¿Palestina soberana?

Moisés Naím

Moisés Naim
mnaim@elpais.es

Qué pasaría si Palestina declara su independencia? No es una especulación ni un escenario descabellado. Es lo que Salam Fayad, el primer ministro palestino, ha dicho que hará si no logra un acuerdo con Israel. De hecho, en Washington y otros centros de poder corre el persistente rumor de que la declaración de independencia de Palestina es una posibilidad real e inminente. Y que, en vista del aislamiento internacional de Israel, de su deteriorada relación política con Estados Unidos y de la popularidad de la causa palestina en el mundo, un buen número de países se apresurarían a reconocer el nuevo Estado.

"El problema no es la declaración de independencia; es lo que pasa el día después".

La declaración de independencia es un gesto que promete más de lo que significa en la práctica

El estancamiento del proceso de paz, la falta de una “hoja de ruta” creíble que ofrezca una esperanza de progreso en las relaciones entre palestinos e israelíes, la futilidad de las gestiones de George Mitchell, el negociador estadounidense nombrado por el presidente Obama a los dos días de ocupar la Casa Blanca y, sobre todo, la debilidad política tanto del Gobierno de Israel como de la Autoridad Palestina son, entre otras, las condiciones que hacen plausible la idea de que los palestinos declaren unilateralmente su independencia. Esto no solucionará el problema, pero obviamente cambiará la situación.

Un factor que ha contribuido a hacer factible este escenario es la fragmentación política que sufre Israel y las consecuencias que esto tiene en términos de su aislamiento internacional. En teoría, la democracia implica gobiernos que representan el sentir y las preferencias de la mayoría de sus gobernados. En la práctica, a veces ocurre que los intereses más defendidos por el gobierno no son los de los sectores más numerosos, sino los de los más vociferantes. Así, la pasión de sus partidarios puede llevar a que una organización adquiera una influencia muy superior a la que justificaría el número de adeptos que tiene. Esto viene pasando desde hace ya tiempo en Israel, donde grupos religiosos conservadores, los colonos y otros sectores radicales logran que sus prioridades, y no las de la mayoría, definan las políticas de la nación. Recientemente, por ejemplo, mientras Joe Biden, el vicepresidente estadounidense, visitaba Israel para promover las negociaciones con Palestina, el Gobierno autorizó la polémica construcción de 1.600 viviendas en el este de Jerusalén. “Al ver eso, me pregunté si de verdad los dirigentes israelíes creen que un Irán con bombas nucleares amenaza la supervivencia de su país”, me dijo un alto funcionario de la Casa Blanca. “Somos el principal aliado que tiene Israel y sin nosotros no podrán impedir que Irán tenga armas nucleares. Sin embargo, mientras nos esforzamos en lograr que China, Rusia y otros paises nos apoyen para imponerle sanciones a Irán, los políticos israelíes sólo parecen interesados en construir más casas para unos cuantos colonos”.

Salam Fayad

Otra visión de este incidente es, simplemente, que los colonos y los políticos que los representan han secuestrado la burocracia israelí y logran encarrilarla hacia sus propósitos, sin considerar, en su obcecación, otros objetivos nacionales más importantes. Según este enfoque, el primer ministro Benjamín Netanyahu se vio tan sorprendido por la autorización de las nuevas construcciones como el mismo Biden. Así, una minoría radical y estridente conduce al país en una dirección no compartida por la mayoría de los israelíes que, hastiados de la política y desilusionados de sus líderes, se concentran en disfrutar del increíble éxito económico y de la drástica reducción de los ataques terroristas que se produjo gracias al muro que rodea los territorios palestinos. Han dejado el rumbo político de su país en manos de extremistas que no los representan. Todo esto tiene costos fuera de Israel, y su aislamiento político ha aumentado: en muchos países apoyar a Israel es políticamente costoso, mientras que defender la causa palestina rinde dividendos.

Es por esto que la declaración unilateral de independencia parece una idea tan posible y tentadora para los palestinos. Pero es un gesto que promete más de lo que realmente significará en la práctica. Según Daniel Levy, un israelí que participó en múltiples negociaciones con los palestinos, “el problema no es la declaración de independencia; es lo que pasa el día después”. La independencia no resuelve el hecho de que los palestinos están divididos en dos facciones en guerra entre sí. Tampoco produce progreso alguno en los tres espinosos temas que debe negociar con Israel: fronteras, Jerusalén y el retorno de los refugiados. Ni reduce las ambiciones que tiene Irán de controlar Palestina. Pero sí alimentará lo que esta minúscula zona del planeta produce en grandes cantidades: esperanzas que rápidamente se convierten en frustraciones.

 
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