Policías del espíritu

Tulio Hernández

Contrapunteo
Tulio Hernández

El mundo occidental cultivó por mucho tiempo, y en algunos medios lo sigue haciendo, la equivocada idea de que las personas que se dedican a los oficios artísticos y del pensamiento tienden a ser, por sensibles, además de buenas gentes, ciudadanos siempre ligados a las causas más nobles, las políticas más justas y los fines más altruistas.

Paul Eluard

Menos mal que el siglo XX se encargó de poner las cosas en su lugar y ayudarnos a entender que los artistas y los intelectuales están sujetos a las mismas grandiosas o miserables pasiones que los demás seres humanos. Y que sólo una fe cuasi religiosa en el poder del arte hizo creer por mucho tiempo lo contrario.

Uno de las primeras constataciones del error se encontró en el enamoramiento de Martin Heidegger, el gran filósofo alemán, por el fascismo y en especial por ese oscuro y neurótico sargento conocido como Adolfo Hitler. Heidegger, sin duda, era una de las mentes más lúcidas de su tiempo, no sólo suscribió todas y cada una de las monstruosidades que el nazismo trajo consigo, sino que, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, teniendo la oportunidad de retractarse no lo hizo y ratificó públicamente sus convicciones nazis.

No hay duda de que grandes intelectuales -ya por fanáticos de alguna idea, ya porque son fácilmente seducibles por el poder y el dinero- pueden terminar sirviendo a los peores tiranos. Por ejemplo, Stalin hizo con Máximo Gorki, el autor de La madre, lo que le dio la gana y lo que él mismo consintió que le hicieran. Se lo llevó a Moscú, le regaló un palacio modernista cerca del Kremlin, le asignó jugosos estipendios y lo conminó a escribir el catecismo del “realismo socialista” que establecía como la misión de los escritores de la URSS “dedicarse a crear obras de alto valor artístico imbuidas en el espíritu del socialismo”.

Al final quedó convertido en vulgar policía de los mismos artistas a los que decía representar, proteger y celebrar en su palacete.

Michel Foucault

La lista de artistas malas personas en asuntos de política es grande y recientemente el periodista español Ignacio Vidal Folch, en un ensayo titulado “Genios del mal” (El País, Babelia , 06-02-10) se encargó de recordarnos algunos. A Schopenhauer, por ejemplo, que ofrecía allá por 1848 las ventanas de su casa a los soldados austríacos para que disparasen cómodamente contra “la canalla”. A Neruda, quien, además de hacerle poemas a Stalin, escamotea en sus memorias la vinculación de su amigo Siqueiros con el asesinato de Trotski. A Paul Eluard que, para no perder el cobijo que se le daba en “todos los países socialista y todos los partidos comunistas del mundo” adonde era invitado a recitar sus poemas, se negó a apoyar a André Breton en su cruzada pública por impedir que se ejecutara la condena a muerte del poeta Závis Kalandar acusado por el Gobierno comunista de “traición al pueblo”.

Vienen al caso estas reflexiones porque la reciente apertura del Archivo Municipal de Pekín -16 tomos que, aunque censurados, muestran los horrores que se vivieron en China durante los años de la Revolución Cultural- ha suscitado en Europa una ola de reflexiones sobre la irresponsabilidad, y en buena medida ingenuidad, con la que lo más granado de la intelectualidad europea de los años 1960 y 1970, incluyendo a Michel Foucault, apoyó lo que a todas luces, lo sabemos hoy con certeza, fue uno de los más sectarios, criminales y crueles procesos de “depuración” ideológica que haya conocido la humanidad bajo la conducción de un líder, Mao Tse-tung, a quien, mientras más se le estudia y se le conoce, más abominable y repugnante resulta.

En las mismas páginas de Babelia, el escritor Antonio Muñoz Molina (“Larga vida al presidente Mao”) lo resume muy bien: “Mientras lo más pijo del mundo universitario de Occidente se afiliaba a la moda pro China, en el mundo real millones de vidas eran arruinadas, se demolían tesoros del pasado y se quemaban bibliotecas y se torturaba y asesinaba a quienes no eran del agrado de los guardias rojos”.

Máximo Gorki

Venezuela ha tenido lo suyo.

Vallenilla Lanz fue escribidor de Juan Vicente Gómez. Camilo José Cela de Pérez Jiménez.

Y en el presente muchos poetas, científicos sociales, pintores y cineastas con una obra respetable son capaces de firmar documentos en apoyo a la acción represiva de la Guardia Nacional. Es una tradición occidental.

 
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