Julio César intenta cambiar la historia

Waldemar Iglesias

Consiguió lo que casi nadie: ser protagonista desde el arco de Brasil. Indiscutido en el Inter y en el Scratch, hasta se animó a responder con dureza críticas del presidente Lula.

CON BRASIL. Julio César se transformó en titular indiscutido de su selección.

La historia del fútbol brasileño tiene un conocido estigma: el de su arco. Incluso antes de la irrupción del Maracanazo de 1950, pero sobre todo después de ese golpe tremendo, ser arquero de Brasil era un problema de los grandes. En el mejor de los casos se podía ganar cierto respeto (como Gilmar, campeón mundial en 1958 y 1962; o como Taffarel, clave en la conquista de 1994) y jamás el protagonismo de otros cracks, claro. Pero para la gran mayoría hubo indiferencia (como el olvidado Félix, el arquero del maravilloso equipo de 1970), críticas (como el caso de Waldir Peres, en España 1982) o la sensación de tragedia (como le pasó a Moacyr Barbosa, el elástico arquero de 1950). Ahora, un tal Julio César parece llamado a romper con esa tradición maldita. Es indiscutido en el Inter tetracampeón del Scudetto y pieza fundamental para el técnico del Scratch, Dunga.

Contó algún día de hace una década el ya mítico Barbosa: “En Brasil la pena que la ley establece por matar a alguien es de 30 años. Están por cumplirse 50 de aquella final y yo sigo encarcelado: la gente todavía dice que soy el culpable”. Desde aquel 16 de julio de 1950, con la caída ante Uruguay, pasaron por el arco de Brasil arqueros buenos, regulares y malos. Pero ninguno consiguió transformarse en figura (más allá del día de gloria de Taffarel en la definición por penales ante Italia, en la Copa del Mundo de los Estados Unidos), en cara visible de un seleccionado, a la altura o cerca de los habituales grandes cracks. Ahora, Julio Cesar parece desmentir la mitología del arco brasileño. Desde la llegada de Dunga, en agosto de 2006, el arquero del Inter es decisivo e imprescindible de acuerdo con la consideración del entrenador.

Con Brasil, Julio César se transformó en titular indiscutido de su selección.

Es garantía de seguridad

Incluso antes ya había mostrado su estirpe: en la Copa America de 2004, fue figura del equipo que dejó sin vuelta olímpica a la Selección de Marcelo Bielsa en la definición por penales. Aquel 25 de julio, en el estadio Nacional de Lima, le atajó un penal a Andrés D’Alessandro, Gabriel Heinze erró el suyo y Brasil festejó lo que no merecía. En el Mundial de 2006, uno de los peores que disputó Brasil, Julio César estuvo en el banco (el titular era Dida, arquero del Milán).

Nacido en Río de Janeiro en 1979, se incorporó al Inter de Milán en 2005 y después de una cesión sin éxito en el Chievo Verona (no lo pusieron nunca), volvió a San Siro. De regreso, consiguió lo que parecía imposible: quitarle la titularidad a Francesco Toldo. Lo hizo y ofreció lo más importante: garantía de seguridad. Antes, desde su debut en 1997, había jugado para el Flamengo y había ganado cuatro Campeonatos Cariocas.

Potente de piernas, sólido en el juego aéreo (facilitado por sus 1,87 centímetros), de grandes reflejos y especialista en penales, Julio César también tiene una personalidad avasallante. Sirve un episodio bastante reciente para corroborarlo: en 2007, luego de una crítica del presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, respondió con vehemencia en nombre de todo el plantel. Le recomendó que se fuera a vivir a la Argentina si tanto le gustaba el juego del seleccionado entonces dirigido por Alfio Basile. Señaló entonces: “Me irrité cuando dijo que Messi pierde la pelota y corre a recuperarla, mientras que nosotros nos quedamos parados. Entonces, que se vaya a vivir a Argentina. Que se haga ciudadano argentino, renuncie y se vaya para allá. Tal vez así, Brasil mejore algo”. Una personalidad que parece suficiente como para alcanzar el objetivo más difícil en Sudáfrica 2010: deshacer el estigma de los arqueros brasileños.

 
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