El cohete y la pérgola


Últimamente se pretende hacer una integración entre arte y arquitectura a la fuerza, una histeria que ha generado innumerables engendros, como lo demuestra el impúdico obelisco en la tradicional plaza San Jacinto.


Por Federico Vegas

Cuenta la leyenda que el presidente dijo asombrado ante el obelisco:

– Esto parece más bien un cohete.

A lo que contestó Farruco con una de esas frases que harán historia por lo caricaturescas:

– Sí, presidente, ¡un cohete ideológico!

Lo que el cohete tiene de fálico y bélico, de recién llegado y descentrado, de impuesto y pintoresco, no es casualidad: calza perfectamente con la celebración entre militarista e improvisada que lograron hacer los gobernantes para el 19 de abril. Estuvo a punto de estar en la plaza Bolívar y luego en la plaza O’Leary, lo cual confirma su espíritu errante. Si en la Roma de Sixto V (finales del XVI) la colocación de seis obeliscos sirvió para organizar los nuevos grandes ejes y espacios públicos, esta versión metálica del 2010, buscaba una plaza donde estorbara poco y no hubiera demasiados reclamos, y ha terminado en un lugar sin perspectiva, como si fuera una parada más en su angustiosa búsqueda de un destino y una razón de ser.

Mientras se bautizaba en la plaza San Jacinto ese cohete que jamás despegará, se inauguraba en Los Palos Grandes una nueva plaza donde antes había un pequeño Centro Comercial, de manera que lo que el cohete tiene de superpuesto, la pérgola de la nueva plaza lo tiene de fundacional. La comparación del cohete con la pérgola es tentadora, como todo lo que incluye una evidente oposición entre lo masculino y lo femenino. Y la pérgola es decididamente femenina. Tan receptiva y protectora, pero, a la vez, con una coquetería que revela cual es su principal deseo: ser bella. De hecho no da demasiada sombra. Exhibe hasta las dos principales cualidades de la belleza: la luminosidad y la delicadeza.

Entre Musas e hitos

Todos los monumentos de una ciudad ofrecen una valiosa lección, incluso los adefesios, los mutilados, los erradicados, o los impuestos por el poder más mezquino. Es saludable y necesario advertir estos diferentes significados y funciones. En unos casos por los recuerdos que incitan, como la India de El Paraíso —y cuánta falta nos hace constatar que tenemos memoria—; en otros casos por el cariño que sentimos —y cuánta falta nos hace sentir algo de amor al recorrer la ciudad—; o por su carga de absurdo —y cuánto  ayuda recordar lo importante que es tener un prudente sentido del ridículo—; o por el abandono y agresiones a que son sometidos, como el monumento a Colón —y cuán útil puede ser reconocer nuestros simplistas barbarismos.

Algo escuché de una estatua de O’Higgins que estaban fundiendo en Haití y no dio tiempo de traer para la inauguración de la plaza. Decidieron colocar una versión en yeso que pintaron de color bronce. El gobernador debió acortar su discurso porque una lluvia pasajera le estaba dando al héroe aspecto de albino pecoso. Al final resultó una estatua velada, más que develada. El cuento es de los años cincuenta; imagino que la versión final ya es la fundida, pero, ¿cuál significado persiste?

Toda ciudad es un inmenso y cambiante museo. Nebrija define “museo” como un lugar consagrado a las musas. Antes nos explica que estas llegaron a ser nueve, todas hijas de Zeus y de la Memoria. Son gratos sus nombres y más aún sus ocupaciones, como Caliope, “la de la bella voz”, o Clío, “la que celebra”. Cuenta también Nebrija que las labores de estas niñas ayudaban a que “con más voluntad se oyese y con menos trabajo se conservase la memoria de lo pasado, y no pereciese la historia de las proezas notables”. Pero desde sus inicios la mitología les presagió una cierta decadencia: de formar un conjunto inseparable pasaron a dedicarse por separado a una sola de las artes y no a todas; de alimentar profecías y cultos misteriosos pasaron a patrocinar eventos. Y lo más grave, comienzan educando a Museo, hijo de la Luna, y terminan encerradas dentro de él.

Tramas y Redes

Estas divisiones han venido acompañadas con la aparición de otras musas a las que no siempre les ha sido fácil integrarse al santoral. Siempre recuerdo la frase de André Bazin cuando se discutía si el cine era o no un arte. En medio de la discusión Bazin propuso una nueva pregunta: “¿Qué es el arte ahora que existe el cine?”. De las nueve musas, o de cuantas hayan llegado a ser, la que tiene mayor capacidad de convocatoria es Euterpe, “la que deleita”.

Quizás sea más justo hoy en día hablar de hitos y no sólo de monumentos. Parecieran haber sutiles semejanzas entre el “hito” y el “hipo”. Lo que en el hipo es una calamidad en el hito puede ser una cualidad. El hipo es sorpresivo y recurrente, responde a impulsos interiores y es siempre involuntario; los mejores hitos urbanos tienen esas características, especialmente la involuntariedad. Es la propia ciudad, desde sus inexplicables corazonadas, la que decide espontáneamente qué le asombra y qué le emociona.

