Umberto Eco y el fútbol

Jhonny Castillo

Letras de fútbol
Por: Jhonny Castillo
jhocas10@hotmail.com

El semiólogo italiano Umberto Eco tiene la gran virtud de llevar los estudios semiológicos  hacia las cosas cotidianas. Por eso se ha convertido en un estudioso de la cultura popular. A diferencia de los llamados intelectuales serios  quienes le  huyen a reflexionar en torno a las cosas del día a día, el autor de En nombre de la rosa, empezó a trabajar sobre los estudios culturales cuando éstos ni siquiera eran concebidos como  una disciplina. El ha puesto la semiótica y las indagaciones comunicacionales al servicio de temas  habituales de la dinámica social contemporánea   como el fútbol.

Umberto Eco lee el fútbol como una neurosis de la cultura, como la manifestación de una grave perversión de la psique humana para la que no existe explicación razonable ni cura eficaz. Para quienes caen en sus enfermizos efectos no hay tratamiento definitivo, terapia indolora, ni intervención médica que valga. Sólo hay el sufrimiento infinito de contemplar la exquisita agonía del juego que se disputa en el campo de fútbol cada domingo de campeonato. Tal es la dicha y la maldición del amante del fútbol. Lo irónico del caso es que el castigo es autoinfligido. ¿O no? La teoría de que el fútbol es una psicopatología del deseo reprimido es una de las preferías de Eco:

“…Los espectadores -es decir, la mayoría- que se comportan exactamente como cuadrillas de maniacos sexuales que fueron, no una vez en la vida, sino todos los domingos, a Amsterdam para ver como una pareja hace o finge hacer el amor (o como aquellos niños paupérrimos de mi infancia a quienes se prometía llevarles a ver como los ricos tomaban helados)”. Eco. El Mundial y sus pompas p.190

Son muchas las aristas de análisis que tiene el deporte desde lo semiológico, pasando por la industria cultural y muchas otras áreas del conocimiento. E incluso,  la estética también  ocupa un espacio importante en el juego. El fútbol, por ejemplo, es una de las disciplinas que más se asemejan al arte por el ritmo, la plasticidad de los movimientos, la búsqueda de la perfección, la armonía, la originalidad y toda una serie de características esenciales que hacen que este deporte sea considerado  también como  una gran expresión artística. No en vano el fútbol ha sido comparado en infinidades de ocasiones  con el teatro, la danza, el ballet, la tragedia griega  y otras manifestaciones estéticas. Así lo entendió Pelé cuando a propósito de una comparación de él con Maradona respondió a los periodistas que lo interrogaban  que así como hubo un solo Picasso y un único Leonardo da Vinci hubo un solo Pelé.

No es extraño que en muchos estadios del mundo  no solamente se celebren los goles sino también las  grandes jugadas individuales y colectivas, las cuales  en ocasiones provocan gritos y delirios en los fanáticos,  quienes gritan ole, ole como en el toreo. Eso demuestra que quienes van al estadio no sólo quieren ver los goles sino algo más allá, virtuosismo, arte, espectáculo,  o sea el juego por el juego mismo.

No estaba errado Eric Hobsbawun al decir a propósito del Mundial México 70 que quien vio jugar a la selección brasilera, no puede negar al fútbol su condición de arte. Al propósito también escribió el novelista  checo  Milán Kundera que “tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello, pero que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo”.

Bastaría leer el maravilloso  libro del escritor uruguayo Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, para entender toda la belleza y la estética del fútbol. Sus crónicas y relatos expresan por sí solo la riqueza artística de un deporte que ha sido metáfora  recurrente en la obra de grandes escritores. Leamos este pequeño texto titulado Camus:

En 1930, Albert Camus era el San Pedro que custodiaba la puerta del equipo de fútbol de la Universidad de Argel. Se había acostumbrado a jugar de guardameta desde niño, porque ese era el puesto donde menos se gastaban los zapatos. Hijo de casa pobre, Camus no podía darse el lujo de correr por las canchas: cada noche, la abuela le revisaba las suelas y le pegaba una paliza si las encontraba gastadas.

Durante sus años de arquero, Camus aprendió muchas cosas:

-Aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser lo que se dice derecha.

También aprendió a ganar sin sentirse Dios y a perder sin sentirse basura, sabidurías difíciles y aprendió algunos misterios del alma humana, en cuyos laberintos supo meterse después, en peligroso viaje a lo largo de sus libros.

Lo que queremos es hurgar en las profundidades del deporte y especialmente en el más universal de todos  que es el fútbol,  con el propósito de hacer un aporte que permita que este fenómeno sea visto más allá del mero sentido lúdico. Porque como señala Franklin Foer, el fútbol es más que un juego, más que una pasión: es una ventana abierta a un mundo global en el que los nobles deseos de victoria de los deportistas y los aficionados convergen a lo largo del planeta con los ocultos intereses económicos de la televisión, los oligarcas locales, la política o la religión.

 
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