir a un electorado que terminó prefiriéndolo con comodidad: con 52% de los votos, contra 47% de la derrotada candidata demócrata, Martha Coakley; una mujer que ­tan convencida estaba de que ella iba a ganar­ casi ni se molestó en hacer campaña. Y se fue de vacaciones.

Brown, en tanto, seguía dando vueltas con su pick-up.

Juntando voto a voto, hablando con los desencantados que claudicaban de la obamanía.

Ganó el 19 de enero, justo a tiempo para arruinarle a Obama el primer aniversario de su histórica llegada a la Casa Blanca. Y escribir una historia personal que, si bien tiene el final abierto, cuenta ya con alguna pimienta.

Y para muestra, la campana de alerta que ha sonado en el Partido Demócrata, que no puede creer lo que pasa. Pero eso es otra historia. Ahora es el “senador número 41”, el que le quitó a Obama la supermayoría de 60 votos en la Cámara Alta. El ignoto republicano que desacomodó a los demócratas.

Infancia difícil. El hombre que el jueves 4 de febrero se sentó en la banca del “león del Senado” tiene una historia curiosa. Viene de una infancia difícil. De padres separados y envueltos, luego, en una espiral de relaciones poco duraderas. “No era el hogar perfecto…

Yo crecí rápido”, dice Brown, al recordar que más de una vez, y siendo poco más que un niño, tuvo que defender a su madre de la violencia de algún novio agresivo.

Tiene una narrativa particular al contar su vida. Lo hace sin pudores. Y, al hacerlo, recorre todos los puntos que podrían considerarse atípicos en un conservador y más cercanos a los de un rebelde antisistema. Por ejemplo: cuando era joven, posó desnudo para la revista Cosmopolitan. Y quienes intentaron usar el dato para castigarlo en la campaña, perdieron: de allí salieron las mejores bromas. “Este sí que tiene paquete de estímulo”, fue un lema surgido de su propia usina de campaña.

“Necesitaba dinero para pagarme la facultad”, indicó él, con el mismo tono con el que lo hubiera hecho cualquier actor de Hollywood de los que adoran los estadounidenses y que, al igual que muchos, carga con algún filme dudoso en su pasado. No le fue mal: con el dinero que juntó por las suyas, Brown se graduó de abogado y, encima, ganó el concurso El Hombre más Sexy de Estados Unidos en la votación de la revista.

Antes de dejar de ser un político anónimo, estaba rodeado de celebridades. Y vivió mucho tiempo siendo “el marido de” o “el padre de”. Por ejemplo: siendo el marido de Gail Huff, uno de los rostros más conocidos de la televisión local de Boston, afiliada a la cadena ABC. O el padre de Ayla, su hija mayor, semifinalista de la quinta temporada de American Idol, en la que expresó su deseo de parecerse algún día a Celine Dion, Christina Aguilera y Whitney Houston.

Todas juntas.

Hoy, a simple vista, Brown podría confundirse con alguno de esos personajes de plástico que vivían en el pueblo de ficción en el que residía el protagonista de The Truman Show. Esto es, todos vecinos con buena presencia, buen discurso y buena sonrisa. Pero eso es la fachada. Porque lo que verdaderamente da musculatura a la biografía de Brown es la sombra, lo que está detrás del relato. Un rasgo que lo convierte en una de esas personas capaces de identificar en qué momento exacto su vida tomó el rumbo hacia un destino u otro. Una de esas personas que sabe exactamente dónde estuvo la encrucijada de su historia, cómo la afrontó y quién lo ayudó a hacerlo.

Una mano amiga. Él sitúa ese instante en una mañana, a los 12 años de edad. Lo habían llevado ante el juez, detenido por haber sido sorprendido robando discos en un negocio. “Y sí…

Era yo un ladronzuelo”, reveló.

Y cuenta que quien lo salvó de seguir por ese camino fue un juez. En este caso, el que le tocó en suerte cuando debió comparecer ante el tribunal, como un menor acusado de robo.

“Temblaba de miedo”, recordó en cada ocasión de las tantas en que contó lo ocurrido. Brown dice que lo primero que hizo el juez fue pedirle que contara su historia. Era, posiblemente, la primera vez que alguien le concedía unos minutos para escucharlo.

“Estoy a cargo de mis hermanos”, recuerda que fue lo primero que dijo. El juez lo escuchó y luego le pidió que, para el día siguiente, le trajera escrito un ensayo de varias páginas sobre cómo se sentirían sus hermanos si él terminaba en la cárcel. Trabajó toda la noche. Se lo llevó al día siguiente. Y su vida cambió. Hoy habla de ese juez con el mayor de los agradecimientos.

El demócrata Ted Kennedy, murió el 26de agosto de 2009, a los 77 años. Fueconsiderado como uno de los más in-fluyentes legisladores en la historia deEstados Unidos. Representó al estadode Massachusetts -en el senado- desdeel año 1962, cuando fue electo paraasumir la banca de su hermano, el ex-presidente John F. Kennedy.

Un juez que no sólo lo rescató sino que, en su carrera política, le dio la oportunidad de convertirse en el arquetipo del sueño americano: el débil que vence a la adversidad para convertirse en un ganador. Un personaje que podría haber sido amigo de Huckleberry Finn, haber subido a su balsa y navegar con ella hasta esa novela que, en algún momento entrañable, descansó sobre la mesa de luz en miles de hogares de clase media.

Ese es el lazo. El punto de conexión con el votante. El resto de la biografía se completa con un detalle que aquí suma puntos: su paso por la vida castrense. Scott Brown estuvo varios años en la Guardia Nacional de su Massachusetts natal. De allí viene esa pátina de disciplina, rigor y orden que trasunta su lenguaje corporal. Casi como si, en lugar de vestir solapas, llevara las charreteras del cuerpo de reserva que integró.

Heredero conservador.

En lo político, Brown es del ala más conservadora de su partido.

Ratifica la tortura de prisioneros en interrogatorios; se opone al matrimonio homosexual ­”No es normal que una lesbiana tenga un hijo con su pareja”, dijo, en un escalofriante tropiezo del que aún no termina de recuperarse­; defiende la tenencia de armas; se opone a la reforma de salud de Obama, pero respalda su escalada militar en Afganistán.

Ese es el heredero de Ted Kennedy. Quienes lo desprecian hablan de él como “un camionero que posó desnudo en fotos”. Quienes lo respetan, se refieren a su enérgica capacidad de conexión con el votante. “Su campaña ha sido extraordinaria”, concedió David Axelrod, uno de los principales asesores de Obama.

El senador 41 es hoy un enigma. Uno que él mismo alienta. Y, cuando le preguntaron aquello de “si piensa ser candidato a presidente”, lo único que hizo fue no cerrar ninguna puerta. Es una estrella misteriosa: si bien nadie sabe cuán lejos llegará su brillo, hoy, por las dudas, nadie deja de mirarla.

Doble Derrota

Scott,momentos en que es juramentado como senador.

Con la llegada de Scott Brown al Capitolio de EE.UU. se puso fin oficial-mente a la “supermayoría” demócrataen el Senado de Estado Unidos. La victo-ria fue doblemente amarga para los de-mócratas porque, por un lado, por pri-mera vez en 37 años un republicanoocupará un escaño por Massachusetts(sólido bastión demócrata) y, por otro,porque afrontan un futuro complicadoante la posibilidad que tienen ahora losrepublicanos de bloquear la agenda delpresidente Barack Obama.El senado, los demócratas necesitaban60 votos, de un total de 100, para evitar cualquier táctica obstruccionista dela oposición

 
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