Los “justos”

María Sol Pérez Schael

María Sol Pérez Schael

Esto publicaba Ultimas Noticias.com el día 11 de abril:

Hoy los recordamos con orgullo, con amor, con alegría, con música y con juventud, en agradecimiento por su entrega”, afirmó la jefa del Gobierno del Distrito Capital, Jacqueline Faría, recordando a los fallecidos el 11 de abril de 2002.

Escena de la obra de Camus montada en Paris

El agradecimiento por la “entrega”, eufemismo que utiliza la jefa del Gobierno para referirse a la muerte de otros (siempre son otros los que mueren por la revolución), me hizo vomitar.

La jefa pretende convencernos de que esa “entrega”, ese sacrificio ante los dioses abstractos de esa cosa que llaman revolución, se justifica. Como si no fuera del dominio público que, en esencia, la sangre derramada ha servido para que los elegidos acumulen fortunas  y para que sus hijos (esos jóvenes que no mueren por la revolución) vuelen en colitas de PDVSA a ver los conciertos de Madonna o U2 alrededor del mundo…, porque las mayorías, ajenas al festín, sufren la penuria eléctrica y caen como moscas a manos de la violencia.

Arqueando asqueada ante tanto cinismo recordé la obra de Albert Camus “Los Justos”, actualmente en escena en el Teatro La Colline en París con Emmanuelle Béart en el papel de Dora.

Tal vez algún dramaturgo se anime a presentarla en los escenarios venezolanos. Aquí ofrezco unos fragmentos de este dramático texto. 

Fragmentos del drama de Camus

KALIAYEV (dominándose): No me conoces, hermano. Amo la vida. No me aburro. Entré en la revolución porque me gusta la vida.

STEPAN: Yo no amo la vida, sino la justicia, que está por encima de la vida.

KALIAYEV (Con visible esfuerzo): Cada uno sirve a la justicia como puede. Hay que aceptar que seamos diferentes. Tenemos que querernos, sí podemos.

STEPAN: No podemos.

KALIAYEV (estallando): Entonces, ¿qué estás haciendo con nosotros?

STEPAN: He venido para matar a un hombre, no para quererlo ni para reconocer su diferencia.

***

STEPAN: La organización te había ordenado que mataras al gran duque.

KALIAYEV: Es verdad. Pero no me había pedido que asesinara niños.

ANNENKOV: Yanek tiene razón. Eso no estaba previsto.

STEPAN: Debía obedecer.

ANNENKOV: Yo soy el responsable. Tenía que estar todo previsto para que nadie pudiera dudar acerca de su tarea. Lo único que debemos decidir es si dejamos escapar definitivamente esta ocasión o si ordenamos a Yanek que espere a la salida del teatro.

DORA: ¡Espera! (A STEPAN.) ¿Tú podrías, Stepan, con los ojos abiertos, tirar a quemarropa sobre un niño?

STEPAN: Podría, si la organización lo ordenara.

DORA: ¿Por qué cierras los ojos?

STEPAN: ¿Yo? ¿He cerrado los ojos?

DORA: Sí.

STEPAN: Entonces fue para imaginarme mejor la escena y contestar con conocimiento de causa.

DORA: Abre los ojos y comprende que la organización perdería su poder y su influencia si tolerara, por un solo momento, que nuestras bombas aniquilaran niños.

STEPAN: No tengo bastante corazón para esas tonterías. El día en que nos decidamos a olvidar a los niños, seremos los amos del mundo y la revolución triunfará.

DORA: Ese día la humanidad entera odiará a la revolución.

STEPAN: Qué importa, si la amamos lo bastante para imponerla a la humanidad entera y para salvarla de sí misma y de su esclavitud.

DORA: ¿Y si la humanidad entera rechaza la revolución? ¿Y si el pueblo entero, por el que luchas, se niega a que maten a sus hijos? ¿Habrá que castigarlo también?

 
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