La muerte es la misma.

Tiempo Confidencial
Luis Cisneros Croquer

A diario en Venezuela asesinan a jóvenes entre 15 y 25 años. En Irán (antigua Persia), un Tribunal de Apelaciones ratificó la sentencia de muerte para el estudiante de 20 años Moahammad Amin Valian, que participó en diciembre  en una marcha contra el gobierno de Mahmoud Ahmadinejad, en la que murieron ocho personas. En el juicio Valian declaró haber lanzado piedras contra los agentes que golpeaban salvajemente a los manifestantes.

Cualquier parecido con lo sucedido en las marchas estudiantiles de nuestro país, podría catalogarse de “mera coincidencia”. Comenzando la vida, sin probarla siquiera, pero defendiendo el derecho a disentir, la perderá este joven en manos de una infernal dictadura a la cual se aplaude en la Asamblea Nacional. Aplausos con los cuales habrá que terminar cuando se imponga en nuestro país la voluntad popular y permanezca en ese cuerpo deliberante una mayoría democrática.

Decía en sus versos de “Los Hijos Infinitos”, el poeta del pueblo, Andrés Eloy Blanco que, “cuando se tiene un hijo, se tienen todos los hijos del mundo”; entonces uno que es padre -como padres también lo son quienes se alinean con el régimen de terror que impera a la orilla del Éufrates- siente un tremendo dolor en el corazón imaginando el instante en que el verdugo de allá -aplaudido por los verdugos de aquí-, suelte la trampa y caiga el cuerpo del muchacho para romper su cuello y enviarlo a los predios de Alá.

Acaba de morir un obrero cubano, después de ser sometido a torturas, condenado a 30 años de prisión y finalmente desasistido en su digna huelga de hambre. Ni cuando su madre organizó el sepelio de su cuerpo se separaron del cortejo los esbirros del régimen, que previamente habían detenido a quienes pensaban asistir.

Y, regreso con Andrés Eloy. Exiliado en México, recibe la noticia de la muerte de su madre, bajo el impacto de la noticia se dirige a la Embajada de Venezuela en solicitud del permiso para venir y asistir a su sepelio. Se le concede por las horas que dure el acto fúnebre. Ya ubicado, junto al resto de la familia en el Cementerio General del Sur, el poeta observa la presencia de varios esbirros de la Seguridad Política. No soporta ya la presión y se dirige a uno  de ellos, bajo los siguientes términos: “Dígale a Pedro Estrada que tenga la Seguridad Nacional de que no me voy a escapar”

Tampoco escapará a la muerte este valiente muchacho digno del Gran Rey Darío y víctima de un sátrapa que oprime a su pueblo y que ha hecho trampas para mantenerse en el poder, y hacer migas con el terrorismo internacional y amenaza con cataclismo nuclear. De Alá llegará el castigo para estos malos hijos que sumen en la tragedia a sus propios pueblos.

En el tiempo transcurrido desde cuando elaboro esta nota y su publicación, no menos de doscientos cadáveres de jóvenes venezolanos yacen en las morgues en espera de ser reclamados por sus familiares.

Y todo eso pasa mientras aumentan -oficialmente- los  precios de los alimentos preferidos de la mesa, la deuda externa, la inseguridad y sigue en bajada el caudal del Caroní, además de la aparición de una bala fría disparada por el expediente de un Juez español. El que tenga ojos y el que tenga oídos que no se pierda la obra y mientras nos cubre el luto por la tragedia de Chile y la que atravesamos los venezolanos, sin electricidad, sin agua y sin libertad.

 
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