11 de abril, Chávez y Mandela

Vladimir Villegas

VLADIMIR VILLEGAS

A ocho años del 11 de abril de 2002, no está de más reiterar nuestra condena al golpe de Estado que sacó del poder por cuarenta y ocho horas al presidente Hugo Chávez Frías. Que nunca más se repita un hecho como ese, en el cual perdieron la vida decenas de venezolanos, y otros tantos resultaron con severas lesiones, y se intentó instalar un gobierno que en sus primeras decisiones y acciones mostró su garra represiva y su vocación antidemocrática.

Dicho esto, también afirmo que Venezuela necesita pasar esta página para salir adelante como sociedad, para que todas y todos los venezolanos nos sintamos incorporados al esfuerzo de superar la pobreza y de derrotar la inseguridad que nos está robando la vida de nuestra juventud.

Nelson Mandela

Qué bueno que los golpistas de abril de 2002 fueron derrotados. Qué malo que hoy estamos tan divididos como entonces. Qué lamentable el sectarismo con el cual estamos siendo gobernados. Y qué tristeza que la fecha en la cual el pueblo salió a las calles para reclamar el retorno del Presidente sea utilizada para seguir por la senda equivocada de un modelo que fomenta la exclusión de quienes piensan distinto e, inclusive, de quienes, aún desde dentro del proceso, reclaman cambios, diálogo, autocrítica, revisión de políticas, apego a la Constitución y liderazgo colectivo.

Hoy la absoluta mayoría de los venezolanos, entre ellos buena parte de los seguidores y detractores del Presidente, no quiere más confrontación, no desea escenarios de violencia ni situaciones que se le parezcan al 11 de abril de 2002, como tampoco a las locuras derivadas del funesto paro o las irracionales guarimbas.

La bandera es tricolor

Hugo Chavez, Presidente de la Republica Bolivariana de Venezuela

Esa mayoría reclama inclusión, diálogo, reconocimiento del otro más que tolerancia, y una gerencia pública que se deslastre de la corrupción, de la burocracia y del clientelismo. La retórica no puede continuar sustituyendo a las soluciones, el pase de factura no puede ocupar el lugar del reencuentro, y la ciudadanía no debe seguir siendo tratada como una tropa sin más opción que la incondicionalidad o la etiqueta de traidor, enemigo o vende patria. El cambio de paradigmas que se planteó en la Asamblea Nacional Constituyente, de la cual formé parte, y en la carta magna nacida de ese hermoso proceso vivido en 1999, se parece cada vez menos a lo que estamos viviendo. Da dolor decirlo, pero es cada vez más palpable la vulnerabilidad frente a la falta de un sistema de justicia equitativo o frente a un parlamento que abandona su rol contralor. Y ante una Defensoría del Pueblo que más bien parece una oficina de relaciones públicas del Ejecutivo. ¡Cuánta falta hace, por ejemplo, una Dilia Parra al frente de este instrumento que nació para defender al pueblo del abuso de poder y del poder mismo! Después de ocho años del 11 de abril el panorama es inquietante. Estamos divididos entre quienes se visten de rojo, voluntariamente u obligados por el patrón Estado, y el resto de la población.

Y esto ocurre en vísperas también de la celebración de los 200 años del 19 de abril de 1810, que marcó el inicio de nuestra independencia. Un país es más que eso. El rojo es apenas una franja de nuestra bandera y, por mucha tela y mucha pintura de ese tono que se gaste, jamás podrá ocultarse la diversidad que nos caracteriza como pueblo, ni impedir que quienes se vistan de ese color reclamen tarde o temprano un cambio de rumbo, aún manteniéndose en las filas del partido de gobierno. Por algo nuestra bandera es tricolor y no monocolor. La lección que se desprende del 11 de abril es que para impedir su repetición es necesario evitar la tentación de imponer un modelo que legitime el “apartheid revolucionario”. Visite a Nelson Mandela, señor Presidente.

O tómese un par de horas para ver Invictus.

 
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