Tanto los hitos como los monumentos se han visto afectados por un cambio fundamental: las ciudades de las tramas se han convertido en ciudades dominadas por redes. Las tramas son visibles, legibles, permanentes, uniformes, multifuncionales. Su efectividad depende de ser reconocibles, palpables. No hay mejor ejemplo de una trama que nuestro damero colonial, ese coherente sistema de casas y patios, cuadras y plazas.


La pérgola de Los Palos Grandes es decididamente femenina. Tan receptiva y protectora… y su coquetería revela su principal deseo: ser bella.


La ciudad de las redes, en cambio, está diseñada por funciones, no por formas. Su diseño es consecuencia, o residuo, de la comunicación y el intercambio a través de lo invisible, de sistemas que no dependen de la geometría y el orden espacial para funcionar. Quien lanza una red al mar envuelve a los peces sin que estos la adviertan, igual ocurre con las redes telefónicas y eléctricas, y por supuesto con la web. Estos sistemas sólo los advierte el usuario, el que participa y se conecta. Cuando A y B se comunican, nada saben de lo que ocurre espacialmente entre ambos. Al avanzar por una red de autopistas el paisaje sólo parece existir en la ventana del automóvil.

En ciudades subyugadas por las redes, carentes de ejes y continuidades, de centros y secuencias, cundidas de sistemas que pretenden ser invisibles, ¿qué vida y personalidad pueden tener los hitos? Muy poca, pues un monumento necesita de cierta estabilidad y ubicación. Si vamos al origen griego de la palabra, vemos que “hito” viene de “fijo”. Esto es tan cierto que habría que plantearse otra interrogante: ¿Pueden existir hitos funcionales y temporales con la misma fuerza que los formales y espaciales?

La monumentos quieren mantener la conciencia histórica

Supongo que en una ciudad de redes el hito ya no es el tótem que está al centro sino los amuletos que crecen como una epidemia en la periferia. Doy un ejemplo: tienen más presencia en la ciudad los cajeros automáticos que el Banco Central. Esa omnipotencia transforma objetos como el blackberry en íconos culturales, en imágenes que van más allá de su utilidad específica.

Pero sabemos que hay ciertas persistencias. Incluso en la ciudad de las redes las plazas y los monumentos quieren continuar siendo expresiones inequívocas de una conciencia histórica, pretenden apoderarse no sólo de un espacio, sino también de un tiempo que convierten en “época”. Hay algunos ejemplos, muy pocos, de plazas y monumentos que, a un mismo tiempo, conservan el pasado, reflexionan sobre el presente y logran proponer acciones para el futuro.

En el caso de Caracas el sólo hecho de conservar nuestra herencia resulta una acción titánica. Llevar las plazas y los monumentos a su estado original requiere de esfuerzos prodigiosos. Me atrevo a decir que durante el siglo XX se eliminaron más plazas y monumentos que las que se construyeron. Podríamos hablar de una ciudad de “Plazas muertas”, pues estas desaparecieron de la paleta del urbanista a partir de 1950, cuando se propuso una nueva estrategia que sustituiría la ciudad de la casa, el patio y la plaza, por la de la quinta, el jardín y el parque.

Una ciudad en busca de concierto

¿Qué nos exige el futuro? Antes de iniciar una dieta conviene estar seguros de poder conseguir las verduras que debemos comer. Caracas, aparte de estar sometida a una famélica dieta artística y urbana, no está segura de que alimentos puede encontrar, de allí su escepticismo y falta de apetito. Al recorrerla no encontramos espacios y fachadas ansiosas de dialogar con el arte. Las musas se han ido refugiando en los espacios privados. Compárense las obras de Soto en la plaza Venezuela con las del Cubo Negro o el Teresa Carreño.

La integración de las artes que logró Villanueva en los años cincuenta hoy la vemos como una hermosa agonía. Los logros de la UCV han venido a ser un final y no el principio de una gesta. La supuesta fusión expresaba una evidente separación, de superposición en el mejor de los casos. Esa armonía y entendimiento que organizó Villanueva fue el último acto de amor en un divorcio al que ya nos hemos acostumbrado.

Últimamente se pretende hacer una integración entre arte y arquitectura a la fuerza, una histeria que ha generado innumerables engendros, como lo demuestra el impúdico obelisco en la tradicional plaza San Jacinto. El cohete ideológico (rojo para simbolizar lo bueno, negro para lo maluco) constituye un clásico caso de cómo buscar un acomodo en la ciudad de las redes. Esa tubería sublimada constituye un acto pasajero, no la estructuración de una experiencia espacial, de nuevos ejes o centralidades caraqueñas. Su aporte urbano es nulo. Ciertamente es un acto político, pero aporta tanto a la geometría de la ciudad como puede hacerlo sacar dinero de un cajero automático o hablar por celular en una esquina. Se trata de un evento casual, no de un episodio histórico. Es, en definitiva, una malacrianza. Tiene una sola ventaja: su propia unicidad, aislamiento y forma de construcción lo hará fácil de retirar, lo que la musa Clío celebrará pues ha de traer de nuevo la paz a San Jacinto.

