El Muro de Caña

Manuel Felipe Sierra

FABULA COTIDIANA
MANUEL FELIPE SIERRA

En 1961 Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir visitaron Cuba. Durante un mes Fidel Castro les sirvió de guía. Como resultado de la excursión de la pareja francesa, Sartre publicó una serie de reportajes en “France Soir” que luego se reunieron en el libro “Huracán sobre el azúcar”. Todavía no se había producido la invasión de Bahía de Cochinos y Castro mantenía la promesa de un gobierno democrático nacido de elecciones libres.

Cuarenta y nueve años no han pasado en vano. Esta semana el analista salvadoreño Joaquín Villalobos publicó en “El País” de Madrid la crónica  “Cruje el muro de caña” para dar cuenta de la situación que hoy se vive en la isla. De manera recurrente durante cinco décadas Cuba no ha dejado de ser noticia. ¿Qué llama la atención para que nuevamente la prensa mundial se ocupe del tema? Desde hace casi cuatro años en la morgue de los titulares periodísticos reposa uno lacónico: “murió Fidel Castro”. Los despachos de las agencias noticiosas todavía no anuncian la partida física del líder supremo pero ofrecen la trama del agotamiento de su leyenda. En el último mes se han sucedido numerosos eventos: la agonía de Zapata Tamayo, la huelga de hambre de Fariñas, las marchas de las Damas de Blanco, las advertencias de Yoani Sánchez y sus blogeros entre otros. Sin embargo, sobre ello no se conoce nada o se conoce muy poco en el interior de Cuba, si bien en el planeta se tiene la impresión de que un anacronismo histórico toca a su fin.

El final previsible de los totalitarismos comunistas cuya sobrevivencia depende mucho del oxígeno externo. Y es que estos procesos suelen nutrirse del apoyo extranjero y de la llamada “solidaridad proletaria”. Se crea entonces un mecanismo de retroalimentación entre la realidad interna y la percepción que se tiene en el exterior. Mientras millones de campesinos morían bajo la esclavitud de Stalin, la Unión Soviética se convertía en paradigma para millones de seres humanos. China permaneció durante años (y todavía se resiente de enorme bolsones de pobreza)  en espantosos niveles de atraso, mientras Mao Tse-Tung iluminaba multitudes occidentales. El castrismo convirtió una isla luminosa en una cárcel melancólica, pero todavía hasta hace muy poco, algún mandatario la invocaba como “el mar de la felicidad”.

Por un largo tiempo, los admiradores del socialismo soviético eran deslumbrados por una engañosa permuta: la libertad política por la igualdad social y económica. De esta manera, la falta de libertades y la negación de los derechos humanos serían compensados por altos niveles de bienestar social y la equidad económica. Por supuesto, nunca existió tal compensación pero las utopías suelen trascender eternidades. “El cielo en la tierra” ha sido una de las más seductoras fantasías políticas. El tiempo se encargó de poner las cosas en orden. La Unión Soviética no pudo sostener indefinidamente un desmesurado gasto bélico a costa del hambre de su población. Un fenómeno semejante se reprodujo en China. Cuba, seguramente por sus dimensiones geográficas y poblacionales, ha podido sobrellevar hasta ahora indecibles calamidades.

El bloque soviético a mediados de los ochenta inició un silencioso proceso de implosión de su sistema político que abrió paso a la “perestroika” y la “glásnost” de Gorbachov. Contra todo pronóstico se inició una transición que marcó el desmembramiento de una sumatoria de naciones y la búsqueda de incipientes formas de convivencia democrática. China atendió a la necesidad de sobreponerse a la asfixia e inició la apertura económica de la mano de Dean Xiaoping, si bien conservando la celda comunista alimentada por una vieja cultura imperial.

Cuba ha evadido los cambios gracias a la conmiseración de las naciones latinoamericanas, la asistencia comercial de España y diversas maniobras de triangulación e inversiones desde Estados Unidos; y desde hace ocho años por la ayuda de Hugo Chávez. Ahora se comprueba que la viabilidad del sistema castrista  supera la caridad de unos y el parentesco ideológico de otros. En julio se cumplen cuatro años del abandono del poder por Fidel Castro y de que su hermano Raúl anunciara reacomodos dentro de lo que es posible en el contexto de ese país. No se plantean torceduras de rumbo ni regreso al pasado sino ajustes que pudieren conducir en el futuro a reformas económicas más profundas. Hasta ahora ello no ha sido posible. Por el contrario, los pasos que se han dado en el camino de los cambios se han traducido en el agravamiento de todos los problemas.

La actual protesta de la disidencia cubana le ha permitido al mundo observar nuevamente la negación de los derechos políticos y la violación de los derechos humanos, lo cual en ningún caso es novedoso, pero observar también la imagen de una nación en quiebra, en ruinas, como una deplorable estampa de la peor desgracia africana. Los analistas no esperan un desenlace de la crisis cubana distinto al soviético o al chino; aunque existe una diferencia importante: Stalin y Mao Tse-Tung vivieron la plenitud de sus revoluciones y no conocieron su ocaso. Falta saber si Fidel Castro todavía con vida presenciará la agonía de su costoso “acto heroico”.

 
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