La gran conspiración

Victor Bolívar

EN TIEMPO REAL
VÍCTOR ANTONIO BOLÍVAR C.

Cabría preguntarse  – cuándo vemos por el retrovisor – si con aquella enorme marcha del 11A de 2002 los venezolanos pretendíamos un golpe de Estado y, yendo en la misma retrospectiva, también preguntarnos si esa manifestación, de innegable apoyo popular, resistiría comparación con las dos intentonas golpistas del año 92.

Este régimen ha matrizado, nacional e internacionalmente, una leyenda negra sobre los sucesos del 11A y una leyenda dorada sobre esos frustrados golpes cuya autoría intelectual y material reivindican impunemente con ardides épicos y populistas. El objetivo único y fundamental de esa gigantesca masa humana que marchó el 11-A no era otro que pedirle la renuncia al Presidente por hechos que hoy incluso se quedan pálidos frente a los que pudiéramos esgrimir para solicitarla nuevamente.

La emboscada criminal y el miedo ante la contundencia de una legítima exigencia en las puertas de Miraflores que lo obligase renunciar, generó el indeseado desenlace de dolorosas víctimas olvidadas por la justicia y crueles victimarios impunes convertidos en héroes. En cambio, quienes defendieron y protegieron esa gran manifestación, porque era su deber como funcionarios del orden público, están hoy condenados por tribunales y sometidos al yugo de una autocracia que cada día se deslegitima mas en el poder. Renunció sí, pero no ante el pueblo que se lo exigía sino sospechosamente ante una cúpula militar, lo cual merecerá capítulo aparte como también lo merece la lamentable actuación de Carmona.

La insurgencia contra el gobierno democrático del presidente  Pérez fue producto de la sedición de una logia militar que sin apoyo popular procuró con las armas hacerse ilegítimamente del poder, para lo cual atentó contra la vida del presidente y su familia. Hoy los hechos despejan cualquier duda de su objetivo final,  cuando ya en el poder, esa logia está materializando un sistema político distinto al contemplado en la Constitución. Ha sido una constante su pretensión de imponer por los hechos lo que no concede el Estado de Derecho, por eso pudiéramos estar en víspera de lo que llama Mires una dictadura de ocasión, surgida del quiebre de una democracia.

¿Será que las señales a diario dadas por este régimen no son en sí mismas la prueba más fehaciente de que son quienes  gobiernan los que están cambiando la forma política republicana que se le ha dado a la nación y quienes hábilmente atribuyen a otros intenciones golpistas cuando ellos las ejecutan a diario con desparpajo?

Así pretenden seguir matrizando en la comunidad nacional e internacional la idea de que la gran conspiración proviene, por ejemplo, de una opinión dada por un demócrata cabal como Álvarez Paz, cuando su trasfondo es enviar una advertencia para que nos mantengamos quietecitos porque si no lo hacemos, profundizará su revolución infligiéndonos un daño mayor. El mismo objetivo han tenido las acciones contra Azuaje, Affiuni y Zuloaga.

La radicalización  se acentuará luego de las elecciones a la AN. Esto impone enfrentar ese reto inevitable, y para ello cito nuevamente a Mires, cuando afirma que no se debe renunciar jamás a las elecciones, por más prostituidas que se encuentren, pero nunca imaginar que la única actividad política posible es votar cada vez que al dictador se le ocurra. Sería bochornoso ir a los comicios llevando agua al molino revolucionario con una decisión desprovista de acciones que en paralelo enfrenten eficazmente este atropello permanente a la constitucionalidad del país.

 
Víctor A. Bolívar C.Víctor A. Bolívar C.
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