Los caminos de la venganza

Elías Pino Iturrieta

Elías Pino Iturrieta

La Asamblea Nacional actuó para vengar la reputación de la dinastía reinante

Si se juzga por sus apariciones públicas, el ex diputado Wilmer Azuaje no destaca por sus luces, quizá tampoco por rasgos de personalidad que lo conviertan en una figura singular. Criatura de la medianía, quizá jamás forme parte del cuadro de honor de los parlamentarios excepcionales que ha tenido la república. Quien se atreva a compararlo con los oradores del pasado, o con protagonistas de debates dignos de memoria, o con promotores de iniciativas legales de influencia, seguramente perderá el tiempo.
Pero su procedencia popular no deja de ser atractiva, así como las referencias a la protección de los santos que lo presentan como portavoz de una fe pueblerina en la cual se reconocen multitud de venezolanos. Tal vez sean los rasgos de su paso por el Parlamento, que puedan referirse sin llegar a opiniones excesivamente subjetivas.

De tales características no se desprende la existencia de un adversario descomunal, mucho menos la amenaza de una especie de lacra capaz de deshonrar con sus acciones el prestigio del Parlamento. Uno más entre los miembros del elenco, sin nada como para sobresalir en términos de excepción, pero tampoco como para estar en las legiones de la nulidad. Sin embargo, de pronto, la mayoría de sus colegas lo descubre como una especie de buen hombre transfigurado en venenoso monstruo a quien se debe echar del santuario de la legalidad. Deben sentir la proximidad de una serpiente, si se juzga por la celeridad empleada en arrojarlo del paraíso: medio día de “debates” bastan para borrarlo del repertorio, después de su sometimiento por las fuerzas policiales sin consideración de la inmunidad que su representación le concedía.

Hasta entonces la mayoría de los colegas no habían advertido pecados capitales en la conducta de quien ahora era objeto de ostracismo, o no lo había manifestado en público. Apenas diferencias circunstanciales, de las cuales no se colegía la obligación de un divorcio sin previa separación de cuerpos. Tal vez algunas escaramuzas fuesen el prólogo de la ruptura, pero nada capaz de avizorar la proclama de guerra a muerte que terminaría con su gestión.

Para completar el insólito teatro, el episodio que conduce a la defenestración no se distinguió por la claridad: supuestamente atacó Azuaje a una funcionaria de seguridad mientras adelantaba trámites particulares, en medio de una confusión sobre cuyo desarrollo faltaron pruebas contundentes y testigos dignos de confianza.
Un suceso tan enmarañado condujo a una votación urgente del Tribunal Supremo, gracias a la cual, y no sin exhibir fracturas entre los magistrados, se dio paso al proceso llevado a cabo con vigoroso entusiasmo por los diputados del PSUV. El trámite no circuló sin escollos, debido a que contó con la oposición de la bancada de Podemos y con el retiro de la representación del PPT, pero logró con creces el propósito de desembarazarse del colega. Además, no sólo lo echan mientras está ausente del debate, sino que también lo inhabilitan para el ejercicio posterior de funciones públicas. Que la comisión de un abuso sobre cuyo desarrollo se carece de evidencias desemboque en el grave asunto de levantar la inmunidad de un parlamentario electo por el pueblo y de expulsarlo de la Asamblea Nacional, sin permitirle el derecho a la defensa, sorprende a la sociedad a la que se ha negado la alternativa de un explicación convincente en materia de cara a la conservación de las instituciones.
Pero la explicación aparece cuando el observador vuelve otra vez a la trayectoria del señor Azuaje. No sólo es él lo que se apuntó, sino también el contumaz denunciante de los pecados de la familia Chávez. No es poco el tiempo que ha dedicado al descubrimiento de los latrocinios de la parentela presidencial.

Ha arriesgado su pellejo en la divulgación de las corruptelas promovidas por la rama consanguínea del primer magistrado. Se ha atrevido a la confección de la historia de una progenie que saltó de la modestia más redonda a un escandaloso jet set de pompas y dinero, a través del puente del supremo poder de uno de sus miembros.
La oscuridad del predicamento que conduce a su defenestración mueve a pensar sobre cómo influyen tales conductas en el atropello de su inmunidad. Si la interpretación no es descabellada, la Asamblea Nacional actuó como instrumento para vengar la reputación de la dinastía reinante.

 
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