Esto tiene que cambiar

Ramón Guillermo Aveledo

Ramón Guillermo Aveledo

En once años en el poder, el Presidente se ha dedicado a tener más poder del único modo que entiende: hablando, peleando con todo el mundo, descalificando y destruyendo lo que había, intentando aplicar una fantasía ideológica, y gastando camionadas de dinero. Ahora tiene más poder, pero no le sirve. Porque hablar no es gobernar y pelear crea más problemas en vez de resolver los que hay. Porque para avanzar hay que construir. Porque la fantasía ideológica no sirve. Y porque a ese ritmo de gasto la plata no le puede alcanzar, ni siquiera novecientos mil millones de dólares.

El descontento crece y no hay encuesta que no lo refleje. Las ideas del Presidente, principalmente las relativas a la propiedad, son francamente impopulares. Su gestión es rechazada como ineficaz o irresponsable. Sus designaciones son malas. Aun su persona comienza a ser afectada por la decepción, son más quienes lo creen responsable de lo que está pasando. La derrota en las elecciones parlamentarias aparece como una posibilidad real. En vez de darse cuenta y rectificar, al mejor estilo de George W. Bush, uno de sus odios “estratégicos”, el Presidente desata “guerras preventivas”, como si eso pudiera ayudarlo a mantenerse en el poder sin resolver los problemas de los venezolanos.

En previsión al colapso eléctrico que se teme, que los técnicos advierten con preocupación, y en lugar de oír las soluciones que las hay y se le proponen seriamente, el Presidente comienza a urdir la fábula de un “saboteo” venido de Colombia y presuntamente originado en Estados Unidos. O sea que ya no es “El Niño” ni el capitalismo, desde luego nunca lo serán sus propios errores u omisiones. Si la cosa empeora no es porque las respuestas de su gobierno no sirvieron, sino por el saboteo de los “ricos” y de Uribe. Tras once años de gobierno, es como mucha coba.

Su otro miedo cerval es la unidad. Que los descontentos y los decepcionados tengan una alternativa política y electoral unitaria para votar hay que evitarlo mediante la intriga y la disgregación. La Mesa es el enemigo a destruir. øQuién puede dudar que un gobierno capaz de cerrar canales de televisión, apresar disidentes y usar los tribunales para reprimir, intente dividir a los que se le oponen? Es obvio.

Cada día hay más gente decepcionada, cansada de este eterno pleito, fastidiada del disco rayado, toda la cual se suma al montón que nunca ha estado de acuerdo, en una conclusión lógica: esto tiene que cambiar.

 
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