Iglesia y Bicentenario

Luis Ugalde

Nación

Luis Ugalde

Para salir del actual pantano en el que se va hundiendo el país la Conferencia Episcopal nos recuerda que hace dos siglos Independencia y República fueron decisión y tarea civiles exigentes, y lo son hoy: “En el marco de la situación actual del país, la conmemoración bicentenaria del 19 de abril y del 5 de julio ofrecen una invalorable oportunidad para un examen de conciencia nacional acerca de lo que hemos hecho con la República heredada de los fundadores de la nación y, sobre todo, de lo que nos corresponde realizar en relación a lo que ellos soñaron en aquella génesis de la nación independiente”. (n. 44) Comprender nuestro pasado de logros y fracasos, volver a soñar los grandes ideales civiles de los padres fundadores de nuestra República, y promover una fuerte renovación espiritual que sacuda nuestras conciencias para recrear juntos la república civil.

La primera Constitución proclamaba “la libertad, la igualdad, la propiedad y la seguridad”, como los derechos del hombre en sociedad (art. 152).

Derechos que hoy no significan lo mismo que entonces, pues con la “libertad” de la Primera República hoy los esclavos seguirían sometidos y la “igualdad” sería compatible con el voto exclusivo para los propietarios. Pero tampoco son compatibles con un caudillo militarista que se apropia del pensamiento, de la educación, de la iniciativa social y económica, de la justicia y de la libertad de opinión, como lo hace desde hace 50 años el caudillo cubano, ni con mantener presos por opinión contraria, como Oswaldo Álvarez Paz.

Comprender la condición humana y aprender de la historia: “Fundamentada en la larga experiencia de siglos, reflexionada desde la comprensión del corazón humano que nos da a los creyentes Jesús de Nazaret y la rica doctrina social de la Iglesia, nutrida por la reflexión sobre los éxitos y fracasos de las sociedades modernas, decimos no al individualismo y no al estatismo. No al individualismo, afirmando con fuerza la dignidad personal, pero vivida en espíritu de solidaridad y convivencia fraterna, que promueve la vida de los otros frente a todo egoísmo y asilamiento individualistas.

Decimos no al estatismo, pues está a la vista, por doquier, el desastre que han producido y producen los proyectos autoritarios y hasta totalitarios de diverso signo, que impiden la creatividad y la libertad ciudadanas”. (n.30) El clientelismo era un terrible mal de las dictaduras y de la decadencia democrática venezolana, pero ahora se confía la gestión pública a cualquier inepto, si adula, viste camisa roja y grita “patria, socialismo o muerte”. Con el sectarismo y la guía del fracasado modelo soviético, las empresas estatistas van al desastre.

En consecuencia, dicen los obispos, “la deuda social, las consecuencias de la falta de continuidad administrativa y el costo pagado por el populismo y el derroche son inmensos. Es mucho lo que tenemos que corregir. Es patente el sufrimiento humano de la mayorías cuando se coarta la libertad con leyes e instituciones que deterioran la vida humana.” (n.31) Bicentenario y fortaleza civil: “Debemos asumir a la persona como sujeto singular de derechos y deberes, abierta solidariamente a los demás; lo contrario del egoísmo y de la mistificación. Requerimos ciudadanos como agentes conscientes y beneficiarios del bien común, partícipes y actores de la soberanía popular. Necesitamos institucionalidad, es decir, intermediación eficaz de la libertad, responsabilidad subsidiaria por lo público y lo común. Y en ella, deseamos un Estado como instrumento apto, propiciador del mayor grado de felicidad para todos, con instituciones, leyes y servidores” (n.32) Lo que soñaron los primeros fundadores como república independiente era muy superior a lo que ellos mismos entendían como tarea inmediata.

Era el comienzo de una larga marcha civil por la dignidad de un pueblo libre, educado, productivo y creador de su propia convivencia, justa y pacífica con la firme decisión de “no establecer nuestra felicidad sobre la desgracia de nuestro semejantes”.

Los obispos saben que desde hace mucho tiempo no vivimos en un país exclusivamente católico, y nos invitan a todos los venezolanos a asumir nuestra responsabilidad desde lo más hondo y auténtico de nuestras conciencias y a hacer juntos la tarea civil común.

 
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