Individuo, persona, masa, colectivo

Julio Castillo

Julio Castillo

En las anteriores entregas hemos planteado, en líneas gruesas, los temas atinentes a las formas de organización y de comunicación de los partidos. Hemos avanzado la tesis de acuerdo con la cual, los partidos del Siglo XXI no se pueden construir con modelos organizativos y comunicacionales decimonónicos y de cómo han impactado los nuevos descubrimientos y la tecnología las relaciones interpersonales y por ende, las de los miembros de las organizaciones entre sí y de éstas con la sociedad.

Cambios de paradigma

Ahora, pretendemos incursionar en el campo minado de la doctrina para sugerir también lo que creemos deben ser los cambios de paradigma que las organizaciones deben adoptar de cara a las nuevas realidades.

Aquí debemos retomar el tema de la autonomía y/o interrelación del individuo y la persona con el colectivo y las masas. En una palabra, trataremos de dilucidar si la acción política y la del Estado deben tener como protagonistas a la persona humana o a las masas.

Es cierto que hay un debate sobre si el Estado debe atender las necesidades individuales con primacía sobre las del Bien Común. Planteadas las cosas con esta simpleza la respuesta es obvia: El Bien Común debe privar sobre el individual.

El caso es que el asunto no puede plantearse con simpleza sencillamente porque no es simple. Habría que dilucidar si el Bien Común es una suma de los bienes individuales o si es una entidad aparte que necesita ser tutelada.

Opinamos que cuando asumimos el Bien Común como entidad autónoma, olvidamos que contiene los bienes individuales y no es concebible que un Estado o un gobierno, so pretexto de representar el interés general o el Bien Común, descuide los derechos individuales.

La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, piedra angular del sistema de derechos democráticos de la civilización, convertida en carta supralegal por la ONU asume, en la práctica, que no puede haber derechos colectivos que pasen por la violación de los derechos individuales.

De hecho, el derecho a la organización y a la libre expresión de las ideas de estas organizaciones, es contemplado como un derecho inmanente al individuo y no a la inversa. Este planteamiento nos lleva a la vieja discusión de estirpe renacentista cuando nació el Humanismo como doctrina filosófica de preguntarnos si el hombre es ciertamente el centro del universo o si es una criatura de Dios.

Por siglos y, atravesados por la religión, los filósofos discutieron este tema. El último cisma de la iglesia católica y la aparición del protestantismo con el movimiento reformador de Lutero y Calvino, aportó más confusión que claridad sobre el asunto.

La aparición, posteriormente, del liberalismo como doctrina económica y social parece haber abrevado en el individualismo y planteó al nivel de la teoría política el paradigma de que tanto la salvación del alma como del cuerpo (el hombre en la economía) eran una tarea eminentemente individual y sin relación con las obras que se realizaran en la tierra.

La doctrina social de la iglesia comenzó a enseñar que la salvación no era una tarea individual y que el destino del prójimo, estaba involucrado en ella. “Amaos los unos a los otros”, como mandato de Jesús, trajo como consecuencia, la aparición en el ideario cristiano y occidental, la necesidad de que el ser humano, no estando solo en el mundo debía preocuparse por su hermano, tanto como de Dios.

¿Cuándo me ocupé de ti?, preguntaron a Jesús. Éste respondió: “Cada vez que te ocupaste de tu prójimo lo hiciste conmigo mismo”.

En la próxima entrega trataremos de darle contenido a algunas tesis vinculadas al Humanismo Societario, que -como se verá- son, en el fondo, la fusión sinérgica de la reivindicación del individuo como ente y como miembro de una s

 
Julio Castillo SagarzazuJulio Castillo Sagarzazu
Top