Humildad y autocrítica en la “tercería”

Argelia Rios

Argelia Ríos
Argelia.rios@gmail.com

¡Claro que hay que abrirle los brazos a la disidencia revolucionaria! De ella depende el crecimiento del segmento democrático y la definición de una alternativa al autoritarismo. No basta la erosión del liderazgo de Chávez para garantizar su derrota. Un gobierno como éste, abusivo y deficiente en su gestión, puede mantenerse inercialmente -e incluso ganar elecciones- si los ciudadanos no identifican una fuerza en la que converjan las expresiones de pluralidad surgidas en la sociedad venezolana a la luz del ensayo bolivariano.

Pero el auspicioso panorama que dibujan los desprendimientos de la acera revolucionaria no está exento de dificultades. A la desordenada diversidad del mundo opositor, se suman ahora las fracciones provenientes del chavismo, cuya incorporación al campo de la disidencia ya está transformando el cuadro de la política nacional. Este cambio involucra nuevas complejidades para la construcción de la unidad nacional, en la que el ingrediente ideológico cobrará importancia, junto a otras variables asociadas a prejuicios abonados por la amarga experiencia de estos años y de los anteriores.

En el cuadro se asoma no sólo la posibilidad de canalizar el progresivo reencuentro que tiene lugar, en forma espontánea, entre los venezolanos de a pie, por causa de preocupaciones compartidas. La adopción de las banderas democráticas, por parte de revolucionarios descontentos, añade además un enorme potencial a la gobernabilidad de una transición post-chavista, para la que tirios y troyanos deberán prepararse espiritualmente.

La superación de las aprensiones mutuas es el desafío de los opositores habituales y también de todos quienes, desplazados desde el campo bolivariano, comienzan a ejercer la crítica, confiados en que su ideología moderará sus sinsabores. Con seguridad, las realidades serán para ellos un estímulo para exaltar las coincidencias, más que las diferencias con la (mal) llamada “oposición de derechas”. La conquista de sus objetivos políticos -y la sobrevivencia- le exigirán a la disidencia chavista una mirada fría de los requisitos de la reconciliación a la que aspiran los venezolanos.

Si el paisaje luciera excesivamente tumultuoso e ideologizado, Chávez reinará alentando la idea de la ingobernabilidad que supondría su sustitución. Por eso, “abrir los brazos” no es un gesto que debe ensayar exclusivamente la población opositora. A los disidentes revolucionarios también les tocará ejercitarse en la humildad y la autocrítica. No es sólo un proceso el que merece comprensión. Son dos los que están en marcha: tanto el de los desprendimientos del chavismo, como el de la aceptación de las heridas causadas por “el proceso” durante 11 años de atropello.


 
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