En el álbum de un tirano

Tulio Hernández

Tulio Hernandez
hernandezmontenegro@cantv.net

Hay escritores que estuvieron en el momento justo en el ojo del huracán y, por eso, dejaron escrituras visionarias. Uno de ellos, lo podemos entender ahora con absoluta claridad, fue el poeta cubano Heberto Padilla quien, sin proponérselo, se convirtió a finales de la década de los sesenta en el hito que fracturó el bloque internacional de intelectuales “progresistas” que todavía aplaudían entusiastas al por entonces aún joven proyecto revolucionario de Fidel Castro.

En el 2000, fallleció Heberto Padilla en Alabama, EE.UU.

Digo sin proponérselo porque fue gracias a un premio otorgado por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba a un poemario suyo titulado Fuera de juego que Padilla pasó de ser un exitoso funcionario del Gobierno y un escritor mimado por el régimen a la condición de “traidor a la revolución” sólo por haber hecho públicas sus críticas a un proyecto político del cual, obviamente, se había desilusionado. Lo que la cúpula fidelista hizo con Padilla fue grotesco. Lo humillaron públicamente. Lo encarcelaron. Y, tres años después, moralmente demolido, lo obligaron a hacer una vergonzosa autocrítica pública en la que renegaba de todo cuanto había dicho antes y se declaraba él mismo “un mal hijo de la revolución”. En Cuba nadie, ni el más cercano de sus iguales, por entonces ya atenazados por el miedo, hizo el menor gesto de solidaridad.

Pero el hecho conmovió a un importante sector de la intelectualidad que hasta entonces había hecho causa común con la revolución caribeña.

Y fue así como Jean Paul Sartre, Hans Magnus Enzersberger, Susan Sontag, entre otras vedettes intelectuales de entonces, firmaron una carta de apoyo a Padilla que dividió para siempre a la izquierda de Occidente.

De un lado quedaron quienes condenan todo tipo de abuso de poder y violación de los derechos humanos así estos sean cometidos en nombre de la justicia, la igualdad y la “dignidad antiimperialista de los pueblos”. Los opuestos a Fidel y su régimen. Y del otro, quienes respaldaron y respaldan ­sin que les tiemble el pulso­ la persecución a escritores y músicos, el encarcelamiento de disidentes por delitos de conciencia y el control de los medios por parte del Estado, con la justificación de que Cuba estaba y está en una guerra contra el imperio y que ese sólo hecho justifica plenamente cualquier “medida de seguridad”.

Padilla, como Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Reynaldo Arenas, Celia Cruz y un centenar más de artistas y escritores cubanos calificados de “gusanos” por la élite fidelista, murió en el exilio, sin pisar más nunca el lugar donde nació. Pero, como venganza previa, o como gesto de amor y lucidez democrática por su país y su gente, dejó un poema que por estas semanas de protestas callejeras en La Habana ha adquirido una resonancia histórica que remueve el corazón. Lo ha recordado recientemente Zoe Valdez, otra escritora desterrada. Se llama “Para escribir en el álbum de un tirano” y dice así: Protégete de los vacilantes, /porque un día sabrán lo que no quieren. /Protégete de los balbucientes, /de Juan-el-gago, Pedro-el-mudo, /porque descubrirán un día su voz fuerte. /Protégete de los tímidos y los apabullados, /porque un día dejarán de ponerse en pie cuando entres.

La historia se repite. Una nueva camada de gente de izquierda, conmovida por la inmolación de Orlando Zapata, comienza a retirar su apoyo incondicional al régimen. Silvio Rodríguez, el cantante oficial, pide apertura. “Evolución” más que “revolución”, ha dicho. Centenares de intelectuales de Brasil con Elena Buarque de Holanda al frente firman un documento a favor de los presos políticos. El Senado mexicano, legendario por su neutralidad frente a Cuba, condena la muerte de Zapata y exige la liberación de los presos políticos.

No son fornidos marines de ojos azules desembarcando en el malecón de La Habana.

Tampoco los hijos de los ricos cubanos que se refugiaron en Florida quienes conducen la “contrarrevolución”. Por ironías de la historia, son ciudadanos cubanos normales, negros, albañiles, amas de casas, profesionales universitarios de vida modesta, que no pudieron o no quisieron salir de la isla, quienes se están encargando de la estocada final. Los vacilantes, los tímidos, los apabullados, de los que alguna vez como un profeta bíblico hablara Heberto Padilla.

 
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