LOS PREDESTINADOS

Manuel Felipe Sierra

Fabula Cotidiana
MANUEL FELIPE SIERRA

Finaliza el mes de marzo de 1948. Fidel Castro y Rafael del Pino se confunden con los transeúntes en las calles de Caracas. Han llegado a la ciudad la noche anterior. Las horas del día están comprometidas con entrevistas y reuniones. A las seis de la tarde del jueves 27 entran a la redacción del diario “El País” en Plaza España. Luis Troconis Guerrero el director y el reportero Omar Pérez los oyen con atención. Los dos jóvenes, Castro de 21 años y del Pino de 22 se identifican como estudiantes cubanos que promueven un encuentro anticolonialista paralelo a la Conferencia Panamericana convocada para los días siguientes en Bogotá. De la reunión nacería la Organización de Estados Americanos (OEA).

Omar Pérez recuerda ahora a un Castro locuaz, con mirada de fanático y repitiendo hasta el cansancio que sólo la caída del dictador dominicano “Chapita” Trujillo, despejaría la democracia en América Latina. El muchacho atrevido se había alistado el año anterior en la fracasada invasión de Cayo Confites (un islote en las costas cubanas), organizada por combatientes anti-trujillistas encabezados por Juan Bosch. Del Pino más discreto, guardaba en el bolsillo una credencial como soldado voluntario de los Estados Unidos en la Guerra de Corea.

El resto de la historia se conoce. Castro y del Pino presencian el incendio social de “El Bogotazo” el 9 de abril desatado por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Dos días antes se habían reunido con el dirigente asesinado y Castro le había entregado una tarjeta de recomendación firmada por Rómulo Betancourt. Coincidencialmente, Betancourt, su futuro contendor en la geopolítica latinoamericana, presidía la delegación venezolana.

Una versión atribuida a los servicios de espionaje que debutaban en la carrera de la “Guerra Fría” le atribuye a Castro una actuación destacada en los saqueos que devastaron la ciudad. La verdad es otra. Castro, del Pino y otros estudiantes que se habían sumado al encuentro fueron sorprendidos por el humo y el estruendo de un sangriento estallido. En entrevistas posteriores, Castro ha admitido que la experiencia “marcó su vida revolucionaria”.

Debieron pasar once años. El 23 de enero de 1959 el victorioso  Comandante Fidel Castro fue recibido en el Congreso Nacional recién instalado en plan de héroe democrático. Había librado una admirable batalla contra la dictadura de Batista y ella se emparentaba con la resistencia contra Pérez Jiménez. Eran días de júbilo en los dos países. Castro llegaba con sus milicianos de barbas y uniformes de campaña  y un séquito de estudiantes venezolanos. El diputado de Acción democrática Domingo Alberto Rangel le dio la bienvenida: “Ud. Comandante Castro tiene carta de ciudadanía venezolana”.

La línea insurreccional de los años sesenta aplicada por la izquierda venezolana declaró tiempos de violencia y de zozobra. Desde Cuba se planificó y financió  la acción guerrillera contra los gobiernos de Betancourt y Leoni. Tres incursiones armadas abordaron las costas venezolanas. Betancourt se puso a la cabeza de los países democráticos en respuesta a la estrategia de la subversión continental.

En 1989, Castro volvió a Venezuela. Se tambaleaba el bloque comunista y Cuba entraba en un “período especial” de extremas exigencias económicas. Con el derrumbe de la URSS la revolución castrista perdía un protector consecuente y generoso. Esta vez Castro no pisó el Palacio Legislativo porque la coronación de Carlos Andrés Pérez se celebró en el Teatro Teresa Carreño. No obstante, nostálgico evocó con los periodistas sus anteriores encuentros caraqueños.

No se imaginaba que diez años después comenzaría a ser visitante habitual de la capital y de buena parte del país de la mano de Hugo Chávez, quien además de identificación ideológica confiesa con él una inquebrantable empatía afectiva. En julio de 2006, Castro se separó formalmente del poder por su delicado estado de salud. Hoy vive otra etapa de su existencia. Escribe disciplinadamente, recibe visitantes y hace lo indecible por entorpecer y malograr los pequeños cambios anunciados por su hermano Raúl, ante el cuadro  de ruina y miseria del país. En estos años también se han reforzado las relaciones con Chávez quien suele visitarlo en su bunker de La Habana y que ha hecho de la mención de su nombre un elemento  inseparable de su inagotable oratoria.

A tanto llega el compromiso entre el fidelismo y el chavismo que el vocero comunal Gerson Pérez (luego recibió el apoyo de Chávez) anuncia que se levantará un busto de Castro en el Paseo Bicentenario aledaño a la Asamblea Nacional. Más que un reconocimiento sería un acto de grosera sumisión ante un gobernante empeñado en ofender la soberanía nacional.

Curiosamente, en Cuba no se han erigido estatuas similares aunque existen monumentos que exaltan la revolución,  porque  al parecer Castro asume un consejo de la santería que reza que “las estatuas son para muertos”. Nunca se imaginaron los dos jóvenes visitantes de la Caracas vieja en 1948 que con los años uno de ellos  habría de ser honrado con el bronce en el mismo lugar.

La suerte de Rafael del Pino fue diametralmente opuesta. Durante la preparación de la invasión del “Granma” desde México en 1956 fue acusado de tener conexiones con la CIA, según confirma en su libro de memorias Juanita, la hermana mayor de los Castro. En septiembre de 1959 en el primer año de la revolución, del Pino incursionó en una avioneta en una carretera de Matanzas en operaciones subversivas. Protagonizó un encuentro con un grupo de milicianos y resultó herido. Sometido a juicio fue condenado a 30 años de prisión. El 8 de agosto de 1977 apareció ahorcado en su celda de la prisión del Combinado del Este de La Habana. Según el gobierno, “usó sus calcetines para quitarse la vida”. Para el bronce de una estatua, no estaba predestinado.

 
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