El nobel caraqueño

Manuel Felipe Sierra

FÁBULA COTIDIANA

MANUEL FELIPE SIERRA

“Todo escritor con principios debería tener un biógrafo inglés”, declaró una vez Gabriel García Márquez. Cuando hizo la afirmación ya Gerald Martin reconstruía con paciencia de orfebre la vida del novelista. Profesor de la Universidad de Pittsburgh y la Metropolitana de Londres, estudioso de la literatura latinoamericana, Martin invirtió 17 años, realizó 300 entrevistas y escribió más de tres mil cuartillas en un primer borrador para que viera la luz, “Gabriel García Márquez, una vida”. Un libro que terminó siendo de 762 páginas y que está al alcance del público desde finales del año pasado.

“Una biografía brillante”, señaló el “Kirkuk Reviews”, en una valoración coincidente con la crítica generalizada sobre el trabajo de Martin, que condensa profesionalismo y minuciosidad. García Márquez no sólo es un novelista reconocido por su descomunal imaginación y la perfección de su escritura, sino por su capacidad para convertirse él mismo en uno de los personajes que deambulan en las páginas de sus cuentos, novelas o reportajes periodísticos. Ello hacía más exigente la investigación para el proyecto de Martin. El biógrafo supo evadir, sin embargo, el riesgo de la repetición (de allí seguramente el largo tiempo dedicado a levantar el texto), con una prolija descripción del ambiente familiar; el entorno social y el marco histórico que han perfilado la formidable narrativa de García Márquez; sus ajetreos políticos y en muchos casos, sus travesuras como “vedette” del jet set literario. De esta manera, el libro cumple con el propósito de recrear la vida del premio Nobel, en un ejercicio de retroalimentación con los desencuentros, las tragedias y las alegrías de la propia historia de Colombia.

El lector venezolano, familiarizado desde siempre con el fenómeno de la “gabomanía”, seguramente resiente el tratamiento modesto, si se quiere anecdótico y marginal que Martin reserva a la pasantía de García Márquez en Caracas, entre los diciembre de 1957 y 1958. Si bien ya era conocido en su país por reportajes y algunos cuentos publicados en el diario “El Espectador”; y el tiempo en Europa le abrió los ojos ante un rico panorama de vivencias para perfeccionar sus destrezas; fue en los meses caraqueños cuando asumió los perfiles del nuevo género del periodismo latinoamericano, como base de su epopeya narrativa. Buen discípulo de William Faulkner en la novela, asimiló los elementos del periodismo norteamericano de Hemingway y Mailer y supo retocarlos con la inagotable fantasía del realismo mágico.

Desde la redacción de la revista “Momento”, escribió reportajes que disolvieron los linderos entre el relato literario y la crónica periodística, sin alterar el rigor y la precisión de la última. Reacio a la entrevista-cuestionario, incorporó las repuestas de los entrevistados en el clima de certeros textos literarios. En “Cuando era feliz e indocumentado”, una colección de estos trabajos que fue publicada en 1972 a raíz de ganar el premio “Rómulo Gallegos”, se encuentran los materiales esenciales de su exitosa propuesta. En Caracas también, en una Semana Santa, escribió lo que considera su mejor cuento, “La siesta del martes” que pasó por debajo de la mesa en el concurso de cuentos de “El Nacional” y fue en la madrugada del 23 de enero de 1958, en un Palacio de Miraflores cruzado por las interrogantes y en un clima de suspenso cinematográfico, cuando sintió la necesidad de echarle mano al sueño de retomar la novela latinoamericana del dictador. Ese día comenzó a escribir “El otoño del patriarca”, la novela que según él constituye su obra técnicamente más acabada.

Plinio Apuleyo Mendoza, su amigo bogotano, guía de las andanzas europeas y quien lo convenció en París para venir a Caracas y hacerse reportero, escribió hace unos años el libro “Aquellos tiempos con el Gabo”. Allí cuenta con lujo de detalles la aventura garciamarquiana en la prensa venezolana; los agitados e inciertos días de la transición hacia la democracia; los proyectos literarios que se deslizaban sobre la mesa de “El Rincón de Baviera” de San Bernardino; el aperitivo puntual en “El Gran Café” de Sabana Grande y el día, que tras un breve viaje a Cartagena, regresó con Mercedes Bacha, su esposa y quien según la biografía de Martin más allá de la relación matrimonial, ha sido una luz en la carrera del escritor.

El 2007, el periodista Juan Carlos Zapata hiló fino con el título de otro libro: “Gabo nació en Caracas, no en Aracataca”, para contar detalles y anécdotas de los viajes del novelista a Venezuela; sus amistades; la celebración de sus triunfos y hasta las tribulaciones de un accidente de tránsito en La Guaira que estuvo a punto de provocarle la muerte y que luego lo mantuvo hospitalizado en la clínica La Floresta. Faltarían muchas páginas todavía para dar cuenta de la vinculación afectiva del novelista con la ciudad, a la que dice recordar cuando se despierta todas las mañanas en busca de El Ávila. Por ahora, la biografía de Martin es más que suficiente.

 
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