Sesenta y siete

Alberto Barrera Tyszka

La Cátedra de ABC
Alberto Barrera Tyszka

En 1933 Osip Mandelstam compuso un poema cuyo referente era Joseph Stalin y los crímenes sanguinarios que se ejecutaban bajo su régimen.

No lo mencionaba, no decía su nombre. Tampoco hacía falta. Mandelstam jamás publicó este poema. Ni siquiera lo tenía escrito. Tan sólo lo recitaba de memoria. Unos meses después, en 1934, la policía soviética allanó la casa de Mandelstam buscando desesperadamente un poema invisible. Por supuesto: jamás lo encontraron. Pero el poeta terminó en la cárcel.

La anécdota detalla puntualmente la vocación del Estado paranoico, del Estado ansioso y aterrado, convertido ya en una compleja industria de persecución, cada vez más asustada y ­por tanto­ cada vez más voraz, implacable.

Con las circunstancias y las diferencias de cada caso, también podría ser un espejo de nuestros días: el Estado que invierte recursos, que gasta funcionarios y publicidad, que inventa programas y leyes, que propone angustias y urgencias, para tratar de cazar gazapos en la red del ciberespacio, mientras, en la red de la calle, en la cotidianidad dura y simple, la violencia social le arrebata la vida a los ciudadanos. Sesenta y siete. Hubo sesenta y siete homicidios en Caracas el fin de semana pasado.

Provoca matar

La crónica impactante y conmovedora de la agencia AFP, firmada por Beatriz Lecumberri, rescata del naufragio de dolor de los familiares que esperan a las afueras de la morgue una frase tan desgarradora como amenazante: “Sólo provoca empezar a matar”. Eso dice el familiar de una de las víctimas. Es la impotencia trabucada en arma, en peligro. Frente a la nada del Estado, las víctimas comienzan a pensar en convertirse en asesinos. ¿Qué clase de país estamos fundando debajo de las estadísticas de cada fin de semana? La palabra podría ser masacre. Porque la inseguridad social se nos ha ido transformando en un peculiar mecanismo de exterminio. Cada viernes y cada sábado, el homicidio se vuelve un método masivo. Danza en las calles para cumplir con su cuota y mantener una estadística que no entiende qué es la lucha de clases ¿Qué hacen mientras tanto los representantes del pueblo ante estas matanzas? Los representantes del pueblo sólo hacen lo que el Presidente dice. Un día después de un fin de semana con sesenta y siete muertos en la capital, la Asamblea Nacional estaba discutiendo sobre la regulación de informaciones en Internet. Fue lo que pidió el domingo el Presidente.

Todos los fines de semana, decenas de familias se enlutan por la muerte de un ser querido, víctima de la incontrolable violencia e inseguridad que consumen al país.

Deberían, tan siquiera, respetar la tragedia de sus compatriotas. Debería caérseles la cédula de vergüenza. Deberían poner sus cuerdas vocales en remojo. Deberían decretar una jornada especial, en la que todos los diputados permanecieran en silencio, escuchando el nombre de cada víctima, el testimonio de cada madre que ha perdido un hijo a cuenta de la violencia social. Eso sí sería parlamentarismo de calle.

Deberían oír los gritos de la gente y no las instrucciones del poder.

La Revolución herida

Después de once años, el oficialismo se ha visto orillado a reconocer un problema que ya parece estar fuera de control. Tal vez, sus resistencias a aceptar y a enfrentar esta gran herida de nuestra sociedad tienen que ver con el hecho de que estas estadísticas también develan otra herida, desnudan la gloriosa retórica de “la revolución”.

Dentro del discurso del Gobierno, la violencia social es una consecuencia de la desigualdad, del capitalismo. Para no ir demasiado lejos, en su informe anual, el pasado mes de enero, el Presidente señaló que “la violencia es producto de la pobreza y de la falta de educación”. Nadie duda de que se trate de un problema complejo, donde las condiciones sociales y la miseria juegan un papel determinante. Pero aceptar ahora esto implica, para el Gobierno, aceptar también que sus otras estadísticas son falsas, que está mintiendo cuando afirma y pregona que estamos superando la pobreza.

“En Venezuela nadie pasa hambre ahorita”, dijo el Presidente en su programa 353, el domingo pasado.

Por eso intentan elaborar las fantasías inverosímiles, buscando matizar el problema. Por eso tratan de culpar al paramilitarismo colombiano o llegan a insinuar que nuestros crímenes quizás son parte de una estrategia extranjera, de una nueva conspiración internacional. No sólo es increíble. Es una grosería. Es un puñetazo sobre el duelo de miles de venezolanos. Los sesenta y siete muertos del fin de semana pasado todavía están esperando ser escuchados por el poder.

¿Qué habría qué hacer cada vez que un diputado o algún alto funcionario diga que la inseguridad social en Venezuela es un “invento mediático”? ¿Deberíamos ponerlos presos? ¿Se lo preguntamos a Sean Penn?

 
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