La pérgola en la plaza en Los Palos Grandes es símbolo de una estrategia totalmente distinta. Ella es parte integral de la naturaleza de una nueva plaza. La inteligencia de este diseño, realizado por el arquitecto Edwin Otero, le ha permitido revivir la tradición de la plaza caraqueña, resolver importantes necesidades presentes y, lo más importante, señalar una posibilidad para nuestro futuro urbano: la creación de una trama de nuevas plazas que conviertan a las diferentes urbanizaciones que se concibieron aisladamente en el siglo XX, en un urbanismo integrado. Será un deleite conversar bajo la pérgola cualquier 19 de abril, o 24 de diciembre.


Albersidades

El puente del Alcalde

Peter Albers
peterkalbers@yahoo.com

Valencia tiene un Paseo Cuatricentenario porque en 1955, cuando presuntamente se cumplieron 400 años de fundada la ciudad, se hizo esta vía para conmemorar la fecha. Y tiene una Avenida Sesquicententenario, porque en 1971 se construyó la que va desde La Isabelica hasta la Plaza de Toros, conmemorando haberse cumplido 150 años de la Batalla de Carabobo que selló la independencia de nuestro país.

Y hoy, cuando celebramos que hace 200 años los venezolanos decidieron liberarse de la dominación española, era una buena oportunidad para que este gobierno culminara, o siquiera emprendiera, algunas obras que dieran lustre a tan importante fecha y beneficio a la población.

A cambio de eso, aparte un obelisco falo-telescópico, de lejos cohete misilístico y de cerca enorme antena de carro, el gobierno no tiene ninguna obra de relevancia que mostrar. Adivine el lector de qué color es el mamotreto…

Una celebración costosa e inútil

Nada beneficioso para el pueblo se ha hecho con ocasión del Año Bicentenario. Los ranchos visibles desde la autopista La Guaira – Caracas fueron pintados para mejorar la impresión de los visitantes extranjeros, pero el primer aguacero lavó la pintura, creando coloridos ríos, y alguna que otra calle capitalina recibió también su “cariñito”, con el mismo resultado. El pomposo desfile no hizo otra cosa que cumplir con el antiquísimo recurso del “pan y circo” (con mucho circo y poco pan). Lejos de aportar mejoría alguna para la situación de los más necesitados, acogotados por la inseguridad, la escasez de alimentos y la ruina de los servicios asistenciales, el tedioso pasar de soldados y civiles disfrazados como para el Carnaval de Río representó un inmenso e inútil gasto, donde lo cursi y lo rocambolesco fueron de la mano durante largas horas bajo un inclemente sol. Da dolor contemplar las fotos donde se ve a los “indígenas” caminando descalzos sobre el hirviente pavimento, y risa el mofletudo militar, ataviado con un artificioso uniforme y blandiendo un kalashnikov, asomado sobre la torreta de un tanque de guerra. Como escribió Charito, “con más chapas que pandereta de Navidad”. Aunque nunca sabremos cuánto nos costó a los venezolanos el paseíto por Los Próceres, de haber llamado a los organizadores de programas televisados de concursos de belleza, seguramente hubiera sido menos cursi y costoso. Con mucha lentejuela y cartón.

Todavía queda 2010 para rato, y aunque ya la fecha haya pasado, todavía tiene el gobierno tiempo para emprender alguna obra de envergadura que conmemore los sucesos de 1810. Pero, si va a hacerla al “paso de vencedores” que llevan el ferrocarril o nuestro Metro, bien podemos esperar sentados.

Aquí en Valencia, a falta de obras que mostrar, no se le ha ocurrido nada mejor a la Alcaldía que rebautizar el Puente Morillo como Puente “Bicentenario”. Siempre según la costumbre del régimen de apropiarse de cosas ajenas en lugar de crear nuevas. La lumbrera que anunció el cambio de nombre, demostrando a la vez su ignorancia de nuestra historia, justifica el despropósito porque “la ciudad no tiene nada que agradecer al enemigo del libertador Simón Bolívar, Pablo Morillo”. Al menos “El Pacificador”, Morillo, diría yo, un puente construyó en beneficio de la ciudad…

¿Podrá el Alcalde mostrar una obra similar, al menos, para que los valencianos del futuro lo recuerden con agradecimiento?

“Patria, o socialismo y muerte”

Fuente: Notitarde


[i] Título original, EL PUENTE


 
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