ANDANDO A PIE

Alfredo Fermín

La Cátedra de ABC
Alfredo Fermín

Se nos pregunta -muchas veces- cómo, no teniendo automóvil y sin saber manejar, nos movilizamos de un lugar a otro a cumplir con la pauta de trabajo y con los compromisos personales. Para nosotros es algo normal porque, al no haberlo tenido nunca no sentimos la necesidad que sufren los que no saben lo que es andar a pie.

Cuando hay con qué, tomamos taxis y cuando las finanzas están bajas o la quincena está lejos, nos movilizamos en camioneticas. Lo que sí evitamos es pedir colas porque no nos gusta. Cuando nos las ofrecen decimos que nos vienen a buscar, pero en verdad para nosotros andar a pie es lo más normal. En cambio hay gente que considera una vergüenza, una raya, no tener carro. Lo que pasa con el automóvil es igual a los sufrimientos por la falta del celular que ha creado tal dependencia que, cuando se nos quedan las llaves o la cartera en la casa o en el trabajo, no nos devolvemos a buscarlas. Pero, si es el indispensable aparatico, vamos por él por muy lejos que nos encontremos.

La dependencia que aisla

El celular, y ahora los BlackBerry, con su instantaneidad y la facilidad que proporcionan en la vida moderna, son algo así como una droga que crea una dependencia enemiga de la buena educación que, contradictoriamente, aísla. Porque, en muchas oportunidades, andamos con personas a las que no les importa que estén acompañadas para andar como autómatas enviando mensajes, ahora más con la red del Twitter, sin atender la conversación del otro o lo que acontece en su entorno. Es algo asombroso, especialmente en los jóvenes, que se están olvidando de que existen la música, la conversación oral, la lectura impresa, la gentileza para sumirse en ese mundo silencioso, de embeleso, de embobamiento, de neurosis que provocan esos aparaticos sin los que pareciera que no pueden vivir.

La dependencia del automóvil no es tan grave, pero los que manejan, cuando le roban el carro o se les paraliza, no saben ni cómo pedir un taxi. Y si tienen que recurrir al transporte público, ignoran donde quedan las paradas. Pero la tragedia es que, por la inseguridad reinante, es altamente peligroso utilizar el transporte público, no sólo por el mal estado en que se encuentra buena parte de las unidades, sino porque se corre el riesgo de ser secuestrado o atracado.

Viaje fantástico

Por esta situación, hacía tiempo que no nos embarcábamos en una camionetica. Pero la necesidad -como dicen- tiene cara de perro. Estando en el centro, nos dimos cuenta de que andábamos “limpios” y, como era Miércoles de Ceniza, los cajeros automáticos amanecieron vacíos. Tuvimos la intención de pedirle prestado a nuestros amigos el padre Pedro, en la Catedral o a Luis Ovalles, en la Casa Páez. Pero nos dio pena y no tuvimos más opción que meternos en una camioneta de las que pasan rumbo a Naguanagua, en la avenida Boyacá cruce con calle Colombia.

El chofer se deleitaba con la música de un cantante que llaman Tito el Bambino y su ayudante hacía maromas, pidiéndole que pusiera vallenatos. Cuando llegamos a la esquina de la avenida Cedeño, habían cerrado la vía por lo cual el conductor cruzó hacia la derecha y tomó la vía que pasa por un lado de la clínica Guerra Méndez. Siguió bajando e intentó cruzar en el puente Morillo, pero se encontró con que es flecha; continuó hacia el otro puente, en la calle Páez, que estaba trancado por un camión accidentado. Así que no le quedó otro remedio que dar la vuelta cerca de la avenida Lara y enrumbarse por el Paseo Cabriales buscando, por callejones desolados, la forma de llegar a la avenida Bolívar. La destartalada camioneta -que más bien parecía una carreta- nos hacía sentir como si estábamos dentro de una licuadora de alta velocidad, acelerada más por las troneras de huecos que tienen todas las vías.

Variaciones sobre un mismo tema

Aquello habría sido soportable, si no hubiese sido por la feria de personajes que se embarcaron para pedir dinero. El primero que lo hizo fue un gordito, con franela tan corta que tenía fuera el ombligo y la panza. “No se asusten -dijo- no vengo a robar, ni a pedir, ni tampoco a regalar. Vengo a ofrecerles, por cuatro bolos, estas cinco galletas bañadas de chocolate que, en el abasto, valen 20”. Algunos compraron, otros devolvieron la mercancía, por lo cual el vendedor los llamó “arruinaos y muertos de hambre”.

En la siguiente parada se montó un hombre joven con una pierna enyesada, pidiendo para llevarle comida a cinco chamos que tiene. Pocos le dieron, por lo cual los demás supieron hasta del mal que se van a morir.

El que tuvo más suerte fue un señor que llegó con un álbum, con el que mostró fotos de su sobrino, un niño de cinco años, que está siendo sometido a operaciones en el hospital San Juan de Dios, de Caracas, para que pueda mover sus bracitos. La gente dio lo que pudo y el tío se despidió con decencia. Inmediatamente subió un tipo con cara de malandro diciendo: “yo no me caigo a cobas. Yo vengo a que me ayuden porque yo si le meto de frente y por eso me botaron de Hogares Crea”. Algunos le dieron y el joven hombre, que olía podrido, se marchó diciendo: ¡chao lambucios!

En la parada frente a la Torre Stratos, se embarcaron dos muchachos con uniformes de liceístas y se fueron al fondo. A nuestro lado iba una señora que nos dijo al oído: “vamos a bajarnos, que estos chamos me atracaron en la Lara”. Como íbamos en los primeros puestos, salimos de la camioneta que, al poco rato, vimos cruzar en la Redoma de Guaparo hacia la autopista, en vez de seguir a Naguanagua. Quién sabe que le pasaría a los demás pasajeros de este viaje fantástico en el área urbana de Valencia, que duró más de una hora. El presidente Chávez dice que ser rico es malo pero hemos comprobado que ser pobre es peor.

 
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